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TRIBUNA

Aprendizaje de la quietud

jueves 19 de marzo de 2020, 20:21h

Quietos. Súbitamente quietos. Todo lo que nos lo permite nuestra nerviosa constitución. Pero todavía nos agitamos entre canales de televisión, grupos de WhatsApp, redes sociales, plataformas audiovisuales. Hay quienes nos enseñan a mantenernos en forma en nuestros hogares difundiendo rutinas de ejercicio, hay quienes nos demandan mensajes de apoyo y, por supuesto, se nos exige productividad y un rendimiento sujeto a medida en nuestro trabajo distante. No bastará una ligera reclusión – saturada de nuestros adminículos de menesteroso: teléfonos o televisiones astutas, ordenadores…– para conducirnos al punto sin retorno, al extremo que impide toda reversibilidad. ¡Y sería tan importante que alcanzáramos ese punto, el momento de una lucidez que trasciende el conocimiento instrumental, la habilidad técnica, la capacidad satisfecha del hombre de éxito!

Los revolucionarios de pastel aprovechan la ocasión para clamar contra los terrores del mundo, contra el mal que es el capital – nos cantan hoy como a los niños de hace treinta y cinco años – y quisieran una reorganización político-económica según el horizonte de un marxismo infinitamente menos complejo que el pensamiento del viejo Marx. Yo creo haber aprendido que el socialismo comparte con el liberalismo una misma antropología, pero que perfecciona los medios de explotación tecno-económica del mundo y del hombre. No espero nada de lecturas soviéticas o postsoviéticas de Marx, no espero nada de socialismos de una u otra orientación. No espero nada más que una catástrofe dolorosa del nuevo liberalismo y sus alternativas aparentes. Me esfuerzo en vivir las enseñanzas de la catástrofe, en hacer del presente la ocasión – el kairós – de una inversión sustantiva que no se limite a una teórica o doctrinal “vuelta del revés”. Me esfuerzo por adquirir una conciencia que no se limite a la conciencia de clase – cuyo aprendizaje es sencillo y superficial –, una conciencia que no sea impartida por las voces confusas de la “vanguardia consciente” que nos conduce desde las aulas o los platós.

No es que desprecie las necesarias acciones políticas y económicas, sino que siempre serán erráticas y destructivas si no están sujetas al yugo de una comprensión radical de la vida humana. Y a una muy determinada comprensión de la vida humana que es enteramente inasimilable para el orden antropológico que se abriera paso en Europa desde el siglo XVII y que se difundiera por el mundo todo en los dos últimos siglos. Una comprensión de la vida humana en la que unos no se limiten a agradecer externamente a otros, donde todos – es decir, cada uno – evite ser gestionado por los técnicos de la administración del Estado. No bastará con pretender que el Estado sustituya al Mercado como principio de totalización o gestión unitaria de la sociedad, porque Estado y Mercado son haz y envés del mismo plano, funcionalmente inseparables, genéticamente contemporáneos.

Esa comprensión de la vida humana no es nueva, ni revolucionaria, ni emancipatoria. Se encuentra definida y realizada en una larga tradición: justamente la tradición que impugnó y destruyó el nuevo orden antropológico de la sociedad liberal e ilustrada. Pero no es un concepto que haya que defender acudiendo a textos polvorientos y maestros de otro tiempo, es la vida personal y comunitaria cuya realidad y valor se imponen cuando las circunstancias nos descargan del turbio sedimento que ha sofisticado y adulterado las condiciones reales de la existencia antropológica. No será fácil que descubramos bajo las numerosas capas de polvorienta inmundicia la neta realidad del mundo, la verdadera sutileza de una vida que no se asienta sobre sí misma porque está constitutivamente abierta a la vida de terceros y en una constante tensión vertical que señala más allá del futuro. Ese hallazgo requeriría verdadera quietud y de un paciente silencio análogo al de los que – en otro tiempo – sabían bruñir la bóveda de la comunicación. Aislados, nunca estuvieron solos.

Si alguien despreciara la conversión que señalo como subjetivismo y fuga de la realidad estaría cometiendo el error multisecular de reducir la vida humana a política y/o economía, sin reparar en que no hay revolución sin conversión (metanoia) y ésta tiene lugar en un plano de realidad incomparablemente más profundo que el plano político y económico que debe subordinársele. La restauración de una comprensión radical de la vida humana podría comenzar por ese punto. ¿Habrá empezado alguien a sustituir el aplauso por la oración? No quiero conocer la respuesta y esto sí es huir de la realidad, pero por conocimiento de la realidad.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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