www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Algo bello existe siempre tras la batalla

viernes 27 de marzo de 2020, 20:13h

No pido disculpas por comenzar este artículo con dos citas, porque, por otra parte, aquí, durante estos partes de guerra del día a día, todo cristo irrumpe con lo que un presunto sabio dijo o dice o dirá:

Séneca: “Veo que me ha sucedido lo mismo que ocurre a los manuscritos pegados en sus rollos tras largo tiempo de olvido: hay que desenrollar la memoria y de vez en cuando sacudir todo lo que allí se ha almacenado.”

Antoine de Saint-Exupéry: “No somos sino peregrinos que, yendo por caminos distintos, trabajosamente se dirigen al encuentro de los unos con los otros.”

Dada ya mi cultura, ahora voy a lo mío, que es de lo que se trata, vaya vos a saber:

Ayer murió una abuelita vecina mía de aquí de mi barrio. Hoy han muerto no sé cuántas personas en este internacionalismo por esas cosas que algunos continúan vilmente machacando y machacándonos cual loros de feria cuyos nombres son demasiados para nombrarlos. Y es que sucede que la gente, el personal, los opinadores, los comentadores, los pedagogos de los ahogos, continúan sacando tajada no sé si intelectual, profesional, política, aunque fijo que ideológica con la excusa de esta pandemia que es Pan y demos, esto es, masculinidad de sexo barato y pueblo que no es tal, únicamente el decir por decir.

Mi primera pregunta es: ¿cuántos rollos de papel higiénico necesitamos para abordar esta psicosis que algunos tratan de generar por el mero hecho de servir y hacer cumplir esa emoción que parece salir de la niña de tus ojos que es el miedo? ¿Y a cuántos voceros más debemos seguir escuchando para trasladar ese miedo a esa otra más pánica emoción que es el pánico? ¿Cuántos días más hemos de dejar pasar, por complacencia ególatra, para que se abre de una vez por todas abierta esa puerta que es el Hades, Averno o la más absoluta de las necedades intrínsecas al ser humano, mejor dicho, al humano que no es ser?

De forma alucinada presenciamos, como un anuncio de publicidad, este constante bombardeo de noticieros, vídeos absurdos, chistecillos que ni Gila se hubiese atrevido, tertulianos a sueldo, en definitiva, este nuevo NO-DO al que nos enfrentamos cada día.

Yo quiero presentar aquí mi propio decreto ley como ciudadano absurdo o desinformado. Mi documento lo presento ante este mundo aterido y cansado con lo único que sé hacer, esto es, dar aquí mis metáforas con quizá algo de presente y manuscrito envuelto en los rollos olvidados, tal y como Séneca predijo.

Intuyo que, tras esta batalla que algunos quieren alargar más de lo que es necesaria, por esas cosas de los diferentes escuadrones de la economía, demasiadas personas ya se han dado cuenta de la trampa que nos han tendido para atrapar mascotas a precio de oro.

El fin del virus -todavía nos resta saber cómo se ha producido este “virus chino”, según Donald Trump y otros que son como él o peores- nos está mostrando lo mejor de toda mujer, hombre, niña, niño, gato, millones de sanitarios, más millones de estos peregrinos que acuden minuto a minuto al encuentro de los unos con los otros y un teniente de la Guardia Civil que es mi primo. Come Toguether Now, cantaba Lennon. Éste es el himno cívico y humanístico que está despertando como el dinosaurio de Monterroso pero no quedándose allí, sino yendo ya a la busca de los otros caminos. ¿A qué caminos me refiero? A los que ya vemos que se están ampliando cual extensos cielos en flor y plenos no de hojarasca, sino de palabras bellas y tiernas y juntas y educadas y solidarias y…

Algo bello se asomará a nuestras ventanas cuando salgamos a las calles de todas las ciudades y pueblos y razas para reconstruir este nuevo paradigma que ya se ha colado en nuestro presente dispuesto a organizar de manera convulsa y sin vuelta atrás el porvenir que está ahí, tan al lado, tan dentro de nosotras, sonando como letras de canciones esparcidas por todas las edades que han quintuplicado su sabiduría de tiempo contra el tiempo que fue y que ya no será.

Sabíamos que, escondida y sin salir por las televisiones, había demasiada gente trabajando por detrás de la política, frente al abuso y violación de estas élites que están más atentas a la campanilla de Wall Street que al cuidado del planeta, de tantísima muchedumbre en su mansedumbre de pobreza y acoso. Sabíamos que éramos muchos -yo no me incluyo, pues sólo me dedico a juntar palabras seguramente incómodas o desérticas, espinacas mías para este Popeye de mi escritura-. Lo sabíamos. Pero ha sido necesaria esta tercera guerra mundial del economicismo neoliberal para detenernos y pensar con serenidad y sin adiestramientos múltiples.

Algo bello, sí, aunque duro y triste, vendrá a encender este nuevo cambio de sistema que ya está inserto en este huerto que es en la que esta humanidad amanece como raíz de flor de loto. Hemos aprendido a ser más grandes que los grandes. Cierro con un poema que mío no es:

“Un economista no sabe qué hacer con un arco iris.

No entiende el aleteo de una abeja,

por qué trinan escandalosamente las gaviotas,

qué guarda una camada en su madriguera.

(…)

Un economista no escucha la memoria

ni atiende al compás de los latidos.

No sabe buscar tanteando en silencio la belleza

en toda palpitación dichosamente tendida

a la luz, al viento, a la alegría.

Un economista aún busca con vehemencia

con qué moneda comprar la vida”.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(1)

+
0 comentarios