Risto Mejide es un animal televisivo con un magnetismo innegable. Eso lo sabemos desde el principio, cuando sus gafas de sol opacaron nuestra caja tonta y se nos mostró como un rebelde, un alma libre que había venido a salvarnos del pensamiento débil, la corrección política o algo así. Pero la televisión produce monstruos, que diría Goya.
Si uno tira de memoria, recuerda a un Risto valiente, soberbio, con verbo afilado, actitud altiva y hasta un buen uso de los silencios dramáticos. Todo ello, sin duda, producto de su dominio del marketing. Pero eso era antes de que OT se convirtiera en la guardería cursi de Los Javis and cía, y antes de que Risto se autoproclamara redentor de este oficio comatoso que es el periodismo.
Me extraña esa conversión, casi digna de estudio teológico, considerando su currículum. Risto es el hombre que comparó a una mujer con un consolador, que llamó cheposo a un artista y afirmó que se le cayó una oreja ante el desafinar de un triunfito. Aunque ese era el Risto de OT, y no el de TEM, pensará Carmen Calvo.
Sobre todas las cosas, Risto sabe dar audiencia. Quizá eso explique su metamorfosis y por qué Mediaset le perdona que de vez en cuando patine en contenido, continente y buenos modales. Mejide sabe bien cómo funciona el circo de las televisiones, donde la cordialidad y el uso de la razón no tienen predicamento. En TEM se impone la ley de la selva, y los argumentos de la derecha se ridiculizan con risas enlatadas o burlas faltonas.
Me extraña, insisto, que Risto quiera ahora arrogarse la condición de fact-checker, al más puro estilo Ana Pastor, y decirnos qué noticias son falsas, clickbait y hasta nos quiera enseñar con pedagogía humorística qué es la Verdad. Su programa es un delectare et prodesse en toda regla, aunque sea con desdén hacia ciertos colegas, una superioridad moral adquirida ex nihilo y las prescindibles aportaciones de sus cuatro/cinco pelotilleros.
El respeto es una calle de ida y vuelta. Y por eso me choca que Risto -el unidireccional- vaya de ofendidito cuando María Palmero expone sus incoherencias y le saca los colores al programa.
Se acerca Semana Santa y podríamos perdonarle que nos aleccione, que expulse a librepensadores de plató y señale a periodistas. Podríamos perdonarle todo eso, pero resulta que entre Girauta y Rahola prefirió a la última. Y eso no tiene perdón de Dios.
Dice un adagio marxista que España se acostó franquista y se despertó demócrata. Pues del mismo modo, Risto se acostó insolente y se despertó sicofante. Y ahí anda ahora, haciéndose el digno, declarando la guerra a los críticos y expulsando de plató a nuestros últimos resistentes. Que sea la Historia quien le juzgue.