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DESDE ULTRAMAR

Aplazar los JJOO y más

jueves 26 de marzo de 2020, 19:59h

A mí me parece adecuada y muy salomónica la postergación de los JJ.OO. de Tokyo 2020. No me agrada en lo personal tal determinación, sin duda alguna, porque como aficionado me habría encantado que se hubieran verificado como estaba planeado; y resulta de paso que la cojonuda decisión asumida por el Comité Olímpico Internacional (COI), me manda al garete los cursos que de olimpismo antiguo me habría gustado impartir este verano próximo y que ya había ofrecido. Pero es lo que hay y la Magdalena no está para tafetanes.

Que la cosa va de salud pública, que es impredecible la evolución de esta peste, sí y lo admite el COI y también involucra a los fuertes intereses implicados –económicos, deportivos, también– ya que, claro, sería una inocentada suponer que los Juegos Olímpicos únicamente son deporte sin más y ya. De eso nada, monada. ¡No, señores! Los JJ.OO. son la forma pacífica de enfrentarse las naciones. Enfrentarse, al final de cuentas. Y a las tarrascadas y a lo que toque. Nada nuevo bajo el sol y no nos vamos a contar cuentos a estas alturas del coronavirus ese. Si usted prefiere edulcorarlo o lo propone aliñarlo todo lo dicho con altos valores olímpicos, lo hacemos. Faltaba más, faltaba menos.

Dudo que se mantenga el interés en tales cursos que pensaba ofrecer, por el momento, de no efectuarse esta edición como se planeó; empero, no menos cierto es que era necesaria esta demora que compromete, qué duda cabe en ello, los más variados intereses de todos los géneros, en rubros tan diversos como la hotelería, la aviación, el turismo, el deporte, la mercadotecnia y demás; tanto para los anfitriones convidantes, verdaderos hospedadores de órdago, como para los visitantes que acudieran participando agasajados, cada grupo en su palestra –atletas y turistas– pero al final la afectación por este diferimiento es real y un duro golpe propinado al ánimo de todos. No vamos a negarlo.

A Tokio parece que la sigue el mal fario. Ya vio cancelados en definitiva los Juegos de 1940, que apenas si pudo planear y finalmente renunciaron a ellos, relevándola Helsinki, que estuvo imposibilitada para efectuarlos por la Guerra de Invierno. En efecto, la decisión del actual COI es novedosa y carece de precedentes en los términos asumida, en el sentido de que al final no los ha cancelado. ¡Ni Dios lo quiera con tantas ganancias a obtener de por medio! y dilatarlos consiguiéndose que se mantenga el nombre de la justa como Tokyo 2020 –no obstante que se ha de celebrar en 2021– ya es un logro notable, después de todo. No se nos olvide que pudo ser peor: cancelación absoluta como en 1916, 1940 y 1944 por las Guerras mundiales. De manera tal que solo resta cruzar los dedos para que la pandemia los permita y que podamos disfrutarlos. Sé que los tokiotas lo asumirán con dignidad y valentía y nos depararán unos grandiosos Juegos. Se ha optado por generar los menos perjuicios.

Se nota que se han tenido que avenir muchas voluntades confrontadas. Se notan las incomodidades, los resquemores, las desilusiones y cierta aprehensión. Supongo que termina siendo algo natural. La decepción debiera ser solo momentánea. Que ya habrá tiempo de alegrarse en 2021. El comunicado anunciando una decisión conjunta del COI y del gobierno japonés, no pudo ser más aterciopelado y sedoso, blando en grado superlativo…de una tersura límpida, sin burujones, alisada, que calla más de lo que afirma y no se nos escapa, sagaces y perspicaces como somos. No es que uno sea picajoso.

Apenas el 15 de marzo pasado el premier nipón advertía que los Juegos se efectuarían en la fecha prevista. Pues va ser que no. En su discurso del martes pasado señaló que fue su país el que finalmente propuso el aplazamiento. Pues eso ya deja entrever el tironeo en la fase final, que aderezó la enorme presión para adelantar de mayo a marzo la decisión final ahora sabida urbi et orbi, pues, en efecto, las potencias deportivas habían alzado la voz al saber que por un lado, está interrumpido el ciclo olímpico a causa del coronavirus por tanta cancelación y reprogramación de competencias clasificatorias y, por el otro, eso resta competitividad deportiva a todos y más a los más de siempre, a esos que van a todas y a los que se invierten millones, que los figurones cuestan y como ya expresé, siendo los Juegos Olímpicos un escenario de rivalidad garantizada y jurada de todos contra todos, ninguna potencia deportiva quiere comprometer sus éxitos posibles ni sus trayectorias alcanzadas. Y menos por el coronavirus. Dígase sin tapujos, que no estamos aquí para ser políticamente correctos. Nosotros, no. Allá ellos. Acérqueme buena voluntad y camaradería para salpimentar todo lo escrito, si requiere que no sepa tan rudo o pierda esa apariencia de ácimo.

Tokyo 2020 empezaba a ser ya un boicot anunciado que los japoneses tampoco se merecen. Y es que ante la indecisión del COI, Canadá renunció a asistir luego de que el pasado domingo 22 hubo el último jaloneo por arrancarle al COI una declaratoria definida sobre la continuidad y realización de esa edición veraniega o la temida cancelación. Al no obtenerla, estalló Canadá anunciando al día siguiente que no acudiría a Tokyo 2020. Eso precipitó las cosas para el parte notificado el martes 24 de marzo de 2020. Pudo más la conminación mundial que otra cosa.

Se notó claramente la fuerza sobre el COI. Incómodo planteamiento era el tenerse que definir, postergándolo hasta donde fue posible, mientras países, federaciones y deportistas veían ensombrecerse el panorama. Incluso, el encendido de la antorcha olímpica en Olimpia sin el habitual público presente y su arribo a Japón, entusiasmó a millones y acabó evaneciendo un poco los nubarrones que se cernían sobre el olimpismo y el soterrado reclamo de cancelar los que prometen ser unos fabulosos Juegos con Japón derrochando anfitrionía tecnológicamente probada para sorprendernos. O eso es lo que se ha pensado hasta hoy de tales.

Sí, ni Japón requiere gentío extraño que pueda enfermar a su población ni el mundo necesita arriesgarse a movilizarse en grandes contingentes. Y la verdad, que nadie lo requiere. No sabemos cómo estará la cosa para el 24 de julio, pero es previsible. Medio planeta quizás aún enfermo y la otra mitad convaleciente, y todos requieren ponerse en forma. No hace falta arriesgar lo más por lo menos. Todos los participantes merecen la grandiosa oportunidad de lucirse, aunque es verdad que reagendar las competencias un año es el equivalente a un siglo para los competidores, deportivamente hablando. Lo sabemos. ¡Ea! lo dicho: no arriesgar lo más por lo memos. Resulta mejor aguardar a que prevalezcan mejores condiciones. Queda solo la Expo Universal de Dubái en la mira de removerla.

Eso sí, en tiempo de reclusión y cuarentena, surgen por doquier debates en torno a que si marchas como las del 8 de marzo o acontecimientos como la Champions y demás copas, copitas y copotas futboleras, en tiempos pestíferos pudieron propiciar que arreciara el contagiadero. Pueda ser. Lo que me chirria es que al afirmarse lo anterior, desde el feminismo o desde los aficionados al fut rechisten airados diciendo que lo suyo, no. Que quizás y acaso las concentraciones de otros, las aglomeraciones y las multitudes asistentes de otros, sean las causantes, que las propias ni por error. Incrédulos y poco objetivos me resultan tales colectivos. Pues no señores ¡otra vez, no! Todas pudieron contribuir, la que más y la que menos. No hay aglutinaciones buenas y masificaciones malas. Las hay y en tiempos de contingencia, es fatal. Por el bien de todos qué estupendo me resultaría que se cancelen de momento, con ánimo de postergar o en definitiva. Que la prudencia quepa en todos. Que yo tomo mi parte e invito a que usted haga lo propio. Quédese en casa. El conticinio invita a reflexionarlo. Es cuánto.

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