Como suele pasar desde que el chimpancé ganó la Guerra del Peloponeso, por no advertir más susurrosas acciones bélicas desde los principios de los tiempos, todo enfrentamiento contra un enemigo en medio del campo de la batalla es ruidoso, temible, lechoso y con mucho piojo de por medio. Digamos que estos piojos ahora, en estos eneros del 20, han sido definidos como COVID-19.
Dame a mí la impresión de todo lo que está aconteciendo en estas nuevas colisiones bacteriológicas causa sea por razones de esta quincalla en que existimos. O, por decirlo con más inri, por enjambrarnos en este bosque húmedo, cual Julio César, al cruzar el Rubicón, a sabiendas que el emperador fue avisado por las hadas brujas de que así no lo hiciere. Cruzado, pues, hemos estas atardecidas aguas alquiladas en barro quién sabe si por unos polvos lanzados desde un dron o sencillamente desde la causalidad, que no es lo mismo que la casualidad.
El entero mundo está en alerta, riesgo de las fontanerías por no destornillar con antelación esas cloacas pobladas de vayan ustedes a saber. Lo que es cierto y notable es que, apartadas las mundiales guerras con artillería, espejos de razas arias más los EEUU que siempre se apuntan tarde a los conflictos a sabiendas que el último round siempre es el mejor golpe, nos hallamos insertados e injertados en otra manera de ejercer el miedo, la convulsión, el taladramiento global y entretenido de todas las naciones, aldeas, áfricas con sida todavía, imperios o contraimperios.
Los jefes de Estado -por nombrarlos así como mandan los cánones- están acaparando las cámaras y los medios de la co/desinformación de modo tal que no podemos gozarnos en este nuestro deporte al aire libre que es el libre pensar sin antes no rezar a cambio de indulgencias todas estas indicaciones improvisadas o acertadas -vaya a saber dios que manda en nuestro hígado-, estos decretos leyes o estas gestoras de navaja rasgando el ojo como lo filmó Buñuel. Obedecemos porque, según las distintas democracias y las que no lo son, así lo reglamentan.
Vaya por delante que no hallo en ello lamentación ni insurgencia por parte mía. Como muchos -no todos ni todas- confinado hallóme en mi casa a la espera de los telediarios y sus partes de guerra. La cosa en dicho caso es cochambre que se debate entre la creencia y la duda. Pero hay que sembrar nuestra libertad de ejemplar ciudadanía por no ser amonestados con la tarjeta roja, esto es, con multas por parte de las magnánimas y amantes mías Fuerzas Armadas del Estado.
Y es ahí adonde quería llegar yo. El Estado -hoy más que nunca- retorna con su potenciación de tejido o jara y sedal como ha tiempo ya se daba por desaparecido. El liberalismo y el neocapitalismo habían forjado toda una red de tirabuzones y de caudales públicos con los que privatizar hasta las uñas pelirrojas del príncipe de Arabia Saudita. Ahí está el meollo del cogollo del bollo de la cotorra.
Esta guerra televisada y con campos de concentración -véase aquí la hipérbole- ha vuelto a poner en el eje central de esta contemporaneidad de taller y austericidio de moda nuevamente la fuerza y el compromiso global del Estado-nación. Algunos ya habían finiquitado este concepto proveniente de la no muy lejana secular nomenclatura como engrandecimiento del control societario y, por extensión, administrativo, gubernamental, ejecutivo, legislativo, judicial y largos etcéteras.
De modo que a mi mal entender estamos frecuentando un cambio de paradigma o, dicho en palabras fáciles, en un posible cambio de sistema en tanto en cuanto al poder y quiénes lo ejercen. Quizá estas batallas del día a día nos están señalando otra navegación terrestre, marítima, aérea y universal a bordo de este barco ebrio que es el consensualismo y la unidad entre las distintas humanidades que habitan este atareado planeta.
Sin embargo, no me fío yo mucho de este buenismo con que se está comportando el Gran Capital una vez cruzado el Rubicón. Quiero decir que la maga bruja puede que a los interesados le haya visto sus oníricas visiones a la hora de, en tiempo de cruzadas, comulgar con ruedas de molino. En tiempos de víctimas, heridos y ancianos sin adolescencia ya para los siempres, la Gran Economía cede y pinta los pasos de cebra para que el mundanal ruido se silencia y se serene. Digo y decía que esta situación siempre se ha dado desde que comienzan a sonar los tambores a la hora de geografiar la irredenta misión de ir todos a una o a dos, incluso a tres. Más madera, es la guerra, decía Groucho Marx.
Pero toda Historia siempre se ha escrito en los pergaminos con la misma sonatina, esto es, primero lo urgente y luego ya se verá. Hete aquí mis contradicciones neuróticas que insomnio me producen.
¿Estamos seguros que, ganada la batalla, la posguerra será tan sencilla y tan vida de vino y rosas como este cuerpo a cuerpo de esta ya perversa primavera?
Imagino que el Gran Capital nos obsequiará con la obliteración al que nos tiene acostumbrado. Esto es, que este posible cambio de paradigma o cambio de sistema hacia un mundo más ordenado, más societario, más rebelde o más comprometido, podrá ser descuartizado en cuanto alguien, algunos -exactamente el Estado-nación- vuelva a despistarse y a aflojar los remos de este ebria navegación que, en principio, alberga esperanzas, nutricionismo humanista, comunitarismo internacional y todos los largos etcéteras que ustedes quieran poner.
Digo que, pues, la posguerra será más dura que esta batalla contra este piojillo que no sabemos ni de dónde vino ni por qué ni si alguien, algún traviesillo de por ahí, extendió volando los cielos cual polvo enamorado una vez incinerada la muerte de Antiguo Régimen.
Sentados esperemos. Ojo de lince nos trasplante este nuevo orden del entero mundo. Mientras tanto, el misterio de los secretos pulula por ahí, no sabemos por dónde, pero pulula.
Dicho lo que no he dicho, solicito tranquilidad. Que, a nadie, de momento, le dé un torozón, que en mi pueblo significa un golpe seco a mataconejos en la nuca, en esta nuca que hoy es la humanidad en usanza y costumbre. Leo a Chuang-tzu y sus bichitos del Tao cada amanecer mientras me fumo un cigarrillo en esta celda que es el balcón de mi casa.