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TRIBUNA

Errores lógicos sobre la eutanasia

jueves 26 de marzo de 2020, 19:57h

No hay ciencia ética sobre casos concretos. Cada persona es única en la Historia Universal. En consecuencia, para cada valor o regla general cabe encontrar el caso concreto que la contradice. La regla general dice no matarás. Pero en legítima defensa, se puede matar antes de ser asesinado. Y así con los demás valores.

Dicho de otro modo. En ética no cabe aplicar la inducción, llegar a una regla general a partir de unos cuantos casos concretos.

algunos casostodos los casos

La inducción científica no se formaliza como una validez lógica, verdadera absolutamente o en todo mundo posible. Sobre la inducción no puede construirse un razonamiento lógicamente correcto. Y sin embargo funciona bien en las ciencias que se ocupan del mundo de la naturaleza causal. La deficiencia lógica de la inducción está compensada por la uniformidad de la naturaleza. Las mismas causas en las mismas condiciones producen siempre los mismos efectos.

Por el contrario, en ética nunca cabe usar la inducción, pues no existe la uniformidad en el comportamiento humano. Ni siquiera en una persona a lo largo de su vida, a menos que sea muy maniática. Y lo mismo cabe decir de la ciencia jurídica. La jusrisprudencia, o lo decidido antes por otros jueces en anteriores y parecidos casos concretos, no determina unívocamente la nueva sentencia que un juez ha de dar ex novo, aquí y ahora. Se trata sólo de una información orientativa que le puede ayudar, pero no dar la solución exacta al pleito que tiene entre manos.

Por tanto, de que en algunos casos concretos un enfermo terminal pida por compasión a sus parientes que le ayuden a morir, y éstos le maten para evitar que siga sufriendo, no puede deducirse una ley o regla general que diga es lícito matar en tales o cuales circunstancias.

Se suele usar la expresión supuesto legal. Eso va contra toda lógica. Ninguna ley puede establecer a priori o ante factum que se puede matar en ciertos supuestos, como se hizo en la ley del aborto y probablemente se hará en la ley de la eutanasia que se avecina. Eso será siempre deducir falsamente una regla general a partir de casos concretos. Como hay casos concretos para todos los gustos, de ellos se podría deducir lo que a uno le dé la gana, una cosa o su contraria. La regla general sólo puede ser no matarás. Y es confirmada por la Regla de Oro. Los casos concretos que vendrán después de promulgada la ley son por fuerza opacos para el legislador. De ahí el absurdo de los falaces supuestos legales.

Lo único que cabe es que un juez a posteriori o post factum declare inculpables a esos parientes, habida cuenta de las circunstancias específicas de ese caso concreto. Porque ya hemos dicho que para cada regla general puede darse el caso concreto que la contradiga. Pero esa es tarea a posteriori del juez, no tarea a priori del legislador.

Un segundo y flagrante error lógico que se comete en las leyes sobre el aborto o la eutanasia es la falacia denunciada por Hume

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Pero de esto nos ocuparemos en otra ocasión. Baste ahora dejar consignado que hay una segunda falacia a tener en cuenta.

La formalización de la lógica es reciente. No en sentido histórico, pues hace ya muchos años que murieron Frege, Peano y Boole, sino por el desconocimiento general que hay de ella. Pero el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador, divide ya de entrada todo lo que existe en dos mundos bien distintos: el mundo de la naturaleza causal y el mundo de los valores y la libertad. Y eso revalida a Platón de una vez por todas en su concepción del ser humano. Por su cuerpo pertenece al mundo de la naturaleza causal; como un animal más. Por su espíritu está en el mundo superior de los valores y la libertad. Es un ser dividido. Ansía la unidad que aún no tiene.

El hombre es un espíritu que tiene delante el arco de los valores que deben ser, con la gloriosa misión de cumplirlos y la triste capacidad de violarlos. En eso consiste la libertad positiva. Los valores señalan al espíritu los fines a alcanzar. Y el primer medio que el espíritu tiene a disposición para realizar los valores-fines es un cuerpo vivo, y posiblemente sano.

El desajuste entre cuerpo y espíritu no es tan drástico como lo pintó Platón. Nuestras manos y nuestras cuerdas vocales nos obedecen con una rapidez y una eficacia maravillosas. Aunque nuestro aparato digestivo hace su función sin contar con nuestra voluntad. En todo caso el ajuste no es perfecto y puede desequilibrarse patológicamente. Y la unidad se va consiguiendo en la medida en que se realizan valores.

Merlau-Ponty decía yo soy mi cuerpo. Pero primer operador lógico, el afirmador-negador, implica poseer la doble facultad de conocer la pareja gramatical verdad-falsedad, y la capacidad de optar por una u otra. Como Kant demostró de una vez por todas en la Tercera Antinomia de su Crítica de la Razón Pura, por encima de todos los impulsos causales que me empujen desde mi cuerpo emerge mi libertad positiva, mi voluntad, mi libre albedrío o mi real gana, dicho en castizo. Aunque todos los impulsos que vienen del mundo de la naturaleza causal me empujan desde fuera en una dirección, yo, o lo que es igual mi libertad positiva, podrá escoger e imponer la dirección opuesta. Por eso, corrigiendo a Merlau-Ponty, lo correcto es yo soy mi espíritu y mi cuerpo no lo soy, lo tengo.

El hombre es ein Schöpfer im kleinen, decía Hartmann. Un creador en pequeño. Por su libertad positiva crea el bien y el mal de sus acciones en el mismo sentido en que decimos que Dios creó el mundo de la nada. De ahí vienen la responsabilidad moral, la imputabilidad y la culpa. Fenómenos completamente extraños al mundo de la naturaleza causal.

Así pues, el hombre se define como un espíritu que tiene frente a sí un arco de los valores y la misión de llevarlos a cabo. Está en este mundo para vivir de acuerdo a los valores. La realización de los valores es su finalidad objetiva. Y el cuerpo es el primer medio a su disposición para cumplir esa tarea axiológica. No otra fue la viejísima concepción de Platón sobre el hombre, sólo que en terminología axiológica actual.

Más aún, el espíritu tiene cedido el cuerpo para que realice valores, y nada más que para eso. No lo tiene en propiedad. No puede hacer con él lo que le que quiera o según su capricho.

El Derecho Romano consideraba la figura jurídica in iure cessio sub conditione. El propietario de un bien inmueble cedía su usufructo a alguien imponiéndole ciertas condiciones. Pero seguía reteniendo el ius proprietatis.

Esta es la condición humana. El cuerpo lo tenemos cedido para vivir los valores, nunca para violarlos. Nadie es propietario irrestricto de su cuerpo, como se oye decir a los defensores de la eutanasia. Nadie puede disponer a capricho de su propia vida. Y mientras estemos en posesión de nuestras facultades mentales, por muy menguadas que estén nuestras capacidades físicas, siempre nuestro espíritu podrá hacer el bien o el mal, vivir los valores o violarlos. Aunque físicamente no pudiéramos hacer más que una sola cosa, siempre podríamos hacerla para bien o para mal. Esta es precisamente la grandeza de la libertad positiva.

El tema de la eutanasia se refiere sobre todo a enfermos terminales en condiciones físicas muy precarias. Pues bien, entonces y de modo bien paradójico es cuando el ser humano puede elevarse a la más alta excelencia moral.

Recuerdo en los años 60 al que era Rector del Seminario de Castellón. Sufría esclerosis progresiva. Estaba permanentemente en cama y sólo podía mover los dedos de su mano derecha, en los que tenía un timbre. Pero sus facultades mentales y su voz estaban intactas. Era tal su categoría humana, que el Obispo le mantenía como Rector del Seminario, entonces boyante. Lo dirigía con toda competencia, llamando con el timbre a sus ayudantes y dándoles las órdenes oportunas. Y sobre todo daba un ejemplo admirable a los seminaristas.

Lo que más recuerdo de él es su sonrisa acogedora. No sonreía con sus labios, ya demasiado rígidos. Su sonrisa estaba en su mirada. En su intenso brillo se reflejaba su alegría y su gratitud por mi visita.

Ciertamente no todos llegan tan alto. Por eso entiendo que un juez absuelva en un caso concreto a quienes mataron por compasión a un pariente sinceramente querido. Esa conducta podrá ser disculpable a posteriori en algún caso, pero nunca justificable a priori para todos los casos. No existe, ni puede existir, el derecho a matar en tales o cuales supuestos legales. Por mucho que ese crudo y arbitrario derecho a matar en tales o cuales circunstancias se disimule con el engañoso disfraz de derecho a una muerte digna. Una ley viciada por falacias lógicas no puede otorgar derecho alguno.

En cambio, es máximamente digna y noble la muerte del que ha empleado su cuerpo hasta el final como un medio para vivir los valores-fines, los que dan sentido a la vida humana.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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