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TRIBUNA

Cibertexto

lunes 02 de marzo de 2020, 20:12h

Cosa extraña este complejo mundo que habitamos por obra y gracia (o capricho) de la naturaleza o Dios. Aún fortalecido por mi cuenta de Facebook, para los que me rodean nada o poca cosa soy, un sujeto más, como en el fondo somos todos, no nos engañemos. Diría que soy apenas un mero mortal entre el montón de condenados a muerte en esta enrevesada y compleja existencia. Para mí, sin embargo, soy todo y me difundo a través de Hardware y Software, con JavaScript incluido chateo, blogueo, twiteo, gloogeo y whatseo cómodamente por el Planeta. No hay rincón donde no se me conozca. Y no me equivoco al afirmarlo, pues mi nombre Online flamea tanto aquí como allá y si abandonara la red sería nada; es decir, no existiría. Confieso, por otro lado, que una de las grandes tragedias de mi vida es la de no poder sentir nada naturalmente, pues todo lo siento y lo expreso a través de internet.

Voy hacia un ejemplo: soy capaz de amar perdidamente por WhatsApp o de odiar secretamente en un Android; acaso como todos. También, como algunos, de desconfiar y entusiasmarme como un niño; pero ni mi amor, ni mi odio, ni mi recelo, ni mi entusiasmo, ni mi mismísima desazón son exactamente esas cifras de cosas que debieran ser. Confieso, por otro lado, que soy un incompleto en demasiados temas y que a cada una le falta su correspondiente Emojis de despedida o le sobre un Chater. Y la verdad es que aún no he llegado a descifrar cuál es esa cosa real que de mí se halla en la Nube y mis sentidos no me permiten percibir; aunque siento, eso sí, que no se ajusta a esta natural existencia que todavía creo que me contiene. Y este asunto me inquieta por los cuatro costados.

Hay en este extraño hecho de nacer en Cibernética una ausencia de total necesidad o ausencia de elementos naturales, que cuando se piensa en ellos con cierto detenimiento falta saber cómo reaccionaría uno y cómo reaccionarán los demás en la prodigiosa Web. Y uno se queda con la boca abierta y mirando al sudeste en busca de las ondas invisibles (a todo ojo humano y acaso no animal) de los embates de las superpoderosas Redes Sociales.

He leído, no recuerdo dónde, que en las personas llamadas calculadoras (y quizá la palabra está correctamente empleada), los sentimientos sufren la delimitación del Software Informático, mal llamado cálculo o remilgo egoísta. Es probable que en los seres propiamente escrupulosos, Google o Wikipedia sean la meta y denoten la misma apatía de los instintos naturales y conformistas que yo expongo debido a que siento que me aquejan con la idéntica brutalidad de un Troll, o vaya uno a saber.

En cuanto a la muerte (no me refiero a la muerte natural sino a la que en vida gozo y sufro en la Red, que es la verdadera muerte) que venga cuando los dueños URL considere que debe venir a través de YouTube, Twitter, WhatsApp o qué sé yo. La Web, quién no lo sabe, es implacable y no tienen sentimientos y una mera epístola, un mensaje de texto, un Emojis pueden ser decisivos.

A veces evoco en mi cuenta personal, acaso con cierta crueldad de mi parte, a los demasiados que ya no existen y se han sumado a los más; es decir, a la mayoría de muertos a través de los siglos y siglos, y siento lástima por ellos. Aunque, sin embargo, pensándolo bien no resultan tan dignos de compasión, pues han resuelto todos sus problemas, empezando por el de la muerte que yo todavía padezco y vivo, pensando que soy eterno en el sueño portentoso de la Web.

Pero vuelvo a mí caso interior y, a decir verdad, fenomenal por los peligros virales que conlleva. Nunca salgo de la Web y el respirar y toda mi presencia es a través de ella; es decir, desde fuera de mí mismo nada, aunque creo ser al que más o menos conozco; porque yo de mí poco sé al lado de todo lo de mí que saben las Redes, o las Nubes, o qué sé yo. He observado así que mi cybernetic nature sufre la misma perturbación y la inconveniencia del sentimiento y no me resigno a definirme como un mero y pedestre ser humano, ni siquiera como un escrupuloso a carta cabal, sino como un simple y vulgar internauta.

Va mi parecer entonces sobre estos medios mágicos o infernales y agrego que para quien hace de la vida un sueño de internet, o de la vida un juego, para referirnos en un lenguaje cerril, puede ser menos molesto que entretenido. ¿Y para ustedes, oh amigos míos, respetables congéneres? ¿Cómo andamos por casa? Porque a no dudarlo la Web sabe de nosotros infinitamente más que tú o yo juntos podemos saber de nosotros.

Esta moderna ciencia tecnológica no tiene un solo inventor, por supuesto, pero su padre indiscutido fue un hombre como nosotros. Se llamaba Norbert Wiener (1894-1964), un matemático, filósofo y poeta norteamericano que sentó las bases en 1948, cuando publicó en Nueva York su Cybernetics or Control and Communication in the Animal and the Machine (Cibernética o el control y comunicación en animales y máquinas), libro escrito en clave netamente matemática en el que propone la denominación de Cibernética, palabra que deriva de una palabra griega que viene de Homero: kubernetes o Κυβερνήτης, cuyo significado es “timonel”; es decir, el Ulises de la nave.

Pues bien, desarrollada y alentada por este sabio la cibernética es una muestra contundente de las mudanzas que se le ha impuesto al lenguaje de manera interactiva; pero como nada es para siempre, es probable (como él mismo inventor lo advierte) que mañana todo perezca sepultado por algo más potente. ¿Qué después de esto? ¿Quién lo puede imaginar? Lo cual demuestra, una vez más, que a pesar o sobre cualquier forma de vulgarización, las palabras siguen vivas y no cesan de renovarse, y flotan un día para elevarse al otro o hundirse para siempre en su propio naufragio impredecible.

Y esto, como era predecible, ha hecho encender la alarma roja a nuestra ardua y encendida contemporaneidad, representada por ahora en escuetos mensajes de textos, que abruman y sobrevuelan el universo todo el tiempo, colonizando los idiomas; y también limitándolos, obviamente. Se sabe así, de manera aterradora, que en nuestro bello y generoso español utilizamos cada vez menos palabras para comunicarnos, y que estas no superarían la módica suma de trescientas entre las más de ochenta mil registradas por nuestra benemérita Real Academia Española de la Lengua.

¿Mientras tanto, qué lugar ocupa nuestra legendaria poesía y su soberbia epopeya, iniciadora de todos los lenguajes? ¿Se justifica asumir una actitud lírica o romántica ante la desidia de una época simplificada en pulgares y proyectada sobre pantallas que limitan las palabras y empobrecen los idiomas? Tan solo la perseverancia en el arte, un cierto sentido del humor y no resignarnos, pueden ser nuestra modesta tabla de salvación.

A pesar de las Redes Sociales que nos abarcan, de la liviandad del habla cotidiana, de la ridícula tontería de emoticones o memes, alégrense los idealistas pues siempre habrá poesía mientras existan el amor y la belleza, la ternura y los sueños; mientras los sentimientos nos hagan latir el corazón y quedar deslumbrados ante unos ojos de mirada interminable o una obra de arte.

Aquí pongo un límite. Ni un ápice de comparación con nadie. No tengo disculpas ante nadie para caer de rodillas frente a este mal de mí mismo (o este bien inconmensurable que nos comunica y socorre todo el tiempo con solamente introducir una clave personal, aunque personal ya no hay nada). Quizá por instinto ya he empezado a desnaturalizar mis instintos, que no son poca cosa, por supuesto. Concluyo diciendo que quisiera ávidamente o equivocadamente aproximarme a una verdad. Todo esto, me parece, puede ser en el fondo mi consuelo y -¿por qué no?- solamente el paso que el soñador debe dar hacia su sueño, quizá definitivo. Seamos piadosos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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