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TRIBUNA

Crónica de la peste

miércoles 11 de marzo de 2020, 20:14h

Según los textos más antiguos, Procopio de Cesarea, fue el escriba y archivista del tiempo de Justiniano, que registró en su Historia la primera pandemia de la que el mundo tiene conocimiento. Empezó en el 540 después de Cristo y asoló el reino de Bizancio, arrasando su población en casi un 40 por ciento. Los síntomas que Procopio describe son propios de la llamada “peste bubónica”, aunque por ese entonces no se la definió así, sino que se la llamó -y así pasó a la historia- como la “plaga justiniana”. Nadie supo por qué usó la palabra “peste”. Sin embargo, desde ese momento, la gente empezó a pensar en esos términos y en fenómenos cíclicos. Aunque la verdadera peste, la que redujo a la mitad la población de Europa, y que fue, además, la que grabó para siempre con una límpida huella mnémica el horror de los hombres hacia las ratas, fue la que se dio en el año 1348.

Según el historiador y banquero Giovanni Villani (1275-1348, contemporáneo y amigo del poeta Dante Alighieri y biógrafo de Tomás de Aquino), célebre autor de Chronica Universale de Florencia, una historia de la región dividida en doce libros, celebrados por Giovanni Boccaccio (1313-1375, su socio y camarada de romances), que luego, en su Decamerón (en compañía de siete preciosas muchachas, de manera erótica y nada despreciable se borró de Fiesole para escapar de la peste). “Los años habían llegado a los mil trescientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia… sobrevino la mortífera peste. La cual, por obra de cuerpos celestes o por nuestros inicuos actos, la justa ira de Dios envió sobre los mortales… fue originada unos años atrás en partes de Oriente, donde arrebató innumerable cantidad de vidas, desde allí… prosiguió devastadora hacia el Occidente…”

Pero, sin duda, todo nace en la Torre de Babel y con las Escrituras. Viene después la historia de Roma y de toda Italia, hasta llegar al año 1080, donde se trata de forma pormenorizada en uno de los volúmenes de Villani, conjuntamente con la Historia de Toscana, el primer brote de una peste que arrasó con la mitad de la población, incluyéndolo a él. Pero la peste de la vida urbana tampoco es indiferente a Virgilio, a Ovidio ni al propio Alighieri. La Edad Media, acaso la difunde exageradamente, porque coexiste con la época y se sucede tanto en los textos religiosos como en las crónicas y la poesía medievales; en las que, por motivos obvios, se le concede una primordial importancia bajo la imagen del “Perro de las tres cabezas”, que no es ajeno a la literatura inglesa y atrae de manera particular a Zachary Grey (1688- 1766), editor y comentarista de Shakespeare, un escritor y sacerdote que generosamente abunda en el tema.

La peste que narra Villani se inició luego del desembarco de cuatro galeras genovesas que provenían de Turquía. Traían a bordo unas ratitas negras, las cuales, se suponía, eran picadas por una pulga, que después picó a los humanos; de ahí la “peste negra”. En ese contexto, Villani relata que el conteo de las muertes era siempre a grosso modo, porque no hubo censos ni precisiones por la rapidez con que se expandió la peste. Los síntomas eran brutales y hacían que las glándulas de las ingles y axilas se hincharan en forma de bubas, lo que dio a la enfermedad el nombre de “peste bubónica”; inmediatamente los muslos y brazos se cubrían de manchas negras, y el enfermo moría tres o cinco días después.

Ahora bien, aunque muy enraizada en la memoria del hombre del occidente, la peste es más un concepto que una enfermedad, que, en sus variantes (verbigracia la “lepra”) continúa manteniendo lo que podemos denominar un “prestigio sagrado”, muy caro a la literatura de todos los tiempos, a pesar de haber sido clínicamente superadas casi la mayoría. Cabe agregar, eso sí que dichas pestes han quedado como una de las representaciones más dramáticas de la Antigüedad y del Oriente, que justificadamente llega hasta nuestros días. Vaya como muestra la afamada novela India Song, de Marguerite Duras, luego llevada al cine, donde el teatro, la poesía y la música convergen con una armonía deliciosa. El otro caso, quizá más célebre que el citado (de vuelta best-sellers en estos días; también llevado al cine), es La peste, la dramática historia que nos narra Albert Camus. “Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, desde las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes…”

No obstante, la “peste” es quizá menos una enfermedad que un concepto, muy enraizado en la conciencia y en la memoria del hombre occidental, y al igual que la “lepra” continúa manteniendo un “prestigio sagrado”. La “lepra”, por ejemplo, es una de las representaciones de la Antigüedad y del Oriente que llega hasta nuestros días con las novelas citadas de Marguerite Duras, Albert Camus y otros escritores, y la peste de la vida urbana de la Edad Media. Aunque una y otra coexisten, se suceden tanto en los textos bíblicos como en las crónicas medievales, en las que, por motivos obvios, se les concede una mayor importancia ficcional.

Algunos de esos textos demasiado famosos son distopías que fueron escritas hace más de medio siglo y que ahora traemos al presente. Así, a vuelo de memoria, no podemos dejar de mencionar La peste escarlata, de Jack London, que se sitúa en un todavía lejano 2072; es decir, 60 años después de que una epidemia dejó a sus sobrevivientes sumidos en un primitivismo violento y donde un maestro que sobrevivió busca rescatar valores perdidos para transmitirlos y recuperarlos en sus nietos.

Recuerdo, además, El último hombre, de Mary Shelley (la célebre autora de Frankenstein), esposa del poeta Percy Bysshe Shelley, que nos intriga con un tiempo futurista, que sucede al fin de la monarquía en Inglaterra y desata una guerra y, con ella, una peste en el mundo que los mata a todos y deja un solo sobreviviente. También, el conmovedor Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, que cuenta la pérdida de visión total de la que es víctima toda una ciudad, y donde los enfermos se enfrentan al único propósito, que en este dramático caso es solo sobrevivir. Antes, en La Montaña Mágica, el amable Thomas Mann, nos introduce en la intimidad de un sanatorio de tuberculosos, que se ven empujados en su encierro a reflexionar sobre política y las complicadas y arduas crisis sociales que envuelven a Europa. En fin, demasiados textos para citar que aluden a la peste.

Pero, todo esto viene a cuento mientras un brote de “coronavirus”, llamado así vulgarmente, avanza en el mundo y ya es pandemia. Ahora rodea a Italia de un modo implacable, el país más afectado de Europa, donde sigue cobrando víctimas fatales. La epidemia de “Covid-19”, desde su origen en Wuhan, una región de China, no ha cesado de matar gente, extendiéndose por más de 95 países y afectando ecuménicamente la economía, que está en caída libre y de manera inquietante se precipita hacia un posible abismo; vale decir, a un probable colapso, que puede afectar cada rincón del Planeta. Y, lo más terrible, es que ya empieza a matar amigos que, como el talentoso saxofonista y compositor argentino Marcelo Peralta, residente en Madrid, lo acaba de sumar dolorosamente a los más en plena vida creativa.

Mi amigo, el escritor Albino Gómez, me dice en un email (porque verse con otros y estrecharles la mano ya es un riesgo; y ni hablar de nuestros habituales mates que van de boca en boca) que la peste que más recuerda es la “poliomielitis”, que dejó marcas indelebles, sobre todo en los niños; sin duda, los más vulnerables. Un flagelo espantoso que gracias al epidemiólogo Jonas Edward Salk, se exterminó para bien de la humanidad con su decisiva vacuna. Pero todo, con las debidas variantes en cada caso, vuelve y nos pisa los talones. Así, “el eterno retorno” de Nietzsche se sigue dando de manera implacable. Otra vez estamos a la espera de otra sustancia orgánica (o virus) que atrapado y convenientemente preparado se aplique al organismo, haciendo que este reaccione contra él preservándolo de sucesivos contagios. Dicen los más sabios que aún no se ha encontrado al animal o al bichito que provoca el ya demasiado famoso Covid-19. Y están a la caza.

Algunas personas de fe se preguntan -y con razón, claro-, “¿no será el preaviso de un nuevo Apocalipsis?”. Ojalá que no. Mientras tanto, de manera inapelable, como en los textos citados, todos estamos al alcance de la peste.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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