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TRIBUNA

Miedo al olvido

Juan José Vijuesca
jueves 02 de abril de 2020, 20:27h

Después de tantos días de recogimiento se hace importante no caer en los olvidos. En estos momentos no por sabido ha de ser menos considerada la realidad de lo que nos está sucediendo; aun así somos millones de personas los que aguardamos en la zona de confort –en tiempos de guerra, estar en la retaguardia- , esperando, como digo, el parte diario de fallecidos y contagiados. Todos somos integrantes de un ejército enfrentados a un feroz enemigo que ataca sin ningún miramiento, sin compasión, jugando con la ventaja de ser invisible, entrando y saliendo de nuestras vidas como un hijo de Satanás. Todo lo que haya por detrás del COD-19, así como su finalidad, nadie logrará saberlo salvo los presuntos creadores de este maléfico virus, sin embargo, esto nos muestra el camino que debemos seguir de ahora en adelante.

Para quienes sobrevivan o sobrevivamos a este “ensayo” va a ser la única oportunidad que tendremos para salvar nuestro trasero. De nosotros va a depender poner los medios necesarios si somos capaces de comprender que este aviso no es solo un accidente, una casualidad, un capítulo más de nuestra historia; sencillamente, quizás sea la última oportunidad que se nos conceda para entender que la responsabilidad es de todos y cada uno de nosotros. El ser humano en su estado puro no nace solo para vivir y morir como algo ocasional, entre medias de ambos extremos existe la honra individual.

Y entonces llegamos a la auténtica razón del ser como especie humana, la honra, esa tan escasa como codiciada virtud que atesoran quienes están dando la cara y su propia vida por salvar la nuestra. Los que agarran la mano a los que mueren en el vacío de la impotencia. Los que exponen su dolor al servicio del nuestro. Los que luchan cuerpo a cuerpo sin medios contra la propia honra de la vocación e incluso de su pasión. Los que enferman y mueren dando vida al que aún la tiene. Los que abandonan a su familia cambiándose por la nuestra para abrazar la soledad ajena. Por eso nuestro confinamiento va más allá de la obediencia debida, más allá de los merecidos aplausos, también se trata de recuperar la honra perdida y fortalecerla para no olvidarnos cuando salgamos de todo esto.

El Gobierno ya sabía del potencial riesgo del coronavirus desde finales de enero y de ello se desprenden las declaraciones de don Pedro Duque en rueda de prensa al reconocer que desde entonces los investigadores españoles empezaron a trabajar de forma intensa en cuanto se conoció esta enfermedad: “Ya el 2 de febrero tuvimos una reunión con los profesores Enjuanes y García Sastre, este último trabaja en Nueva York, para asegurar que tengan las máximas facilidades, así como todos los medios necesarios” A partir de ahí fueron retrasos que permitieron que durante casi mes y medio el virus campeara a sus anchas por el país. Y ante tanta quiebra humana nadie con responsabilidad directa ha salido a pedir perdón.

Desde el respeto que cada uno merecemos, lo primero y más importante en estos difíciles y cruentos momentos, es la salud. Luego, desde la calma, llegará la caída del toque de queda. Después premiar a los bien nacidos. A continuación, sin crueldad ni violencia y ante los tribunales de justicia, aplicar el castigo hacia los desleales, hacia los mentirosos, hacia los inmorales y hacia los irresponsables. Acto seguido volver a redimirnos ante la pandemia económica en ciernes. Sin descuidarnos, el deber para proteger a los más necesitados será esencial. Reprobar a cuantos malversan la verdad de palabra u obra haciendo uso del sectarismo y la manipulación partidista. Exigir a la clase política en general, y al decir en general me refiero a todos y todas, la donación de sus salarios para contribuir como acto de voluntariado. Eliminar todas las regalías que con cargo al dinero del contribuyente se beneficia a antiguos cargos públicos, anteriores presidentes y demás miembros o miembras (con perdón) que jerarquizan puestos en organismos de predominante gestión pública. Que arrimen el hombro y también su bolsillo los miles de asesores, enchufados y paniaguados que declinan su anonimato bajo los pingües salarios y tratos de favor. Eliminar las subvenciones a los sindicatos y que éstos se autogestionen a través de las cuotas de sus afiliados.

Siendo justos me pregunto si otros en su lugar lo harían mejor, me da igual quien o quienes; pero ante lo indemostrable me quedo con las ganas de saber cuándo llegan los aviones de China cargados de tantos miles y millones de unidades de material sanitario; y si han llegado ¿en qué lugar se encuentra almacenado? Mientras tanto las UCI se desbordan, mientras tanto los sanitarios, todos ellos, libran la peor de las batallas, mueren, enferman y han de elegir qué paciente vive y quién muere en la indigencia más absoluta. Perdonen por la ironía, pero es como morir por encima de las posibilidades mientras otros esquivan el deceso al ser considerados menores de edad por encontrarse bajo el umbral de los 65 años. Es el sorteo de la muerte, porque alguien –siempre alguien- prescinde invertir en los seres humanos. Ni en el peor de los escenarios de la memoria histórica mundial.

La inacción, la falta de previsión, la ausencia de proporcionalidad para dotar a toda la sanidad en general, a los miembros del Cuerpo y Seguridad del Estado, al Ejército, y a cuantos servidores de lo público se han visto desarmados, no cabe otra que agradecerles, aplaudirles y pedirles perdón por la incapacidad de los responsables. Yo me quedo en casa y escribo.

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