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TRIBUNA

Infección mundial

jueves 27 de febrero de 2020, 20:07h

Nuestro apocalipsis continúa: es la lenta revelación de un final que parece consabido e inesperado, sorprendentemente anunciado e ignorado. Tras la última gran guerra Europa ha vivido como un continente atemorizado. El pavor a una prolongación de la guerra sobre la Alemania calcinada, enfrentamiento que opusiera el “mundo libre” al “país de la revolución” y sus aliados, se continuó con una guerra fría que significó una alerta constante ante una eventual ecpirosis atómica. El comienzo de los sesenta – con su bahía de cochinos y sus crisis nucleares – supuso el paroxismo de la ansiedad y abrió paso a algunas rebeliones histéricas que exaltaban formas casi neuróticas de libertad: “prohibido prohibir”, “bajo los adoquines, la playa” … consignas tan apropiadas a la era del consumo que sugieren campañas comerciales: “todos iguales, todos diferentes”, “la arruga es bella” … La transición rusa, que atenuó inicialmente la tensión este-oeste, dio paso a un conflicto de civilizaciones que apenas escondía la incesante guerra económica mundial por la explotación de recursos, fundamentales según el único ortograma que rige el mundo simplificado: el crecimiento económico constante. Y ahí sigue la batalla sin gloria contra un “eje del mal” cuya fantástica realidad se plasma en guerras sangrientas y atentados terroristas. El nervioso pacifismo post-bélico que caracterizó a Europa carece de fuerza porque es un signo de temor, un síntoma de poblaciones cuya ignorancia responsable deriva de un hedonismo cobarde. Pacifismo que, como recordaba Octavio Paz, es la otra cara del terrorismo: “dos expresiones contrarias del mismo nihilismo”.

Es el pacifismo que quiere seguir disfrutando de sus elevados niveles de bienestar y se esfuerza por no ver el sombrío horizonte que se nos aproxima. La paz de este hedonismo lúdico-libidinal resulta de la huida de toda responsabilidad histórica. Pero para seguir entregados al falso deleite de un consumo masivo es imprescindible desconocerse, deshaciéndose de todo compromiso político e histórico. La misma voluntad de expiación que parece compartir la opinión pública europea es efecto de una consentida derrota ideológica que se admite mientras permita prorrogar un minuto este deleitable bienestar. La vieja Europa, afirmativa y dominante, se habría vertido sobre el mundo destruyendo su riqueza antropológica, explotando hasta la ruina su fertilidad natural… ahora redime sus culpas acogiendo con brazos abiertos una población que exige respeto a su singularidad doliente, ofendida por la prepotencia occidental. Las cosas no son tan sencillas, pero eso poco importa.

Por último, salida de ninguna parte, una pandemia terrible amenaza al mundo. Y se encuentra con esta Europa envejecida y enriquecida por su presunto latrocinio mundial, resultado del maldito colonialismo. A la hecatombe climática le acompaña un holocausto vírico. El ocaso demográfico de Europa y la acogida consiguiente de muchedumbres de reposición procedentes de todos los rincones del mundo tiene lugar en un escenario tenebroso. Pero el final nos pillará bailando, siquiera sea la lenta danza que se baila en el geriátrico.

Discúlpeme el lector que haya alcanzado este punto luctuoso y triste. Perdón por mi talante agorero y mi actitud de cenizo. Discúlpeme especialmente el lector comprometido con la solución. En efecto, algunos encuentran una salida, siquiera sea a escala personal y cotidiana: consumo responsable, ecologismo por una economía sostenible, apertura a formas alternativas de existencia humana, armonía con el mundo… Por mi parte, descreído y tragicómico, sólo puedo encontrar ingenuas – en el mejor de los casos – esas vías de solución. Me resultan previstas, en última instancia, por el orden del mundo, perfectamente integradas y aún promovidas por las grandes potencias reales: estados, instancias de gobernanza global, corporaciones multinacionales… todos ellos sospechosamente entregados a la revolución personal que cambiaría el mundo, grandes difusores de “felicidad”. No espero nada de este modo biempensante de seguir disfrutando del placentero bienestar multicolor o pintado de verde. Sólo se me ocurre enfatizar la enseñanza de la catástrofe, erigir la “universidad del desastre” como decía irónicamente Paul Virilio y ejercer de profeta del final. Anunciar con voz destemplada – donde no se quiere oír – aquel grito repetido por el visionario: ¡arrepentíos! Nadie encontrará razón para ese arrepentimiento, porque – aunque se admita con facilidad esa pretendida culpa occidental que subyace a la mentada voluntad de expiación – nadie personalmente la percibe en el uso de su automóvil o de su teléfono astuto, de su calefacción o de sus merecidas vacaciones en el crucero de sus sueños… Si la predicación lograra el reconocimiento de una culpa primaria y elemental, profundamente humana, podría sostenerse todavía alguna esperanza en el mundo. Parece, sin embargo, que seguiremos consumiendo y consumiéndonos durante nuestra dulce caída en el abismo…

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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