La mejor poesía es una creación personal y personificada reveladora de misterios. Hay en ella pequeños malentendidos con la realidad. Los poemas de Jacob Iglesias hablan de que lo que tenemos es lo que hemos perdido. Su concepción de la poesía es “la gloria de ser grande no siendo nada”, a la manera pessoana. Jorge M. Molinero, en la nota de la contraportada, nos advierte de que en sus poemas “habita la resignación del que no espera nada, regada por una melancolía más etérea y difícil de encasillar que la tristeza que late en sus versos. El gris mancha su poesía, jamás se acerca al entusiasmo exacerbado de su generación o a las ganas de drama gratuito”. Que Jacob Iglesias continúa siendo el poeta que admiramos en Las piedras del río parece un hecho, siguen presentes los mismos cumpleaños , las mismas facturas. es un poeta de evolución lenta, pero con mirada y expresión.
Jacob acierta cuando habla de los que le ayudaron a crecer y que ahora recuerda mirando hacia el jardín neblinoso y verde. En algunas páginas hay voluntarias maravillas. El poema “Nuestro tiempo” dice así: “Aunque jamás lo hayamos meditado / pudo haber una vida sin nosotros. / Tú en otros brazos, yo en otra mirada, / o solos por la calle y sin buscarnos (…). De las miles de vidas que pudimos / haber sido, logramos el prodigio / de desayunar juntos los domingos”. Lo variado de la antología Epopeya sin héroe (Poesía al Albur) hace que pueda leerse como otro libro más. El autor escribe triste, en su cuarto tranquilo, donde parece que haya estado siempre. Trae muchas voces, el hambre de decirse en muchas vidas. Habla de días sin consuelo que son como la oscuridad de las cuevas; de mirar la nieve amenísima; de aspirar a una paz que sea más productiva que nosotros mismos. Se siente como sueño disfrutando como un loco; en sus apuntes nos trae la luz cálida de septiembre, la voz de unos autores que nunca se cerraron como una trampilla. Uno de los poemas se titula “De interior” cuyos versos resultan premonitorios: “La luz amable de septiembre atraviesa / la habitación. Duermen en la pantalla negra / las imágenes que suplen la ausencia / de acontecimientos. / En los anaqueles, / las palabras que nunca me han decepcionado”.
El peor Jacob Iglesias es el que cae con frecuencia en el ternurismo y en el tópico. Es el caso de “Agradecimientos”: “Quisiera expresar mi gratitud / a la hoja que cae dócilmente al arroyo y se aleja en silencio. / A los domingos, con sus mañanas de perezoso entusiasmo / y sus tardes propensas al aburrimiento. / Al resplandor cotidiano de la amistad”. El mejor Jacob Iglesias: el que nos habla de los tumultos que nos hacen estar vivos, de los muertos nunca sepultados por segunda vez, porque serán quienes nosotros queramos. Es un poeta que no gusta de la rima fácil. Su última aportación, Cuaderno de desvelos, es muy breve , no llega a veinte poemas, pero en él caben, en privilegio de penumbra, todos los tonos posibles.
Jacob Iglesias, el que mira trémulamente hacia la vida, remueve cenizas en estos textos, algunos extensos, otros meras inscripciones. Ejemplo de lo primero encontramos “Extrañas formas de vida”, un poema en dos partes cargado de buenos sentimientos. El título hace mención a un fado de Amália Rodrigues: “Estranha forma de vida”. En él no le vuelve la espalda a la realidad, mientras habla del padre de una forma ciertamente admirable: “Eres de sombra y silencio, padre / como los árboles (…) Y yo, / guardándote como un mastín viejo / que dormita tras la valla oxidada de tu ausencia. / Antes ladraba enfurecido a los que se acercaban, / tensaba la cadena hasta que ardía el cuello / y no paraba de ladrar mientras se alejaban. / Pero, ¿de qué defiendo tu abandono? / ¿Y cómo se protege una pérdida, / que es solo hueco sin silueta? / Escucho indiferente pasos en la sombra. / Una mano rellena mi plato de comida, / y en ella me parece olfatear tu nombre”.
La literatura que acampa en Epopeya sin héroe no nos es desconocida, forma parte de nuestra vida, habla de la decadencia, del poder y la imposibilidad de conseguir la felicidad humana. En “Tarde en blanco” remite a pensar en banalidades, las ilusiones ya no son lo que eran y no saltan de una cosa a otra como una cabra: “Ninguna importancia tiene / lo que era tan importante. / Lees libros olvidados / y piensas banalidades”.
Preguntas, respuestas, miedos, días iguales, raros instantes, la certeza de la muerte que empobrece las posesiones de valor material, y también regresos: “A veces visitan a quienes fuimos su hogar. / Nadie sabe por qué carreteras desandan su olvido, / qué pasillos tienen que recorrer / hasta conseguir asomarse por una rendija del sueño, / la fiebre o / el desvelo”.
Un poeta que sintiendo frío hasta en los huesos, nos ofrece el alarido brusco de la lluvia chapoteando en el universo iluminado.