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TRIBUNA

Políticos escritores

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 28 de febrero de 2020, 20:46h

Pocos son los políticos que desde la política, como vocación primera, han aportado a la Literatura obras literarias importantes. Cuando se pone como ejemplos las obras maestras de Cicerón, Julio César, Salustio, Tácito o Amiano Marcelino estamos haciendo trampa, porque la participación política en Roma era obligada para todos los miembros de la clase alta, y en la formación del político primaba dos ciencias, la scientia rei militaris y la scientia oratoriae. Todo gran político era una gran humanista, y en cierto sentido esto ha durado casi hasta la época actual, en la que el aplebeyamiento y la barbarización de la política ha llegado a su apoteosis triunfal. Todo el mundo está de acuerdo en que fueron grandes escritores Richelieu, Diego de Saavedra Fajardo, Jovellanos, Horace Walpole, Edmund Burke, Matthew Lewis, Benjamin Disraeli, Goethe, Wilhem von Humboldt, Benjamin Constant, Thomas Paine, François Guizot, A. de Lamartine, Napoleón III, Alexis de Tocqueville, Winston Churchill, Charles de Gaulle, Manuel Azaña, Manuel Fraga, Václav Havel, Mario Vargas Llosa, Michael Ignatieff y cien más que no queremos consignar aquí por respeto al sagrado tiempo de nuestro querido lector. Pero es evidente que se ha dado muchísimo más el caso contrario, el de escritores que se han metido en la política durante un tiempo de sus vidas. Aquí no cito a ninguno porque son miles. Pues bien, en los últimos treinta años políticos que nunca han sabido escribir – ser muy bueno en una cosa no presupone ser bueno en todas, sobre todo hoy, en donde se ha barrido la oratoria deliberativa, base de toda literatura política: Churchill escribía como hablaba - nos asaltan y martirizan con libros de prosa infumable e infame, por los que Pan se escondería en los cañaverales, y las Ninfas pudorosas se ocultarían de espanto bajo las aguas, que diría el olvidado Boileau.

Un político que ha sido grande pierde toda su grandeza cuando por vanidad o dinero publica un bodrio infumable. Más aún, por no abstenerse de la escritura acaba todo el mundo viendo la enorme mediocridad que sostenía a aquel político vanidoso que si no hubiera sido tentado por la fama literaria, nadie habría sospechado la enorme bambolla que guardaba en su corazón. Y hoy sin haber sido grandes como políticos, pero aprovechándose de su mediocridad famosa – lo mismo que otros ciudadanos, como la encantadora Belén Esteban, se sirve de su fama popular – llevan a la prensa la luz resplandeciente de su prosa, merecedora de marcarse con buril en el bronce. La fama, merecida o no, ya presupone unas ventas rentables. Y las Editoriales no hacen ascos a la codicia y vanidad de los famosos. Sólo con la ingente pléyade de los periodistas que tienen la obligación de leerlos ya se pagan los costes de la edición, pero además los compran sus adversarios por si encuentran un lunar político – porque literariamente todo ello es un lunar -, y los devotos también los compran, aunque tengan el buen criterio saludable de no leerlos.

Hay que ser muy vanidoso para haber llegado al fastigio del poder político, cargo que en sí supone la mayor dignidad política y pública, y caer en la tentación de escribir un manual mastuerzo con prosa de alumno mediocre de secundaria obligatoria. Hay que tener mucha desfachatez para publicar, estando aún en el cargo de Presidente del Congreso, una tesis horrísona e ignara, en donde sin saber griego atreverse a poner un fragmento de la Poética de Aristóteles, en el propio original griego, y luego traducir a partir de la mitad del fragmento para seguir traduciendo más allá del fragmento presentado. Hay que tener muy poco sentido del ridículo. Como todo desaprensivo de raza que le da lo mismo ocho que ochenta. La vanidad siempre acaba con la auctoritas, aunque ésta haya sido conseguida con muchos años de esfuerzo, valor cívico, rectitud moral e inteligencia. Pero antes de perder la auctoritas ante tu pueblo, siempre es mejor cogerse un negro. Otro político frívolo escribe una novela con escenas subidas de tono, de esas de las que están mucho más allá de lo antiguamente llamado sicalíptico. Su mala literatura nos ha revelado, sin duda, su muy débil frivolismo antiamericano, impropio de un liberal de raza.

Solamente los políticos extraordinarios, hombres fuera de la jurisdicción del mundo, jamás en armonía con lo normal y que no corresponden con ningún patrón, singularmente indómitos y libres de las trabas que impone la sociedad, como un Churchill o un De Gaulle, pueden escribir libros – deben escribir libros – que aporten su experiencia de auténticos portentos al mundo.

Otra cosa que sí debían escribir los grandes políticos, casi por obligación moral, y con estilo ático; esto es, conciso, sencillo y brillante ( “pressus, tenuis, lucidus” ), cuando el político ha dejado ya el gobierno, es un Libro de Memorias, que narre y explique sus acciones de gobierno, aunque sea con objetivo apologético. Esos son los Hypomnémata que escribían los viejos generales griegos y los reyes helenísticos retirados, al calor de la lumbre en sus moradas de jubilados. Los Commentarii de Julio César traducen el género de los Hypomnémata helenísticos, o Memorias. Esto también tiene algo de la clásica “Rendición de Cuentas” ( o “euthýna” ) del Mundo Clásico, y debería ser obligatoria, aunque no se haga con ella buena literatura. Rajoy ha hecho bien. Una España Mejor son Hypomnémata.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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