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ESCRITO AL RASO

Los que nunca se van

David Felipe Arranz
lunes 02 de marzo de 2020, 20:09h

La del expresidente y la del excandidato son las “especies” que menos aguantan lejos de una cámara. En pleno terror “coronavírico”, González, Aznar, Rajoy y Rivera se resisten a salirse del lienzo de la postransición, con su camisita y su canesú, todos al centroderecha, y hacen unas declaraciones sobre el Gobierno y el país.

Ni se sabe la de veces que han comparecido los cuatro, en ese pasado que de pronto se nos ha quedado viejo y mustio, como el de los veteranos que pasean cuerpo de rey por el Retiro. Ellos ya se empiezan a llevar bien, se hacen la foto juntos, hasta vemos a Feijoo y a Casado en Orense estrechando la mano de Rajoy, o a Aznar y a González charlando distendidamente en el Casino de Madrid, lugar muy propio para hablar de “performance” –Felipe dixit– con respecto al asunto catalán. Y Rivera, que hundió Ciudadanos, ha convocado a los medios para informar de que ha encontrado trabajo en un bufete de abogados, que Inés Arrimadas lo que tiene que hacer es seguir por ese camino que el exlíder marcó y que él, básicamente, tenía razón.

Los expolíticos viven esa paradoja del que se ha marchado, pero nunca se ha ido del todo, porque creen en su inmenso error que sus opiniones siguen teniendo la misma importancia. Basta un foco, unos flases y unos aplausos de su hinchada para que estos días se olviden de que ya no jugamos a escucharlos, que ahora estamos con el oído pegado a las ocurrencias de otros, tampoco se sabe muy bien porqué. ¿Qué fue de todos ellos? Puro símbolo: chaqueta de pana, bigotillo, puro y desnudo de naranjas, auge, sonrisas, momentos, fracaso, olvido, nada. La representatividad social es eso: “pulvis es –que diría un latino– et in pulverem reverteris”.

Ni las nuevas generaciones se acuerdan ya demasiado de ellos, ni ellos recuerdan las tropelías cometidas en el pasado. Porque la memoria es finita y ellos estuvieron bien cuando hicieron falta, pero después han vuelto al ropero de los abrigos viejos. A lo mejor los líderes han sido líderes toda su vida, y lo que ocurre es que hace unos años, con la primera democracia, se pensaba que era normal nacer líder y morir expresidente y jubilado, o acabar de asesor o presidente ejecutivo en un despacho malagueño de abogados. Vaya usted a saber lo que un ambicioso tiene en la cabeza, una vez deja su cargo, su canongía o su prebenda, con el país hecho unos zorros y el virus avanzando por Torrejón de Ardoz, el País Vasco y Málaga. En este sentido, aunque salgan a la palestra y reciban una ovación y los consabidos vítores, los ciudadanos nos sentimos un poco abandonados, como si nos hubiesen usado un poco y después se hubiesen olvidado del personal que los votó.

Una vez retirados de los ruedos, todos se vuelven de centroderecha y los rivales hoy se vuelven colegas y se toman unos vinos y facturan su “know-how”, que dicen los del comercio internacional. Porque la realidad, estos personajes dan la nota en este difícil solfeo de la democracia. Y cuando acaban su concierto, recogen los bártulos y lo miran todo desde una soberbia, con una cabeza entre romana y de Wall Street, aunque alguno todavía esté joven. La cosa es que nunca terminan de irse, campaña va, debate viene. Lo peor que pudo pasar con ellos, ya nos pasó: ahora hay que prepararse para los que están, porque las últimas democracias hispánicas son esto: el arte de meter nuestra papeleta en las urnas tapándonos la nariz. Ni más, ni menos.

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