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DESDE ULTRAMAR

Peste

Marcos Marín Amezcua
jueves 19 de marzo de 2020, 20:23h
Terrible vocablo, máxime si uno fuese la víctima. Nos remite a episodios históricos de otras plagas y después de darle vueltas, sé que vivimos una similar: una peste. Esperanza da que se la afronta, desanima ver como cunde con absoluta rapidez. Anima ver la respuesta buscando vacunas, nada menos 400 científicos se reunieron semanas atrás para abordar semejante desafío a la especie humana. Desalienta ver las cifras que oímos a diario sobre sus estragos. Propias y ajenas. En esto la Humanidad va al completo y debe ir unida.

No es cosa menor y mucho menos lo será. Lo que vivimos es una epidemia global que, revestida como pandemia, está haciendo cera y pabilo de sistemas sanitarios y recursos conocidos frente a lo desconocido como el COVID-19; sin embargo, si uno quiere informarse, aprende rápido las medidas extremas a adoptar. Algunas acciones cuestan por nuestra idiosincrasia. No saludarse de mano, abrazar, pero hay que aplicarlas a la voz de ¡ya! Otras cuestan porque la gente es bruta ante los políticos. Por ser tal o cual, no los atienden. Están ciertas personas imposibilitadas a dejar de lado sus fobias políticas para primar la vida. Es lamentable. Es deplorable.

Semejante asesino como es este coronavirus no puede ser tildado de poca cosa y desde luego que todos quedamos expuestos. Ya no redundo en la manera en que se ha cebado en China, Italia y España. De esas experiencias debemos de aprender los demás. Y urge. Tanto gobiernos como las personas de a pie, desde luego, a no verlo como cosa lejana, ajena o de autoridades. Nos involucra, nos reclama. Sin importar el país. Y debe atenderse. Eso implica crear conciencia. Menuda tarea, en tantos casos.

Para el caso mexicano, donde se ha sabido desde el primer día de la aparición en China de este engendro, vamos un paso delante de España y dos atrás. ¿Cómo? Es fácil de entender: México ya vivió la crisis sanitaria y terrible en lo económico de 2009, que no vivió España, porque aquí surgió o al menos, aquí empezó la epidemia de la influenza humana. Esa que ya querían tildar de mexicana y se evitó llamarla así ante la instancia de la OMS, que optó por el otro nombre para la Gripa H1N1. Sabemos los mexicanos qué es el cierre intempestivo y duradero de espectáculos y restaurantes, de escuelas y de un pánico a algo tan desconocido. Sabemos que eso golpeará fuertemente cualquier economía. Aún hay quien sostiene que la influenza humana nunca existió. Cubrebocas y gel de consuno, se hicieron frecuentes. Por mucho que veamos mexicanos en las playas en el puente del natalicio de Juárez del finde pasado, hay memoria y hay conciencia. Porque por ellos, también están los otros. Los estudiantes que ya no van a clase, los ancianos a los que se pide recogerse, medidas de control, aunque parezcan insuficientes, y campañas más la iniciativa individual de no darse la mano o el beso, sana distancia y no viajar lo innecesario. Porque esta película ya la vimos en México.

Vamos en México dos pasos atrás respecto a la presente crisis española, porque al día de hoy, 19 de marzo, hay 118 infectados y 300 sospechosos. Estamos a un mes de distancia de España en estas lides, con dos posibilidades más la oportunidad de aprender de esa experiencia inmediata: que se evite un contacto masivo a la manera española de encerrona, si aceleramos que ya suceda o que veamos que amaine el contagio ante la respuesta médica de aislamiento social oportuna, sin esperar el incremento de casos para actuar así ni el llamado gubernamental. No sé si lo conseguiremos, desconozco cuál de las dos opciones impere y si ambas posibilidades estarán como ausentes, triunfando el bicho. Y me temo lo peor para México, pese a todas las medidas que se tomen. No llegamos en 2009 al estado de alarma, eso sí. Ignoro si esta vez convenga adoptarlo, incluso, antes de llegar a los índices de mortandad vistos en Europa. No sabemos si llegaremos a tales, porque de momento en México hay una detección del virus en su primera fase, la que proviene del exterior. Sabemos que la transmisión comunitaria ya es otra cosa como fase 2. Hay la idea de que si nos aislamos a tiempo, la detendremos. No sé si será así. Ya sabe que yo le informaré lo que suceda.

Empero, si bien a estas alturas yo mismo desconozco si no estoy infectado y moriré si mi cuerpo no reaccionara a esta plaga en caso de contraerla, sé que lo menos que debo de hacer es seguir indicaciones, mantener mi distancia, fortalecer mi sistema inmunológico, evitar sitios concurridos, ser consciente de que, en efecto, aparece que mueren más hombres que mujeres y que puede uno recaer y seguir infectando. Que nos sirve más informarnos que insultar a los gobernantes. Al día de hoy en México seguimos en la fase 1, con algunas prácticas ya de la fase 2. Mientras se efectúa esa transición, nos preguntamos sin tantos se contagiarán y lo que costará este duro golpe a nuestra economía, que llegará, también.

Sí ante los muertos infectados, los seres contagiados y los expuestos, puede ser una nimiedad referirse a las acusaciones de guerra bacteriológica entre China y Estados Unidos, sugiero que no lo vaya siendo. Apuntan tales dimes y diretes a que algo hay. No pasan inadvertidas, porque justo por tales caídos las características y dinámica de lo sucedido alerta de que no ha sido algo solo brotado de la nada, de murciélagos o pangolines. Esto ya no es normal.

La imagen del Cristo del Corcovado en Río de Janeiro iluminado con 166 banderas de los países infectados o el papa Francisco orando ante el Cristo de la Gran Peste en la Ciudad Eterna, desafiando al virus –peste que matara a Adriano VI, el único neerlandés en el solio pontificio– son caras de una misma moneda en un mundo descreído que clama laicismo y secularización. La fe inquebrantable, la esperanza frente a semejante mal, me hablan del irrompible ánimo por no ceder, así sea aferrándonos a la fe, quien la tenga o la considere necesaria, claro. No la doblegan los avatares, las vicisitudes y los terribles datos, aunque se clame que cerrar templos es la muestra de que sí.

Ahora bien, cada cosa en su sitio. Cuando en México el presidente López Obrador saca una estampa del Sagrado Corazón de Jesús y dice que eso lo protege, habemos quienes sabemos que no merece la pena ni considerarlo más allá de su fe. Hay quien solo hace bilis invocando que deja morir a su pueblo, estupidez mayúscula que se responde: (lo dicen, entre otros) priistas ladrones, que lucraron con medicamentos para el cáncer y leche radioactiva de Chernóbil ganando dinero a costa de los más necesitados. Lágrimas de cocodrilo de ciertos priistas. Es ignorar a conveniencia las acciones que se siguen a pie juntillas de la OMS. No hay que ser tan mezquinos e irresponsables, que ladrones ya fueron. Después de todo el coronavirus cogerá parejo. Que nadie lo olvide y quepa en todos la responsabilidad, si ya fuera demasiado pedir la unión. Ya deberían de estar tomando medidas propias, como todos los demás ya lo estamos haciendo sin esperar llamados del gobierno, si tanto no les cuadra el que les ganó la presidencia.

Me quedo con las palabras de Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, en su discurso a la nación dado la noche del sábado 14 de marzo: “El virus no distingue de territorios ni de ideologías ni de colores políticos. Por eso insisto: coordinarnos, escucharnos no es una opción, es una obligación”.
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