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Igor Paskual: martillo y yunque sin descanso

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 18 de febrero de 2020, 19:54h

Siempre he visto al músico Igor Paskual como un personaje de La fragua de Vulcano (así lo contó Ovidio en la Metamorfosis: Apolo, el resplandeciente dios del sol, fue al taller del herrero de los dioses del Olimpo, Vulcano, para darle la humillante noticia de que su mujer, Venus, estaba cometiendo adulterio con el dios guerrero Marte; Velázquez representa así la reacción del estupefacto y airado esposo, junto a la turbación de quienes le asisten en la fragua, cíclopes míticos a los que el pintor concede un segundo ojo). Siempre he visto a Igor Paskual como la mejor locomotora de Loquillo, guitarrista de cabecera, todavía con fuerza para una carrera en solitario con dos discos negros como saliva de volcán (Equilibrio Inestable, Tierra firme) y el tercero que este jueves próximo presenta en Madrid (Sala Copérnico, 21.30 h) con título bíblico: La pasión según Igor Paskual (Dro, Warner). Siempre he visto a Igor Paskual con pluma de ganso al calor de una vela, descansando de la música mientras escribe sus libros (El arte de mentir, Rugidos de gato), sin prisa ni pausa por apagar el fuego interior, allí donde la creación es oración y conjuro.

La fortaleza inexpugnable del creador, en esta nueva entrega, La pasión según Igor Paskual, va de la religión a la verdad, de la edad de las fábulas a la rotundidad de los ojos limpios, del arte al engaño con camino de vuelta, de un rock narrativo con pocos elementos armónicos que pide contar cosas al arañazo punk y el resumen vital, de la consigna al juego con panfleto incluido, de la revolución a Sudamérica sin perder de vista a Europa por el espejo retrovisor. Igor Paskual, licenciado en Historia del Arte, le gusta mucho el arte en su contexto, la música industrial que surge Liverpool en un momento dado, el sonido cercano al mar o ahogado en capitales interiores. Opera, como los clásicos, al modo sintético, pero el bisturí llega mucho más lejos. Oficio y divinidad, el pan nuestro de cada día y la trascendencia en el icono, calles y esferas sagradas, conviven sin reparo en un disco donde el grito es Sudamérica, sí, pero todo el susurro canalla podría ser Berlín (Iggy Pop y David Bowie en su noche áspera y feliz, barata y extraña, cuerda floja y sonrisa fácil tan larga).

Repasa promesas (la memoria y la trascendencia, el cristianismo y otro reino, el oficio y el amanecer nuestro de cada día) pero todo es esperanza porque es velocidad y el músico, a sus 47 años, echa fuego por la boca sin perder una sola nube donde el deseo nombra al cielo entero. El entusiasmo es valor y la tragedia, como dijo Karl Reinhardt de Antígona, es siempre no poder expresarse. Igor huye del dolor y, sí, en el juego continuo del trabajo, encuentra la senda limpia que conduce a la diversión y llena, a sorbos, la faltriquera. Su vida es seguir al clásico (“Diviértete con lo que haces y el dinero llegará”): por eso sus tres discos hasta la fecha tienen tanta reflexión como flexión, tanto cuerpo como mente, tanta realidad como leyenda a partir de la misma, con desprecio absoluto por precipicios y crueldades, en el buen gusto estético, rock adulto (sin sábado noche) y orgánico, ese destino donde provenir de una tradición bien engarzada sin espacios en blanco es algo que se continua en el eslabón siguiente para mejora del conjunto. Todo lo contrario a la ocurrencia o el ensayo vacío.

La pasión según Igor Paskual es canto a la vida, cata de aire acorralado entre mordiscos y bocados, donde una muerte anónima organiza las canciones (Jessica). Igor Paskual es bífido y bicéfalo: al componer descifra todas las épocas para vivir anacrónico (“Soy como Boecio. El mundo entraba en la Edad Media y él era el último que tenía una formación clásica”); pero cuando toca, siempre su gran espectáculo, también parte el espacio entre dentro/fuera, así lo que pasa sobre el escenario vive ajeno a vulgaridad (“Cuando estás en otro espacio lo de fuera no importa y esto de ahora es otra cosa”). La pasión es en Igor Paskual la intensidad engolosinada de metáfora, el bien propagado sin tasa ni cupo, sea uno creyente o no. No soporta la tristeza como prestigio, ni las canciones eternas donde la pena busca el llanto, cuando la mueca no varía, es siempre el llanto es quien nos calla y esclaviza (la mordaza). La vigilia permanente es en Paskual otra vigilancia activa sin orejas gachas: estar atento para que nos quiten Seguridad Social ni agua potable, vivir receptivo a buenos amigos y lecturas imprescindibles, subir escalones y negarse a bajarlos. “El atormentado siempre acosa a la gente feliz para quedarse con algo de su banquete entre las fauces”, me dijo un día. Igor Paskual, ajeno a vagancia, limpia guitarra e inocencia cada noche, antes de poner en claro el secreto vivo del cosmos: “No hay mayor sinceridad que la alegría”. El rock salvó su vida y ahora la regala desde Vulcano sin apagar el fuego sagrado. Único modo de no pasar calor donde el temple obliga al martillo y el sudor es su oro entero.

Diego Medrano

Escritor

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