La inmigración sigue siendo uno de los problemas que más importa a los españoles. No lo digo yo, se pregunta en el CIS y los ciudadanos responden. No es lo que más preocupa, en eso se lleva la palma el desempleo, pero sigue estando ahí. Aun así, es un elemento de enganche de los partidos políticos con sus votantes. Cada uno, claro está, en la dirección que le dicta su ideología.
La del PSOE al respecto sigue estando clara. Consiste en hacer gestos de cara a la galería para que los suyos crean que están muy preocupados y que la vulneración de los derechos humanos está por encima de todo, pero a la hora de verdad no hacen nada que les diferencie de otros partidos, PP incluido.
Así, el ministro del Interior no ha sido capaz de aclarar este lunes si en España se mantienen las devoluciones en caliente de inmigrantes irregulares, pero presume al anunciar que quitará las famosas concertinas; todos le preguntan, incluso los socios de Gobierno, por la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que ha dado por buenas esas devoluciones en el momento y Fernando Grande-Marlaska solo dice que España aplica la normativa internacional protectora de los derechos fundamentales.
El PSOE soluciona gran parte de la cuestión con frases grandilocuentes y fotos oportunistas. Todos recordamos la buscada instantánea con el ‘Aquarius’ en un episodio en el que pasó de recibirlo a bombo y platillo en Valencia a asegurar que “España no es un puerto seguro en este momento”.
Ahora Grande-Marlaska baja las concertinas y sube un 30% la altura de las vallas de Ceuta y Melilla. Lo dicho, bonita medida para quedar bien con la parroquia, pero absolutamente inútil, ya que el objetivo de las concertinas, como todo el mundo se puede imaginar, no es hacer daño, rasgar las vestimentas o rajar la piel, principalmente negra. El fin primero de las cuchillas en la parte superior de una valla es disuadir. Si sabes que te puedes hacer daño, no pasas.
Se trata, igualmente, de una idea desatinada porque los que saben de los problemas en la frontera ya han advertido de que elevar una valla que se cae los días de mucho viento va a obligar a un constante mantenimiento, por no hablar de la evidente situación de riesgo de entradas en avalancha cada vez que se caiga.
Por otra parte, ¿alguien piensa que una persona que ha dejado su casa, ha cruzado desiertos, ha caminado cientos de kilómetros para llegar a Occidente se va a parar por una valla un poco más alta? Antes se subían y pasaban por encima de las concertinas. En la retina quedan las imágenes con los jirones de ropa entre las cuchillas. Ahora subirán un metro y medio más y, sin miedo a cortarse, descansarán y buscarán el momento de bajar por el otro lado.
Con estas ocurrencias no se soluciona el problema ni el objetivo de buscar una inmigración legal, con todos los derechos y sin riesgos para sus vidas. El hecho claro y demostrable todos los días es que una valla, con o sin concertinas, más alta o más baja, con devoluciones en caliente avaladas por la UE obligan a adoptar la estrategia de intentar entrar por la vía marítima, que es a su vez, la forma en la que más personas mueren todos los días.
Lo que se deja entrever con estas decisiones es una a sensación de improvisación permanente y una falta de criterio a la hora buscar soluciones. Más pendientes de la foto y del titular que de gobernar, aunque haya quien opina que todo está medido y pensado para generar un desorden social que distraiga de otros problemas de gestión y de Gobierno.