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TRIBUNA

Pandemia y revolución

jueves 12 de marzo de 2020, 20:07h

Si esto no nos enseña que tomamos, en algún momento, el camino equivocado no habrá nada que pueda enseñárnoslo. Lo que no evitará, desde luego, una corrección muy severa. Alarmados por el virus demoledor que, aunque con excepciones, se cebará en nuestros mayores y enfermos, en última instancia en los humildes y menesterosos, apenas hemos reparado en los más de treinta grados que hemos “gozado” este invierno. Nuestros gobernantes esperan de la población un comportamiento ejemplar. Una población educada en siglos de individualismo expoliador o egoísmo perfecto debería hoy, por arte de no sé qué mutación, ofrecer un comportamiento entregado y generoso. En realidad, desbordado del todo el sistema sanitario – tras años de gestión rapaz – se nos pide que afrontemos en nuestra casa la enfermedad, con la ayuda de medicamentos inespecíficos y paciencia. Para eso nos regalan las compañías telemáticas megas extra y contenidos de entretenimiento que paliarán, sin duda, nuestro ocaso.

Poco acostumbrados al recogimiento será necesario el ejército para mantener una cuarentena vigilada, acostumbrados al ejercicio vano de nuestra voluntad las nuevas condiciones nos resultarán insufribles. La mayor desgracia, sin embargo, es la erosión de la institución elemental de la vida en común: la casa, el lugar del núcleo familiar. Reducido a lugar de restauración y descanso, hace siglos que ha venido perdiendo su valor de espacio sagrado de vida en común. No se trata, naturalmente, de la familia antigua – elemento de la ciudad constituida como unidad de filiación, como mostrara Fustel de Coluanges en su obra maestra – no queda ni siquiera esa esquirla que ha sido la familia nuclear – burguesa. Un concepto aberrante que concluye en la abolición de la familia por la que luchan tantos libertarios y revolucionarios de pastel. Hacen el juego, justamente, a la ideología de nuestro tiempo, a la evidencia compartida por la masa, perfectamente ajustada a nuestras formas de vida: el liberalismo político y económico, cuya última vuelta de tuerca es el llamado neoliberalismo. El liberalismo clásico vetaba todavía un espacio a la garra destructiva del Estado o del Mercado en nombre de la vida comunitaria. El liberalismo, dice Ortega, es la doctrina que pone límites a la injerencia del Estado. Eso es el liberalismo clásico que todavía tuvieron presentes Ortega o Chesterton. El nuevo liberalismo es un democratismo sulfurado que niega todo límite a la injerencia del Estado o, lo que es lo mismo, del Mercado orientados a la demolición de todos los lazos antropológicos y la creación de una masa de individuos sin naturaleza, ni constitución.

No hace falta acudir a conspiraciones intangibles cuya veracidad a nadie sorprendería porque todos sabemos quién corta el paño. Conspiraciones cuyo punto oscuro las aproxima, desde luego, a la paranoia. Pero ésta no es, al fin y al cabo, otra cosa que una hiperfetación del conocimiento.

Nuestra única salida es siempre dar marcha atrás para volver a coger velocidad posteriormente, pero deberíamos sentarnos, meditar y cambiar – con parsimonia – de dirección. Cambiar de dirección radicalmente, dar la espalda al horizonte vacío, al gran desierto al que nos conduce esta modernidad liberal del Individuo sustancial y perfecto y regresar por donde vinimos, no será el mismo el paisaje porque, en efecto, la historia no es simplemente reversible. Tan poco reversible es que pudiera resultar que para regresar – ya no conservar porque nada hay que conservar – será preciso una suerte de revolución reactiva, antiliberal o antimoderna, una revolución en nombre de la vida en común en la que la voluntad de uno no esté desvinculada de la voluntad de otros. Restaurar las condiciones de un trabajo y un consumo compartido, trabajar juntos y próximos. No a la distancia a la que ahora nos pone la situación de emergencia, sino en vecindad. No será un mundo idílico y lleno de armonía, nada que construyamos puede serlo, pero no será el infierno postindustrial de la pandemia comercial.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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