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Miquel Giménez y los revolucionarios de langostino

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 06 de marzo de 2020, 20:44h
A poco que te acerques, la suela del zapato entera en Barcelona, te lo sueltan sin avisar, en completo desparpajo: “Si Pujol robó, muy bien, más nos roba España cada día”. Miquel Giménez, buda supremo del periodismo, Pavarotti de la investigación poética, pipa que canta y gafas duras de pasta entre la ternura miope y el chisme, nos los cuenta en sus memorias socialistas: PSC: Historia de una traición (Deusto). Subtítulo: La gran estafa a los votantes de izquierdas. Lo cuenta desde dentro, Giménez fue militante, fue directivo del Partido Socialista de Cataluña, estuvo en el meollo y cogollo del asunto, habla de lo visto y oído, su tesis no puede ser más didáctica y divertida, un PSC que nunca fue hermano solidario del PSOE y traicionó así a la socialdemocracia todo lo que pudo, derechizándose, porque el separatismo era pujolista, nacionalseparatista en los inicios y finalmente procesista por mil inercias. En el primer peldaño Giménez lo deja claro: “No es lo mismo hablar de Cataluña que de los catalanes y mucho menos razonable es identificarlo todo con el nacionalismo”. El segundo escalón no es menos velado: “Todos los Gobiernos de España, desde Madrid, estuvieron temerosos de poner a Cataluña en su contra”. Quien se oponía a Pujol era facha, franquista, anticatalán, etc. El tercer peldaño da todavía más miedo: “A los catalanes no nacionalistas se les dejó desde el minuto cero totalmente abandonados a su suerte, en manos de una oligarquía provinciana, terriblemente vengativa y sin otra voluntad ni propósito que no fuese socavar todo lo que significase España en cualquiera de los aspectos”.

El socialismo catalán fue el de la traición e hipocresía: “Pujol triunfó, en buena medida, porque no tuvo jamás a nadie enfrente que le hiciera una oposición sería, formal, implacable y sistemática”. No hubo izquierda en Cataluña y el PSC fue eso mismo, la muleta de la derecha pujolista, base por la cual el nacionalseparatismo crece y divide a la sociedad catalana en dos mitades. El PSC según Giménez: traiciona a sus votantes (no son izquierda), traicionan al PSOE nacional que les paga la fiesta (cómplices de Pujol) y traicionan a la Cataluña moderna que quisieron defender a través de una versión 2.0 del nacionalismo (maragallismo). Giménez entra en el PSC por medio del anarquismo y lo hace cuando las siglas agrupan a dos hermanos en liza, las dos corrientes históricas del socialismo catalán: la obrerista radicalmente de izquierdas y la catalanista (Serra i Moret, Campalans, etc). Los segundos toman las riendas y nace el PSC a su vez como reagrupación de otras tantas siglas (Federación Catalana del PSOE, PSC-Congrés, PSC-Reagrupament, POUM guerracivilista, etc). El objetivo primero: plan de catalanización subyugado a las tesis nacionalistas. No se podía tratar con Felipe González, no se podía tener un retrato de Pablo Iglesias en el despacho, el socialismo era un disfraz para el propósito nacionalista. Obiols sube al pescante desde la sombra y la consigna es diáfana: “A Obiols le incomoda manifiestamente todo lo que sonara a España, singularmente a Alfonso Guerra y a PSOE, a quienes identificaban con la españolería más rancia”. El interés solo debía ser Cataluña y así toman los debidos nutrientes del PSUC, enemigo acérrimo de la socialdemocracia en temperaturas ya muy célebres: “Los comunistas siempre digirieron muy mal que, con la llegada de la democracia, los votantes no los escogieran a ellos como partido mayoritario representante de la izquierda”. Las mimbres ya están puestas y el cesto armado. La lucha comunista (antifranquista) pronto fue nacionalista (pujolismo socialista). El nuevo estalinismo (PSUC) pronto fue neocomunista (En Comú Podem). Adolfo Suárez se hunde, UCD naufraga y Esquerra Socialista busca burgueses o sueldo fijo.

Giménez, no perdamos el hilo, viene de la CNT, que no era ni nacionalista ni comunista. Llega la OTAN y a todos se les riega con mariscos, “habanos y miseria moral”. Obiols, sí, es el Garibaldi moderno, padre de la política cultural socialista. Se le inculca a Giménez ser obiolista porque el PSC también es anarquista: defiende la autogestión y el principio de autodeterminación para Cataluña. Todos revolucionarios de langostino, dos gallos en el corral (Maragall, Narcís Serra), todos ya en la zona de confort de lo público, todos los separatistas (Carod-Roviera, Quim Torra) haciendo guiños al anarquismo a lo Giménez. O se está en el discurso convergente o se es un “botifler”, un “Marxeu de Catalunya”. A Luís Armet le cuelgan chorizos a la puerta de su casa. Ser fiel a Pujol es doblar la rodilla frente al altar nacionalseparatista y su imaginario. Se amordaza a las asociaciones locales, a los disidentes, los nuevos socialistas eran más burgueses e ilustres que nadie y ya manejaban el grifo público. Pujol compra a los castellanohablantes por medio de las oficinas de Bienestar Social. El dibujo, a carboncillo, del federalismo cobra pátina, incluso cuando Pujol dice de Los Chunguitos: “Yo a estos señores los escucho en la radio del coche”. ¡Viva la rumba catalana!

Giménez se hace íntimo de Iceta, brillante en el debate, implacable en la oratorio, muy lector, y pronto cae del caballo: “No tiene otra ideología distinta a la de perpetuar su poder personal”. Iceta es antibiolista pero en el Bar Roberto, entre Diputación e Independencia, entre la Juventud Socialista de Cataluña y la Federación PSC de Barcelona, se va dinamitando por dentro (por fuera a todo que sí, como ahora, al proceso, a los indultos, a los referéndums, a lo que toque) hasta la decapitación del primer secretario del PSC, de quien Iceta es solo adjunto (Josep María Sala, en prisión con el tiempo por Filesa, cabeza de turco para muchos). Copas, bailes, noche, las ambiciones políticas eran frívolas para las nuevas caras: “Young Lions” (generación siguiente a la de Obiols y Maragalls). Iceta, por entonces, no defiende el nacionalismo obiolista sino: “Una Cataluña federada con una España dividida en otras repúblicas”. Tesis anarquista, sin el concepto de nación como axioma político. Más copas, madrugadas, compra de libros en el drugstore de Paseo de Gracia, todos dentro del aparato del partido, rapapolvo de Guerra a Raimon por la OTAN, y pronto la primera tropelía.

Desde Madrid piden información diaria de lo que pasa en el PSC y, a través de cortinas de humo y muros enteros de papelotes, les engañan de continuo. Estar al servicio del partido (PSC) es negar Madrid (Felipe, Guerra). El totalitarismo lingüístico ocupa todos los blocs a carboncillo: hay que tirar por ahí. El aparato socialista de la calle Nicaragua es nítido: “Nacionalismo y comunismo, ahí estaban los dos ejes fundamentales para prosperar en aquella casa en la que había muy poco de Willy Brandt y un mucho de teóricos que poco o nada tenían que ver con lo que entendemos por socialismo europeo”. Todo se barre hacia el recogedor del separatismo radical y derechista: USC como escisión del PSOE, UGT, PSUC, etc. Las familias son obiolistas (asesores áulicos que, con el tiempo y una caña tostada, se escinden del PSC para defender el proceso actual) y los afines a Sala. Iceta, valido de Sala, pronto sonríe a Narcís Serra, y esa dupla puede con todo. Transigir con el nacionalismo moderado implica una nueva palabreja: “Sociovergencia” (Miguel Roca y Serra). Una misma idea: “La de que Cataluña se convirtiera en un sujeto político aparte de España, influyendo en las decisiones del Estado”. El activo era despreciar a los obiolistas para producir nuevos protagonismos, alcaldes, diputados y cargos orgánicos (línea que acaba en el Congreso de Sitges donde Iceta vuelve a salir respaldado).

PSC: ya por esas fechas jardín de plantas carnívoras. Maragall es el pegamento que agrupa a todos bajo su bandera, personas de extrema izquierda y derecha, burgueses de las clases altas y del franquismo, para culminar el gran proyecto: sustituir a Pujol. Ambos en igual sintonía: más nacionalismo, más barretina, más sardana, más carcunda carlista. El Hijo (Maragall) no se rebela contra el Padre (Pujol) pese a las broncas entre Ayuntamiento y Generalidad porque todos están por la Madre (Cataluña). Pujol, sotto voce, dice incluso que su sucesor ideal sería Maragall (¡la caraba!) para así meter en el bote (nacionalseparatismo) a mucha izquierda buena y dispuesta. Todo ya está armado: PSC fuera de Ferraz, sin izquierda alguna, ajeno a cualquier socialdemocracia, siempre hostil a España, y donde el socialismo dentro del pujolismo daba constitucionalidad. Los medios empiezan a regar de separatismo toda letra impresa, hablada o callejera y los panfletos ocupan por entero el lugar de la ideología.

Nuevo catalanismo de trabuco y barretina. Corrupción habitual del tres por ciento para la Casa. Más agua para el ficus del monolingüismo. Cataluña es otra cosa y no una mera autonomía, sí. “La Europa de las ciudades” quiere Maragall para Barcelona, queriéndola ahí para estar más cerca del federalismo, asunto que no ve ni entiende Pujol porque nunca tuvo discurso alguno capitalino. ¿Unión Europea? Ni hablar, Pujol solo creía en el concepto naciones-Estado (Bismarck), similar a Baviera, sin moverse de ahí. Ambos populistas (Pujol, Maragall) y el viejo enamorado del joven: “Maragall era el Kennedy transversal que Pujol buscó y no pudo encontrar en Arthur Mas, Josep María Cullel, Lluis Recoder, ni mucho menos en su propio hijo Oriol”. Luego Montilla, Zapatero, Operación Valls, Pedro Sánchez. Compren el libro de Giménez. El relato, zafio y mentiroso del Partido Socialista de Cataluña, puesto en limpio y para siempre, preocupado solo de llenar el buche, ajeno a Izquierda e Ideología alguna, hasta llegar al actual disparate. Una joya exquisita. Jardiel Poncela, cuando triunfaba en el teatro, saludaba desde la mesa con una cigala en alto. El langostino es siempre revolución, sí.

Diego Medrano

Escritor

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