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FRACASA MEJOR

La ventana

Miguel Ángel Gómez
lunes 23 de marzo de 2020, 20:05h

Las ventanas enloquecen a cualquier persona normal. ¿Por qué miramos? Para apreciar mejor la vida. Me gusta mirar, sin que nadie me desee suerte, hasta cuando se trate de una cosa sencilla, por mi ventana. Pienso a veces que Vallejo miraba por una ventana no muy distinta, de dos formas, una forma vulgar y otra, como yo miro, con orgullo. Como opinaba exaltado Christian Bobin: “La única razón para vivir es mirar con toda la intensidad y toda la infancia esta vida que pasa y nos ignora”. Me gusta mirar, en efecto, sin que nada importe un comino, por la ventana. No porque sea muy pequeña, ni mucho menos más luminosa que las del resto, sino por no matar mi fe y alejarme de la tremenda agonía diaria.

Al principio lo veía todo, ahora me doy cuenta, sin fruncir el ceño: solitarios con doble alma gemela, heroísmos desordenados, frivolidades bobaliconas, saludos soleados del verano y hordas de ángeles que no están gobernados por rígidos convencionalismos. Pasaba normalmente poca gente y se desvanecía, con los mismos matices cada día, al doblar la esquina. Veía, con una habilidad poco corriente, el escaparate de una tienda, un bar, escuchaba cada moto sobrecargada de inquietud con su gran estruendo. Solía (incrementando a la situación un mortífero placer lo más grandilocuente posible) descuidar mi trabajo de oficina solo por ver aquellas cosas, pero poco importaba. Un estribillo se repetía en mi cabeza: “¿Por qué continúo con este jueguecito por un intervalo exasperante?”. Por supuesto, chantajeaba a un compañero para que me echara un cable, sin estar irritado, con las cosas atrasadas.

Estaba intentando concentrarme en reflexionar acerca de la vida, que últimamente no estaba en boga. Dije que sí, que había que tomárselo con calma, deteniéndose en lo sagaz, lo silencioso, lo asombroso. En realidad, no tenía mucho sentido, me encontraba al principio de algo y al final de algo. Hasta que, de súbito, un día vi abriéndose paso el rostro de Alicia, la chica que vive en mi mismo edificio, ese de tejados combados de la calle Murillo. Es una mujer joven bien bonita, sus rizos claros adornan a veces el ceño suave como la nieve, sus labios desprenden un rojo prodigioso. Quizá es demasiado joven para elegir, pero me atrae, creo, como un pozo a una moneda. Es muy pálida, por lo que interpreto que su temperatura es muy baja. Desde pequeño me gustan los maniquíes y su rostro acicalado me lo recordaba de una forma muy significativa. Nunca habíamos hablado de nada interesante. Nada de “¿Sabes que solo se vuelven locos los solitarios? Mientras haya alguien contigo que vea lo que ves y oiga lo que oyes, no te volverás loco”. Tan solo tres veces, generoso, le había abierto con voluntad la puerta del portal. Dicho y hecho. Y con expresión risueña, y con sus ojos verdeamarillos, me había dado las gracias. De modo que no puedo ir por ahí diciendo que eran grandes conversaciones, pero abandonaba cualquier libro abierto con tal de que se produjeran. Naturalmente eso me hacía saber que seguía viva y me daba la alegría suficiente para ir tirando el resto del día.

A mí me gusta la voz de Alicia. Deberían investigar, hacer análisis de voces así. Es evidente que estoy encantado de haberla conocido. En la realidad y en el sueño, ella tiene piernas blancas como la nieve. No me queda más remedio que mirarla. Sobre las once pasa por delante de la oficina. Va a la compra sonriendo para mostrar que está interesada por todo. Lleva el carrito en una mano y una bolsa de supermercado con yogures de oferta en la otra. La escena se repite día tras día, excepto los decadentes domingos. Su pelo revuelto y sus abundantes cejas le dan un aire romántico.

Hace mucho que la miro, alzo la vista para fijarme en ella y su pose tan dulce. Me fijo bien a pesar de que por las noches no duermo y se cierra el telón de fondo de mi ansioso cansancio. La observo con diáfana claridad y estoy atento en mi cómoda butaca. Descuido el trabajo, total, que pronto me van a despedir. No me permito el lujo de tomar ni un café ni una infusión para mantenerme a flote. Si me levantase, ya no me encontraría en mi posición forzada mirando por la ventana. Y lo que quiero, dejando de dar la cháchara con mi entorno, es, para decirlo de algún modo, ver a Alicia y sentir un perfume que aún no se ha esfumado. Pienso a modo de sacrificio, “esto te hará mejor”. Es un instante al día. Cuando ella pasa, cesa el desfile, y se pierde con vertiginosa rapidez. Entonces me resigno a mirar atentamente. Se lo conté a mi psicoanalista, por contar algo, que hasta que no llega ese instante, tengo una ligera sensación de desasosiego. No es un mundo sólido hasta que Alicia aparece. Por eso miro por la ventana, por la misma estúpida razón por la que los niños no pueden dejar de meter los dedos en cada enchufe. Para mí es una aventura que no carece de zozobra, al verla perderse al fondo de la calleja. Es como un rito, un hecho absurdo, observarla los últimos días, sufrir decepciones hasta que pasa, aunque no sepa de mi ensimismamiento.

En cualquier momento –a menudo lo repito– dejaré de mirar por la ventana. Mi cuerpo estará rodeado de otros cuerpos y el charlar con mis compañeros me hará estallar de plenitud. Hace mucho que la miro. A veces me produce demasiado cansancio y se apodera de mí una sensación de hambre poderosa. No puedo pensar y la inteligencia se aleja dando saltitos como un gorrión. Es como si el tiempo no avanzara. Además, mi oficina da a una calle de barrio, que me recuerda a lo que declaró hace tiempo Álvaro Mutis: “Sin pausa ni sueño allí esperé, tiempo suspendido gastando su abolida materia. Inútil la espera, inútiles el viaje y el navío”.

Con frecuencia pienso, que si no estuviera mirando por la ventana, estaría haciendo otras muchas cosas. Esta es la incoherencia: trabajaría como hacen los demás, iría pronto a casa, sin angustias. Sí, si no mirase con intensidad, si ningún fusible saltara en mi interior cada vez que observo, podría hacer otras actividades, no sería necesario trabajar y dejaría que las cosas siguieran su curso viviendo de mi pluma. Sería libre de hacer lo que me viniera en gana, sin serias responsabilidades. Podría limitarme a estar en casa y ver la tele, o escuchar la radio, tras acudir a grandes almacenes y comprar cosas precisas e imprecisas. Estaría en mi sofá, me quedaría dormido, me despertaría y retomaría el argumento de la vida, me bebería una docena de latas de cerveza, escucharía a Lennon, aquella canción titulada Power to the people, encendería un cigarro, me afeitaría. Sí, me afeitaría y me cortaría el pelo. Con tijeras grandes y afiladas para parecer más joven de lo que soy. Tras las brumas de la noche tal vez me cortase y me hiciera sangre y tuvieran que llevarme al hospital. Supongamos que vendría a verme Alicia. ¿Vendría? Sí, yo estoy convencido de que Alicia vendría a verme. Hace un rato, al escribir todo esto y mirar atrás, los días me parecían vacíos, sin ningún valor, pero no nos desviemos del tema. Dan las once. Ahí está Alicia. Vuelve a pasar sigilosa por delante de mi oficina. Algún día cobraré confianza y le diré algo. Estaré sin ninguna tensión, despreocupado, ya no tendré que mirar por la ventana. Sí, en este tiempo le he cogido cierto cariño, que es una palabra que escrita suena rara. Es mi amiga, lo sé. Ahora solo falta que lo sepa ella.

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