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TRIBUNA

La posguerra se combatirá con esa vastedad que es la educación

jueves 02 de abril de 2020, 20:17h

Ayer vi un documental sobre el gran Emilio Lledó. Catedrático en muchas cosas, ante todo, en su forma de enseñar, de hablarle a sus alumnos, de conocer, después de haber tenido como maestros en Heildelberg y otras Alemanias a grandes figuras del pensamiento, como Hans-Georg Gadamer, Karl Löwith u Otto Regenbogen, entre muchos más.

Eran tiempos de aquella posguerra española, la cual le mostró a aquel adolescente, que nació en el barrio de Triana, ese rostro de autopsia de un franquismo que hoy -ay que es que no funciona todavía el sulfato- algunas y algunos por automóvil político, burlesco, deshistoriado y peste negra interés tienen en reinventarse las bielas, el motor de azacán, la avutarda que ni siquiera es capaz de aproximarse a sus sobaquerías. Prosigo:

Emocionado acabé tras la tisana de Lledó. Salí al balcón por llorar, excusa cierta para echarme un cigarrillo. ¿A qué viene este introito? Aquí viene mi cédula no de opinador, sino de cristalizador de este lenguaje castellano que tanto nos da sin que ciertos boicoteadores usarlo siquiera sepan. Yo el primero, vaya usted a saber.

Esta guerra a la que asistimos como hocicudos atendiendo a cada noticiero de estas televisiones que ya son el oxímoron del crimen social y cívico recordándonos las mismas estupideces que incluso circunvalan la etimología de la misma palabra “estupidez”, nos está poniendo cachas y fornidos a la ciudadanía global gracias a esta gimnasia diaria la cual nos ayuda a verdear algo más, muchísimo más diríamos, de sensatez y buen rollete. Esta gran mayoría es la ciudadanía en su vergel de aldea internacional.

Este engrandecimiento del ser como humano o del humano como ser sólo podrá reconstruirse si, cuando la posguerra económica nos solicite la devolución de los favores concedidos -favor que filológicamente ordena esta enfermedad internacional del Gran Capital-, intuyo que debería edificarse gracias a este venablo infalible que es la educación, el conocimiento, el libre pensamiento y, ante todo, el regreso a aquellas lecturas que la antigüedad griega tanta importancia le dio. Pero ¿qué nos importa que nos importe?

Digamos que la importancia de la cultura, pero no como producto o mercancía, sino como oráculo por donde adivinar nuestras flamantes necesidades humanísticas, compartibles, rayos de luminarias que esclaten de voz en voz, de una a uno, de ti a otro, de todos a todas y así hasta que la paideia, en griego, “educación”, retorne a aquello en lo que Emilio Lledó tanto empeño puso en ello.

Educar no es el Air Four One de la memorística, ni tampoco de la burocratización a la que asistimos, ni mucho menos esta idea perversa que ya sabemos que eslogan procesa. Es fácil de imaginar: la nueva cruz gamada como subtítulo de aquella serie de mi infancia titulada “La casa de la pradera”: los niños con los niños y las niñas a la costura.

Mujeres que en casa estáis, imagino que ya sabéis quiénes están alentando este vergajo como modelo con el que seguir produciendo cual prodigio esta romería que es la competitividad del mercado, el antifeminismo, la hombrada de continuar tiñendo de poder al Gran Poder.

El pensamiento, ceremoniado como roca o cantil, debería, en esta ya segunda década del XXI, robustecer esta amplitud de civilizaciones que hoy se insiste en desmoronar. Educación nombra esta fortuna que rima con riqueza y bienestar, un mundo por de dentro y tantísimos largos etcéteras. Que cada una y uno ponga el que en bien le venga en gana.

Sin educarse hacia dentro sería muy difícil que abordemos lo que nos viene de frente con toda esa Armada Vencible que ya está tejiendo la nueva caja de Pandora por asustarnos o por procurar medrarnos o embaucarnos con cantos androides cual sirenas roncas, broncas, cascajos y vaya usted a saber.

Finalizo por reducir este homenaje a tantísima gente que continúa creyendo como creyó Emilio Lledó deberían sillarse estas modernidades que ya están aquí, esperándonos con los brazos abiertos.

La rebelión pacífica será sima alcanzable si apostamos sin aspavientos - siempre con caudales públicos, obliterando de este modo a este monstruo con cabezón adornado con cornamenta en oro, agua privada e incendio de nuestro ecosistema- por tanto talento y tanta generosidad que nos une, que sabemos que nos junta más que nos separa y que, finalmente, es creadora de esta vecina vastedad que fuimos, somos y seremos.

Yo sigo, en estos insomnios míos, leyendo Lisístrata, de Aristófanes. Por eso estoy en huelga de sexo.

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