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TRIBUNA

Eran aplausos, parecía lluvia

lunes 23 de marzo de 2020, 20:15h

“Yo solo espero la llegada de las 20:00 h. Me conformo con oír los aplausos de mis vecinos, confundidos con los míos, dirigidos a los sanitarios que cuidan de nuestros enfermos”, escribe hoy mi buen amigo Agapito Maestre.

Ayer me asomé a la ventana de mi despacho, como es habitual cuando vivo en España, con la esperanza de encontrar la lluvia suave sobre el suelo reseco de Madrid, y para dar gracias al cielo por aquel posible maná, pero ¡oh cruel desilusión!, lo que llovía no era el deseado líquido elemento, sino una catarata de aplausos y alguna que otra cacerolada, lo que me recordaba al Santiago de Chile de los tiempos de Pinochet. Lo que al día siguiente vino con el Resistiré del Dúo Dinámico ya me pareció patético, aquello era la defensa de Madrid frente al acoso fascista en la ciudad universitaria: no pasarán.

Es el apego neurótico a la vida el que produce ese pánico, y es el pánico lo que densifica la muerte. Hay pánico a la muerte. No queremos aceptar nuestra única certeza, ese destino que a todos nos llega. Ésta es una sociedad de cobardes atrincherada detrás de la pantalla de un móvil. No digo que la gente no se cuide, pero que lo haga a niveles humanos, no preconvencionales -“ay, si le pasa a mi hija algo, es enfermera”-, ni convencionales (derechita e izquierdita formando un frente común contra la peste), sino posconvencionales, es decir, trabajando todos para uno y uno para todos, como los tres mosqueteros si hace falta, o incluso si tuviéramos que reclutar a algunos más con cargo a los fondos de reptiles del Estado.

Muchos saldrán de esta pandemia, pero ¿saldrán mejores? ¿saldrán más solidarios?, ¿serán capaces de trabajar, aunque sea sin aplaudir, por todos aquellos que mueren de asco, de injusticia, de desarraigo cada día, las veinticuatro horas del día? Me viene a la mente por asociación de ideas al señorito marido de la reina de Inglaterra anunciando a bombo y platillo que renunciaba a presidir un rally de coches de carrera para que no se gastase gasolina cuando aquello de la crisis primera del petróleo. Cuando el miedo desapareció, su coche majestuoso salió del garaje.

Pese a su discutible gestión de la crisis actual, san Sánchez saldrá fortalecido por los supervivientes, porque el miedo guarda la viña, y seguramente otro tanto ocurrirá en otros países del mundo, incluso en aquellos donde las dictaduras campean. Poco importa que la China dictatorial esté prohibiendo con muy malos modos la libertad de opinión y de expresión crítica en estos momentos, el caso es que a golpe de bayoneta parece que acabará con el virus. Mas ¿cuándo llegará el milagroso día en que el pueblo comprenda que la bayoneta es un virus arrasador?

Pero a lo que iba, había yo asomado mi carita fuera de la ventana cuando me sentí huracanadamente arrebatado por el viento palmero de mis vecinos entregados al frenesí. Yo, cansado de estudiar a esas horas, había comenzado a poner orden en mi biblioteca, para lo cual me había puesto a limpiar de polvo algunas baldas. En aquel preciso instante, cuando ya había comenzado yo a sacudir un libro contra otro, pero no cualquier librito, sino los ocho volúmenes de la Gesamtausgabe u Obra completa de Friedrich J. G. Fichte (Frommann Verlag, 1972), el triple de grandes y con más páginas que un Everest, de repente sentí cómo se clavaban en mí los ojos de los cofrades aplaudientes, pues yo hacía con mis sacudidas más ruido que todos ellos juntos. Qué fenómeno, oigan. Hasta sin querer soy un gran campeón.

Pero yo no soy de los suyos. Por .lo tanto esta noche, al filo de las 20:00 horas no repetiré, tengo que regresar antes a casa como Cenicienta, que aplaudan las princesas. Pero no se preocupen, no me echarán de menos, no se morirán de abandono, ellos y ellas seguirán aplaudiendo: miedo es miedo.

De lo que sí me dan tentaciones es de sacudir mis sandalias y no volver al carnaval.

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