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AL PASO

Cervantes, una vez más

martes 31 de marzo de 2020, 20:17h

Una de las muestras más desasosegantes de nuestra actual situación es la falta de referentes, quiero decir, de guías que nos permitan saber qué es lo que debemos hacer. Hay en el momento presente muy pocas voces respetables, a las que concedamos crédito, de las que podamos oir una palabra imparcial, que no esté teñida de contaminación ideológica y que consideremos desinteresada y neutra. En primer lugar aparece un problema de conocimiento. Sin duda es muy difícil encontrar alguien que sea capaz de dar cuenta de la complejidad de nuestras sociedades con múltiples resortes y dependiendo de tantos factores, económicos, tecnológicos… Es entonces muy fácil equivocarse, pues se corre el riesgo de pronunciarse sin haber tenido en cuenta todos los aspectos de la situación que sencillamente no se dominaban. El caso es que siempre tenemos la sensación de que solo hay explicaciones a posteriori, que los acontecimientos se presentan inopinadamente, como por sorpresa, sin que nadie los anunciase y nos pudiese preparar. ¿Quién pudo anticiparse a la caída de la Unión Soviética?¿Y al abandono del Reino Unido de la Unión Europea? ¿Cómo ha podido ocurrir que nadie previese que la propagación del coronavirus fuese imparable, y nos acabaría afectando de lleno como ha ocurrido?

Pero la falta de referencias no solo se explica en cuanto problema de información, de manera que es difícil encontrar a alguien que pueda saber de verdad qué nos pasa, sino como problema moral, pues desconfiamos de la probidad, o la honestidad, de quien se atreve a dar explicaciones de lo que sucede. No nos fiamos de nadie: solo encontramos versiones interesadas de lo que ocurre. Hay una crisis de credibilidad indudable, quizás resultado de la polarización del debate público, en el que es muy difícil ocupar posiciones de centralidad, o asumir que debe haber puntos no discutibles o referencias compartibles o neutras. Esto es hasta cierto punto inevitable, pues el lugar en la arena pública solo está asegurado para las posiciones extremas, o los puntos de vista más llamativos. Pero el resultado es el desprestigio de los intervinientes en el debate, pues a nadie se le concede la neutralidad o desinterés y cualquier toma de posición aparece contaminada ideológicamente, con una parcialidad inevitable.

¿Qué hacer entonces? Podemos intentar recomponer una explicación a través de la acumulación de perspectivas o puntos de vista, ninguno de los cuales es plenamente satisfactorio, pero que contribuyen a completar una visión de conjunto sincrética o total. Esta solución fragmentaria es bastante desilusionante, pues no satisface nuestras apetencias de seguridad y requiere de nosotros una actitud proactiva, especialmente difícil en las situaciones de crisis. El caso es que no disponemos de una solución infalible y completa, un modelo de conducta, propuesto por alguien a quien respetamos por sus conocimientos o comportamiento.

Quedan otras dos posibilidades. George Orwell mantuvo a lo largo de su vida como norte orientador de su ética, una lealtad completa al hombre común, al trabajador, “al hombre que hace cosas”, cuyas condiciones de vida exploró en varios de sus libros. No son los políticos, ni los intelectuales, los que entienden realmente lo que pasa sino “la gente como nosotros”, “grass and roots”, que somos los que sabemos en qué clase de mundo vivimos. Su experiencia en la guerra de España le previno frente a los partidos, de los que nada puede esperarse, aunque se sentía de izquierda, comprometido en un sentido amplio con el socialismo, que, si se le despoja de la estupidez correspondiente, dice, “significa justicia y libertad”.

O nos quedan los clásicos, a los que es claro que hacemos decir lo que necesitamos que nos digan, a los que, por tanto, tendemos a hacer preguntas capciosas o sugestivas, pero que, con todo, son un pozo de sabiduría que no se acaba y que fluye permanentemente. Oigo hablar, una vez más, a don Emilio Lledó de Cervantes. Lledó se acuerda de su primer maestro de escuela, Don Francisco, de Vicálvaro, que como el mío que también se llamaba don Francisco, un burgalés hidalgo y de derechas, les reunía en círculo, para leer el Quijote. Cuando terminaban de hacerlo, don Francisco les pedía a los niños que le contasen las sugerencias que el texto les había provocado. A mí el Quijote me ha hecho sugerencias de variado tipo, haciendo brotar reflexiones que es cierto provienen de mí, pero que no son genuinamente mías, sino que, en realidad, proceden o son provocadas por la lectura del Quijote. No voy a repetir al lector que he visto en este libro la descripción del estado de naturaleza, “situación miserable y enfadosa", que figura cincuenta años antes en la obra española que en Hobbes. Ahora don Emilio Lledó recuerda el pasaje del Quijote en el que Cervantes cuenta la vuelta de Ricote, el morisco expulsado, y su reencuentro con Sancho, y que le da ocasión a referirse a la libertad de conciencia como libertad espiritual para comportarse sin la que no existirían las demás. Lo que dice Cervantes es que Ricote, tras pasar, luego de su expulsión, por Francia e Italia, se fijó en Alemania . “Pues allí me pareció que se podía vivir con más libertad, pues sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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