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Andrés y Doménech: la era de la disrupción digital

viernes 21 de febrero de 2020, 20:11h

Deusto está publicando, a día de hoy, el ensayo más granado y suculento sobre el cambio de era que nos afecta, la digital. Sus tomitos, breves y matones, suponen toda una apertura intelectual a un mundo desconocido. Javier Andrés es catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Valencia, Master of Science por la London School of Economics, gestor del programa Nacional de Investigación en Socioeconomía (Ministerio de Ciencia y Tecnología) y miembro del Consejo Asesor de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal. Rafael Doménech es catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad de Valencia y responsable de Análisis Económico del BBVA, además de exdirector general en la Oficina Económica del Presidente del Gobierno o exdirector del Instituto de Economía Internacional, así como miembro del Comité de Expertos sobre el factor de sostenibilidad del sistema público de pensiones. Ambos firman ensayo crucial, esclarecedor y dinámico, bajo título radioactivo: La era de la disrupción digital.

La reflexión más copiosa sobre la transición entre lo analógico y lo digital, transición ineludible al tiempo que revisión necesaria acerca de las políticas pública para maximizar oportunidades y minimizar costes sociales. Ensayo que va más allá de la economía y nos emplaza a la responsabilidad de los poderes públicos, empresa y ciudadanos, ante una disrupción tecnológica de alcance desconocido y que pide ya ética y ámbito geopolítico. La revolución digital, sí, desde sus retos y oportunidades más perfiladas. Todos a una: ciudadanos, empresas y gobiernos. Transformar profundamente el modo en que producimos los bienes y los servicios que consumimos, las ocupaciones laborales o el ocio del que disfrutamos. Los autores son contundentes: “Las nuevas tecnologías facilitan, intensifican y profundizan el proceso de creación de mercados globales, que cada vez comprenden más bienes y, lo que es más novedoso y propio de la cuarta revolución industrial, más servicios. A su vez, la globalización incentiva y hace rentables nuevos procesos de transformación digital”.

El texto se enfrenta al análisis entre progreso técnico y bienestar. Bienestar, sí, que es a su vez crecimiento económico, sin perder de vista a los efectos sobre el empleo y la distribución de la renta. La revolución digital en el debate del bienestar individual y social, sobre quiénes ganan o pierden en definitiva con los cambios tecnológicos y qué estrategias de política económica pueden reducir costes. La depreciación del capital en sintonía con las rentas y capacidad de gasto. El Producto Interior Bruto siempre como referencia del bienestar para una sociedad e indicador absoluto sobre el éxito/fracaso económico de determinados países. Progreso técnico y globalización deben ir de la mano: la innovación hace progresar a la humanidad, abaratando costes de transporte o impulsando el comercio entre países, por ejemplo. La deslocalización en la producción de bienes primarios o manufacturas a otras economías emergentes solo ha traído horizontes nuevos. La felicidad debe medirse (Helliwell, Layard, Sachs) más allá del bienestar material. Progreso técnico y esperanza de vida están más unidos que nunca: mejor salud, menos mortalidad, mayores condiciones de vida, etc.

No esquivan el mayor fuego, haciéndole frente sin titubeos: el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (base de la revolución digital) sustituirá muchos procesos y servicios físicos por digitales. Es la pura ola de la innovación: el cambio de los procesos de producción y organización social prevalecientes hasta ahora, con implicaciones sobre todos los aspectos de nuestra vida, como trabajadores y consumidores. No hay fronteras entre lo físico y lo virtual: la autonomía de las máquinas será mayor (robots e inteligencia artificial) y así su capacidad disruptiva no puede analizarse como una mera extrapolación de las olas de innovación pasadas. La población tiene que disfrutar de las ventajas de su capacidad productiva. La innovación revolucionaria debe aumentar el bienestar colectivo. Se alterará el proceso productivo tanto en su estructura como localización, tanto en el tipo de empleo como en los mecanismos de distribución –es inevitable- pero el ocio debe cobrar relieve como factor discriminatorio: “Los países menos productivos no sólo son pobres por sus menores niveles de consumo de bienes y servicios, sino también porque disfrutan de menos ocio”.

Ocio, esperanza de vida, bienestar social e individual, influyen en los niveles de consumo y en la buena marcha de todo proceso tecnológico. Medio ambiente y cambio climático deben incluirse en la ecuación: también suponen coste productivo y reducen la productividad. La revolución digital es diferente a las anteriores revoluciones industriales, en ellas el bienestar material siempre aumentaba de forma perceptible entre una generación y la siguiente, ahora no está tan claro. Las mayores aspiraciones de la Ilustración se culminaron gracias a la fuerte oleada de innovaciones donde se dejaba progresivamente de depender del fruto de la tierra o la abundancia/escasez de los recursos naturales. Las máquinas trajeron otra producción, otra organización del trabajo, otros bienes de consumo y servicios, otro bienestar. Ahora igual, pero siempre teniendo bien claro el infierno: “El peor escenario es aquel en que un país acabe con bajos niveles de productividad y empleo, junto a una elevada desigualdad interna de la renta”. No todo es lo que parece.

Está comprobado: la revolución digital lleva a los países a niveles elevados de productividad y empleo con una desigualdad reducida. Las nuevas tecnologías propician otra nivelación. Las bajas tasas de empleo conviven con altos niveles de productividad o viceversa. La revolución digital afecta a la productividad: la elevada productividad puede ayudar a generar recursos para la financiación de políticas redistributivas con el fin de reducir desigualdad, si las preferencias sociales van por ahí. La revolución digital es disruptiva con respecto a empleo y distribución, sí, pero las nuevas tecnologías no habrán sido suficientemente disruptivas en términos de productividad, ni en la total destrucción de ocupaciones o empleos, por lo que puede ayudar a mantener la desigualdad contenida, apechugando con un bajo crecimiento económico y dificultades para financiar el Estado de Bienestar. Todo progreso técnico viene acompañado de una destrucción creativa, que a su vez transforma ocupaciones. Se disminuyen las horas laborales, no por empleo menguante, sino por otro deseo entre mejorar rentas, consumo y ocio. El progreso técnico crea más empleos que destruye, según los autores, pero hay que estar atentos a su evolución. Habrá destrucción laboral, sí, nuevas ocupaciones, transformación drástica de otras, mucho contrato temporal, nuevas formas para el autónomo y temporal, a veces en el límite de la legalidad, pero equidad y eficiencia tenderán a retroalimentarse. Crecimiento económico es cambio y éste son nuevas necesidades individuales y colectivas. ¿El objetivo? El de siempre: crear más riqueza, a nivel productivo, y distribuirla mejor, a nivel social, siempre con la revolución digital como gran protagonista.

Diego Medrano

Escritor

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