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TRIBUNA

Volver a una épica fundadora

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de marzo de 2020, 20:42h

El atroz desmembramiento que hoy está viviendo España, como el buey desollado de Rembrandt, o el de Chaîm Soutine, y no sólo el territorial e institucional, sino también el de los principios y códigos éticos, sólo se puede parar y renovar la piel a través de un relanzamiento del espíritu épico, energía espiritual que cimienta toda comunidad nacional. Sólo la épica política – y también la literaria, por supuesto – puede refundar la maltratada y vendida Nación española. A las naciones las forja la épica, como a los Minotauros. Los héroes fundadores, grandes guerreros o políticos, dejan de ser las piedras angulares de la nación sin los aedos, los bardos, los filid, los skaldas, los scopas, los gustari, o los juglares y trovadores. Hoy España tiene escondida su épica cimiental o radical, oculta en los pueblos, como cuando en épocas de moros o comunistas escondía sus vírgenes en los bosques, incluso en el interior de las encinas. Luego las vírgenes volvían a aparecerse, pasado el peligro islámico o rojo, pidiendo que su escondite de silencio acabara siendo un santuario.

La épica homérica fundamenta los valores y principios éticos de la democracia ateniense: aunque paradójicamente fuera un tirano clásico, Pisístrato, quien ordenó poner por escrito por vez primera los asombrosos poemas de Melesígenes; la dignidad de Aquiles se extendió a todos los ciudadanos. La épica de Ennio, a pesar de no ser romano, imprime un destino manifiesto a la República Romana, y la de Virgilio, a través del personaje de Anquises, al Imperio.

La hazaña épica de la portentosa Conquista de América conforma a España a través de las octavas reales de La Araucana, de nuestro Alonso de Ercilla, que como buen español cultísimo – impronta de las más españolas – ve también las razones que mueven a nuestros adversarios, como es el caso de Caupolicán. Ya nuestra épica más humanista e ilustrada nace con complejo de culpa, dejando hablar con nobles razones a los rebeldes araucanos. El Cid es la épica de Castilla, no de España, que se encuentra en la conquista americana, lo mismo que la Canción de Beowulf y otros cantares vikingos cimientan el Reino vikingo de Inglaterra, y no el Reino Unido, que nace de los dramas histórico-épicos de Shakespeare.

El Lejano Oeste es la gran épica de los EEUU. La influencia de Fenimore Cooper, Washington Irving o Zane Gray en el espíritu americano es mucho más determinante que la de Jefferson, Emerson, William James, toda la escuela de Concorde o un Gore Vidal. El eslogan demócrata de Kennedy, “La Nueva Frontera”, como adentramiento en lo desconocido, no hubiera tenido el resultado que tuvo sin el espíritu forjado por la épica del Lejano Oeste. La épica de Fenimore Cooper pudo encarnarse en Alexander Hamilton si la envidia y la ruindad no se hubiesen apoderado del presidente John Adams, el Agamenón de esta historia. Y Theodor Roosevelt fue la continuación en la política de la épica de Zane Gray.

No existe un género literario en donde la creación del autor sea más libre que en la épica, y en donde la libertad creadora sea más solemne. La épica crea palabras nuevas, como induperator, omnipotente, omnipresente o taratántara. Porque la épica, como el nacimiento de una nación, es el acto creador genuino, en donde nada hay imposible ni existen los límites. La épica es el grado límite de la literatura, como desviación amorosa de la norma; más allá de la épica la escritura deja de ser inteligible.

Lo mismo que la Eneida restauró los antiguos valores que se habían perdido desde los tiempos de Catulo, épicas posteriores restablecieron los códigos éticos que fundamentaban la confianza en la Comunidad Nacional. Las naciones se pueden refundar restableciendo los viejos valores, indiscutibles y válidos para todos, por brotar y encarnarse en figuras del pasado. En la épica el verdadero héroe es el pueblo mismo en acción, y no personajes individuales. La fundación de una nación ( lo que los griegos llamaban “ktisis” ) depende de un sistema de creencias expuesto en la épica. Los sufrimientos de un pueblo, las cargas de obligaciones, están siempre al servicio de una misión nacional, como forma transcendente. Sólo la épica sabe captar y enaltecer la acción de un pueblo y su sufrimiento, que cumple con su destino manifiesto. Hoy España necesita una épica de refundación, que tras una extensa poda de supervivencia de ideas, insensateces y pasiones suicidas, restablezca el unísono coro de yoes que nos devuelva al nosotros. En estos momentos grises, de peligro e incertidumbre, el corazón de la España profunda teje la épica que en el futuro próximo, como una oropéndola, abrirá sus alas enormes para sobrevolar los campos de España, llevando gestas de héroes de la libertad y la democracia que hoy con valor y sacrificio hacen su trabajo impagable, como Pablo Casado, Teo García Egea, Hermann Tertsch, Santi Abascal y muchos más. No será la Farsalia, cuyos héroes de la libertad perecen todos defendiéndola con su sangre, sino la epopeya del triunfo de la libertad y la unidad de España. En esta ocasión, por fin, la causa de Catón será la causa victrix, luchando el pueblo de nuestro cantar épico por no caer en la esclavonía comunista.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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