Aún antes de iniciar este viaje a La India tenía la certeza de que no iba a ser un viaje más.
La India era el presentimiento de algo esperanzador o quebradizo que no se podía dejar pasar y mi cuaderno de anotaciones tampoco sería una recopilación descriptiva sino una especie de mortero garabateado de reflexiones sobre mi propia humanidad.
Al ascender las escaleras de la mezquita en Delhi, entre un maremágnum de gente, rickshaws, motos, animales y cacharros que desbordaban el mercado, me parecía emerger de un torbellino, en sentido inverso al que sentí en La Garganta del diablo de las cataratas de Iguazú. Aquel iba a tragarse el mundo y aquí volcarlo a borbotones.
Descubrir
la India no necesita de meses recorriendo ese casi continente de arriba abajo. Basta con dejarse llevar de su torrente sanguíneo que fluye por todas partes,
y quienes tuvieran el temor, el pudor o la repulsión, de ciertos hechos, pronto se darán cuenta de que en La India el lujo y el esplendor se tintan en los saris y escobas de las mujeres más humildes antes de desbordarse en los excesos de fortalezas y palacios;
Que el polvo y la chatarra pueden confundirse con el oro y el polen;
Que las ratas y murciélagos hacen profundos los cimientos y escurridizos los cielos en los templos de khajuraho,
Y que con un tintero y un papel en las manos se puede estar más cerca de sus oraciones que con la cámara de un móvil.
Por eso
el momento de más completa serenidad lo tuve sobre una barca de remos y dibujando, junto al crematorio del Manikarnika Ghat, en Benarés, a escasos metros de las piras funerarias, envueltas en llamas, donde sin más que las cenizas, ardían a cara descubierta varios de los recién llegados y resonaba el griterío de quienes ya chapoteaban en aguas del Ganges.
Y escribí yo:
En volandas sobre el bambú,
príncipe del ámbar,
túneles dorados y abarrotados de mi gente,
descendí al Ghat a besar tus aguas.
Sin paraísos ni infiernos.
Oruga de lino de rostro al descubierto,
que, entre abrazos de leña y sándalo,
aguarda al fuego eterno.
Ya las llamas se hacen sábanas,
las cenizas, nieve,
y reposa el séquito de hombres, perros
y vacas.
Sin paraísos ni infiernos.
Qué breve tiempo,
¡oh Madre Ganga!,
para que estires la lengua
y te me tragues.
¡Cuánto más fácil ha sido
vivir y morir!
sin más cofre que los recuerdos,
sin paraísos ni infiernos,
para volver a la nada.
V.O.
Y añadió Camilo José Cela:
“...sabe que la vida acaba con la vida, se cierra con siete crueles llaves con el minúsculo y hondísimo trance de la muerte y vuelve a abrirse en la memoria de quienes vienen detrás y reman, con firme y recio o manso y cauteloso bogar, en el recuerdo de lo que el hombre ha hecho, de lo que el hombre ha dejado de hacer y de lo que el hombre quiso hacer y el tiempo y el dolor no le dejaron”.
Y en un cuento, dejó escrito Theodore Tilton, que todo, incluso esto, pasa:
“Even This Shall Pass Away”
