Mi Dios no es el de los nibelungos. Los nibelungos viven en las oscuras profundidades de la Tierra, en el país de las tinieblas; son negros, pequeños y forzudos, y les pertenece todo el oro que robaron a las ninfas del Rhin; su rey posee un anillo maldito que trae desgracia y muerte a quien lo luce. Fafnir, el gigante invencible, arrebató su tesoro a los nibelungos, pero al apoderarse del anillo mágico quedó convertido en dragón, y allá lejos, en la inaccesible montaña Gnita, guarda su tesoro el dragón cubriéndole con su cuerpo gigantesco cuyo paso hace temblar la tierra mientras sus cien ojos lo vigilan todo. Sigfrido mata a Fafnir y desposa a Brunilda, la walkyria sagrada condenada al sueño eterno tras haber luchado con Odín. En Walhalla, por sobre las nubes, tiene su morada Odín, señor de las batallas, padre de los ejércitos, rey de los dioses, eterno como el mundo y padre de Brunilda. Los nibelungos, los de ayer y los de hoy, están forjados en el acero de la muerte y el amor al dinero ajeno.
Si la teología nibelunga es mala, no lo es tan buena como se dice la moral confuciana: “Sólo el hombre justo es capaz de amar y de odiar a los hombres como conviene” (Ta-hio). ¿Conviene odiar al injusto para hacer justicia? No, como tampoco es suficiente el tacaño Libro de los Muertos: “¡Yo no he hecho pasar hambre a nadie! ¡No he hecho llorar! ¡No he ordenado el homicidio a traición! ¡No he cometido fraudes contra nadie!”. Demasiado no, no, no. En el Ayax de Sófocles al menos, cuando la diosa Atenea dice a Odiseo que la risa verdaderamente placentera consiste en reírse del enemigo, Odiseo contesta dignamente: “Pues yo le compadezco, aunque sea un enemigo”.
De un tiempo a esta parte no digo lo que no creo, No creo en cualquier Dios. No creo que; solamente creo en Él acercándome a Él. Creo en el Dios señor y dador de vida eterna, pues vida que no fuese eterna tampoco sería buena vida; aspirar a algo menos sería poca cosa para mí. Creo en Dios porque sin Él tampoco creería yo mismo en mí, ni a la hora de mi muerte ni en las horas de mi vida. Y creo que, si Dios no existiera, yo tampoco existiría, lo cual no significa que crea tanto más en Dios cuanto menos crea en mí; cuanto más Él, más también yo. Yo creo en el Dios que me llevará siempre consigo, haga yo lo que haga, por el poder de su perdón restaurador que al perdonarme me recrea. De su mano no querré nunca desasirme. Creo en Dios desde que Dios existe, porque me pensó, me quiso y me hizo para siempre: este es el valor de eternidad que hay en mí.
Y aunque no hubiera Dios, ya no puedo sino querer que lo haya: aunque no hubiera cielo lo amara, y aunque no hubiera infierno lo temiera. Maranatha, ven Señor pronto a socorrerme. Quiero, Señor, que existas, al menos para que te conozcan, pues yo no soy capaz de transparentarte. Creer en este Dios me convierte en escéptico de muchas otras cosas, casi de todas, incluso de las escritas por Machado “porque se puede o no creer en Dios, pero no menos se puede creer o no creer en la realidad del éter, de los átomos, de la acción a distancia y, hasta si me apuráis, en la existencia del queso manchego”, argumento remozado por Manuel Vicent: “Se puede cambiar de dioses, aunque no de aquel alimento que te daba tu madre cuando aún eras inocente. Realmente aquellas longanizas eran el Dios verdadero: la pura sustancia, el principio y fin de todas las cosas”. Estadio oral.
Yo creo a y creo en un Dios que verdaderamente me resulta difícil de creer, sin por ello dejar de pensarle. En efecto: ¿acaso no parece inasumible que el Omnipotente se ocupe conmigo y que yo le pueda llamar Padre con una relación enteramente filial?, ¿y qué decir de un Dios Padre cuyo Hijo entrega su joven vida por mí (¡por mí, Dios mío!)?, y ¿cómo es posible acercarse a otro que pasa por allí sin un poco de rubor y decirle convencido que a él también le ama Dios?, ¿acaso no anula esta “locura de Dios” la pesantez de la tierra? Y, en fin, ¿cómo permanecer fieles a la tierra, y dejarse al propio tiempo elevar por la ingravidez del amor?
Ese Dios, este Dios, mi Dios, es Dios-con-nosotros, Emmanuel, de quien soy gozosamente su esclavo, sólo de ese Dios puede uno ser sumiso. Así lo fue Ángel María Garibay (1892-1967), a quien el médico le advirtió que si entraba en el seminario se volvería loco, pero él se hizo sacerdote y habló latín, griego, hebreo, francés, italiano, alemán, inglés, náhuatl y otomí: “Loco o no, aquí me tiene usted trabajando. El consejo que a mí mismo me di y que siempre he practicado ha sido el de que, si en vez de trabajar, descanso, más que enloquecer me muero”. Las gentes sencillas con las que convivía como misionero pobre decían de él: “Parece que este padre no ha terminado sus estudios, porque siempre lo encontramos leyendo en sus libros, haciendo preguntas y tomando notas”. El Dios que a mí me mueve es capaz de hacernos fecundos en cualquier terreno, y no sólo en el del mucho saber, sino en el mucho querer y dejarse querer. El padre Garibay no descansó hasta conseguir en beneficio del pueblo de San Martín de las Pirámides la introducción de agua potable; en otros pueblos, reunía a los campesinos jóvenes para enseñarles técnicas que podrían ayudarlos a mejorar sus cultivos y pequeñas industrias. Totalmente ajeno a la pedantería, vivía con rigor la pobreza evangélica. Esta era y es la actitud de los humanistas-divinistas. El franciscano Fray Toribio Paredes (Zamora, España, 1940/ México 1569) decidió llamarse Motolinia en cuanto escuchó que así designaban los indios de Tlaxcala al pobre, al humilde, y al doliente.
Porque, en fin, esto del humilde y del doliente, del desgraciado y del depauperado no es un juego banal para los ratos libres; por eso ante el buen Dios el creyente se pregunta: ¿es mi lugar una usurpación de los lugares que pertenecen al otro ser humano? Lágrimas de llanto inundan la tierra, pero el que sufre más tiene mayor prioridad, por eso cuidar a un ser humano que sufre es lo más urgente. Creer en Dios significa decir tú, sin cuyo tú, en el mejor de los casos, sólo hay un ello.