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TRIBUNA

Globalización vírica

jueves 02 de abril de 2020, 20:12h

Hacer de tripas corazón, decimos en español. Ésa es mi actitud cuando declaro alguna esperanza en que esta clausura permita hallar, donde nadie lo esperaba, un fondo de realidad, un núcleo intacto de vida humana, elemental, antropológica. Cuando declaro alguna fe en una posible restauración de la dañada vida en común, cuyo último asiento es la unidad de parentesco, el elemento de esas estructuras antiguas como la historia que han definido el vínculo esencial entre los hombres presentes y pasados: las formas de parentesco. Un resto vencido por el orden económico ultraliberal, moderno, eso que con ominosa voz – por cierto, ausente en las páginas de Marx – se ha llamado: capitalismo. Un orden que, como bien sabía el filósofo, tiende a eliminar “de las relaciones de explotación todos los residuos patriarcales, políticos o también religiosos del pasado”.

La nación ha sido el último fantasma exangüe que se quisiera alimentado por un parentesco que ha de admitir fingido, irreal, mitológico. Españoles: hijos de Túbal, hijo de Jafet, hermano de Mesec, nieto de Noé. Por otra parte, el esfuerzo por trascender los vínculos de parentesco pasó por llevar al límite la idea de una filiación universal según la cual los hijos del mismo Dios son hermanos en Cristo. Pero tanto el particularismo nacionalista, como el universalismo cristiano, han perdido la batalla frente a un universalismo abstracto, pero sonoro como todo lo hueco: el universalismo globalizador de los derechos humanos. Esa globalización neoliberal e ilustrada, que convierte a los más de siete mil millones y medio de habitantes del planeta en unidades suficientes, pretendidamente sustanciales y autónomas, dotadas de un modo universal distributivo de unos mismos derechos humanos.

Y, como era de esperar, esa masa atomizada de individuos sustantes requiere para su totalización de una gobernanza global, embrión de un Estado mundial con sus agencias económicas en marcha: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial… Pronto han aparecido las voces que exigen un poder ejecutivo global ante la crisis vírica. La más señalada sea acaso la de Gordon Brown, grave portavoz del nuevo orden mundial, que exige un frente global ante la crisis económica que se nos viene encima. Tratarán de sujetar a las naciones menos inclinadas a conceder su soberanía. Es que todavía – y siempre – su rostro universal abstracto esconde gestos particulares: la voz del género humano no ha dejado de hablar inglés y, tras su máscara sin carácter, resuenan timbres particulares. Esa gobernanza universal es el costado político de un nuevo orden que exige, en su costado antropológico, la disolución de los últimos fragmentos de comunidad y, muy especialmente, del viejo orden neolítico del parentesco en cualquiera de sus figuras. La formación de la gran sociedad de individuos disociados – reunidos únicamente por contrato – exige gobierno total e individuos homogéneos y autónomos. Unidades de cálculo, elementos intercambiables, factores económicos, estricta contrafigura de la entidad sagrada de la persona.

Este orden ultramoderno hace de tripas capital y del corazón simples emociones fuera de quicio, hace de los seres humanos unidades de consumo y fuerza de trabajo cuya desolación se manifiesta en una emotividad desatada y sin edificar. Su labor no parece que vaya a encontrar obstáculo, sino un conveniente acicate, en este gerontocidio planetario que no dejará de llevarse por delante también muchas vidas jóvenes.

Disfrutemos del aire bruñido por la lluvia lustral de estos días y luminoso por la caída de los índices de dióxido de nitrógeno. Sigamos haciendo de tripas corazón. No desesperemos, porque siempre es posible encontrar la realidad intangible tras las pantallas envilecidas que se afanan, hoy más que nunca, en sus maniobras de distracción. Corrijamos la dirección de la mirada, orientémonos al mundo, alejémonos de las sombras impostadas del televisor o las redes sociales. Encontraremos cerca de nosotros otras vidas reales y acaso viejos, muy viejos, que saben que el final del mundo ya ha tenido lugar varias veces, pese a lo cual el mundo se ha prolongado sin advertir su inconsecuencia; alentando nuevamente alguna esperanza.

A través de los mayores y hacia los más jóvenes, reanudemos contra viento y marea el ritmo elemental de la vida humana real. Saldremos vivos de la estrategia de distracción que nos quiere soberbios señores de nuestra propia sustantividad, porque la unidad de parentesco – lo que llamamos la familia – es la matriz última de la fortaleza en sus modos que son la firmeza y la generosidad.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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