Dicen que los óbitos vienen de tres en tres, y así ha ocurrido desde el domingo con el sueco Max von Sydow, el leridano Luis Racionero y el abulense José Jiménez Lozano, en este marzo “coronavírico”. Pareciese que se los ha llevado esta gripe fabricada en un laboratorio de Wuhan, pero no. Adiós al trascendentalista intérprete de Bergman, al contracultural Racionero –del que nadie se acordaba, salvo el gran Pepe Ribas– y el neo-místico y firma imprescindible de El Norte de Castilla. Del intérprete nórdico nos sedujeron sus ambigüedades de gran hombre frente a sí mismo; del ensayista catalán su capacidad para coquetear con la psicodelia progre y la derechona rampante, y del maestro Lozano, su escritura silente y poderosa, entre Kierkegaard y fray Luis.
El verdadero mal es que estos dioses de la cultura nos dejen, que es como la última gripe que nos acontece antes de que el invierno se haga primavera. Uno lee las estupideces de sus señorías –en el Gobierno y en la oposición– y entiende que el Santísimo envíe esta plaga bíblica para diezmar la población, a pesar de lo cual hay quien dice que no ocurre nada y hasta se felicita de las acciones de contención cuando llegamos ya a los mil infectados en diecisiete comunidades autónomas. Porque no es el pacto ni la incoherencia, sino este cruce patológico de diseño mortal, creado en el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Wuhan, el que ha llegado a España. Total, que entre los patógenos del Congreso y los orientales, los agentes víricos tienen en cama al personal. No muy buen momento han elegido los amos del Poder para esparcir la pandemia, a pesar de lo cual hay quienes siguen contagiándose por puro placer para coger la baja y ver a Ana Rosa hablar de esta ponzoña.
Las chicas que no se han contagiado salieron el domingo a la calle pidiendo igualdad para la mujer, en un manto feminista y necesario que abarca desde la violencia de género a las brechas salariales, pasando por los trabajos no remunerados o la discriminación por razones de género. La división de las mujeres según su adscripción política nos ha dejado escenarios de abucheos dignos de Ionesco, mientras entre la multitud y el constipado sobrevolaba la sombra del Covid-19, que ha sido el signo de estas manifestaciones, rotas ya las relaciones entre el transgénero y el feminismo de toda la vida –el de la grandísima Lidia Falcón, para que nos entendamos, y a la que hace muchos años descubrimos y entrevistamos–. Nos hace gracia el grito de la feminista estentórea y sin causa frente a la sensatez de la veterana luchadora que ha alzado su puño contra décadas del machismo, empezando por el régimen franquista. Pero de esto ya nadie se acuerda, porque ahora, como rezaban las pancartas de las muchachas del día 8, “hago, pienso, opino, visto, amo y digo lo que me salga del coño”, “mi Satisfayer y yo no necesitamos a nadie” o “estimúlame el clítoris, pero no me toques el coño”. De manera que en esta nueva sexualidad de vibrador y genital, a la que ha conducido años de dominación del heteropatriarcado, se nos ha emboscado un virus de legislatura, enredado en las piernas de las adolescentes de la calle de Alcalá y que suben a reivindicar su feminismo rotundo y sexual por todas las capitales, por si a alguno no nos había quedado claro esto de la voluntad de poder de la vulva. O sea.
Nos dejan, pues, tres grandes de la cultura y llegan nuevas olas de lucha por la igualdad, una batalla que se librará muchas veces. La Guardia Civil detuvo ayer mismo a tres hombres que presuntamente violaron a una menor en el Entierro de la Sardina del Carnaval de San Andrés, en Tenerife. No estamos muy seguros de que a estos (presuntos) delincuentes les arredre mucho el discurso del coño y el Satisfyer. Porque los enfermos mentales no entran por el aro y mucho nos tememos que seguirán celebrando sus raptos en grupo, cobardes y execrables, digan los que digan y lo que digamos. Especialmente si al poco de entrar en chirona salen con permisos penitenciarios y penas menores. España hace años que ha dejado de ser la reserva espiritual de Europa, pero va camino de convertirse en el pitorreo del Consejo de la UE, situados como estamos a la cola mundial de justicia social, el acceso al mercado laboral de los jóvenes, planes de pensiones y eficiencia del gasto público.
En definitiva: aquí en el Ejecutivo han montado su feria para pasárselo bien y pasar de todos, una vez solucionado lo de la subida del salario mínimo interprofesional a 950 euros. Pero salen mucho por la tele con las reinas de las mañanas a ponerse medallas, entre virólogos y enfermos con mascarillas. En una de estas, a ver si les coge la gripe. O el coronavirus.
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