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TRIBUNA

Palabras como puños

jueves 13 de febrero de 2020, 20:31h

No parece que haya posibilidad alguna de vencer el fanatismo del tonto – “vitalicio y sin poros”, dice Ortega –. Fatuo y soberbio, confunde su ombligo con el centro del cosmos y su confusa algarabía de tópicos con la verdad redonda. Cuando el sitio del poder está ocupado por un majadero, seguro de sí mismo hasta la ceguera, es arriesgado cualquier gesto crítico. Son muchos hoy – sólo el miedo me impide nombrarlos – los que apuestan por la prohibición de unas u otras posiciones históricas, políticas o religiosas… Como, además, están a los mandos o en su proximidad, puede decirse que vivimos en una situación de riesgo todos los que nos esforzamos por definir una posición o construir una opinión en el juego dialéctico de la argumentación y la imprescindible contra-argumentación. Una retórica de desecho, crecientemente amenazante, se está extendiendo por la conversación a medida que se consolida el programa de cambio de régimen que se ejecuta a la vista de todos. A la vista de quiénes quieran verlo, naturalmente, porque el fanatismo es una forma locuaz de ceguera que cubre con una estrepitosa charla la ignorancia más completa. ¡Cuántos habrá hoy que no lo vean!

Hace unos años algunas juventudes sin gloria pretendían dictar en las escuelas la correcta historia de España, vino luego del otro lado una ley de memoria que, bajo el comprensible objeto de dar sepultura digna a los muertos, impuso doctrina al respecto. Avanzaron leyes que definen la corrección de nuestro pensamiento sobre unos u otros campos, de par en par abiertos, dispuestos por su naturaleza a ser recorridos y explorados. Como si la historia de España pudiera establecerse a través de sus turbias disquisiciones de leguleyo, como si la verdad histórica o la potencia de una filosofía residiera en el número de votos que puede sumar, o en la alta instancia de un tribunal supremo. Esta misma semana de nuevo el dedo de una autoridad sin fundamento vino a avisar silencio y amenazar miedo. Ahora se quiere prohibir la defensa del franquismo con las frasecitas del indocto que declara intolerable que se hagan, en democracia (sic), homenajes a tiranos o dictadores. Supongo que no habrá quién se atreva a dar razón o tratar de entender las causas que explican la revolución soviética, ni siquiera habrá quienes descubran las razones que justifican la transformación imperial de la Roma republicana, habrá que dejar de leer a Platón o a Hobbes, a César o a Ortega sin ir más lejos. Y, por supuesto, a Marx. En este último veto vendrían a coincidir ambos lados del hemiciclo parlamentario, convertido cada vez más en lugar de cacareo en el que unos y otros parecen defender ya un único texto: su respectivo Índice de libros prohibidos.

Prohibir el marxismo, como prohibir el franquismo son signos de un mismo gesto de impotencia. Pero no se vea aquí eso que llaman equidistancia. Simplemente no puede prohibirse la defensa de una u otra concepción de la sociedad y de la historia, de una u otra concepción del ser humano y su lugar en el mundo. El pasado reciente muestra que sería poner puertas al campo. El único modo de sobrepujarla es vencerla, es decir, (con)vencerla. Entre unos y otros van a conseguir que la lectura adquiera el valor y la seriedad que perdió hace tiempo. Acaso se diga que el objeto de esa prohibición son fuerzas políticas determinadas – grupos, partidos, fundaciones… - y no tanto el “marxismo” o el “franquismo” o cualquier otro “ismo”, pero es evidente que hay un vínculo directo entre esas fuerzas y sus fuentes doctrinales o literarias.

Me parece que el gesto adecuado, indudablemente audaz, debiera ser el de promover el enfrentamiento en su momento dialéctico discursivo. No porque hablando se entienda la gente, sino para que se entiendan los límites del entendimiento posible. No tanto para entender esto o lo otro, sino acaso para entender por qué no se puede entender. Sin embargo, esto supone el reconocimiento del antagonista hasta el punto de concederle beligerancia. Hoy ese reconocimiento, que funda un soporte común, parece cada vez más impensable y hemos pasado al doloroso estadio del mutuo lanzamiento de proscripciones.

El monopolio o el duopolio simplificador de los medios de comunicación, en los que sería posible ese pulso dialéctico, debiera deshacerse, abriéndose espacios para la controversia que agotara – llevada al límite – el entendimiento. Pero los medios de propaganda dejarían de serlo, lo que va contra su naturaleza.

“Lo malo de una buena pelea, decía Chesterton, es que pone fin a una buena discusión”. Esa hermosa frase de Chesterton preserva la posibilidad de una buena pelea, un debate a mano abierta que dejaría – a lo sumo – huellas menores: algún ojo hinchado, algún diente de menos, quizás un hueso roto. Esa bondad – de la discusión o la pelea – es la que parece estar totalmente eclipsada. Así las cosas, ya no hay buena pelea, sino milicianos de una u otra bandería, dialécticos sin piedad, puños y pistolas. Entenderán mi miedo...

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