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TRIBUNAL

Zoroastro habla de nuevo

martes 07 de abril de 2020, 21:30h

No soy yo Zoroastro. Sólo un hombre que cree que lo divino debe consultarse siempre desde lo humano, tal y como lo celebró la antigua civilización griega en la mayoría de sus pensadores.

Ante este catastrofismo que algunos y algunas continúan dale que dale que lo que yo diga en las televisiones vale por un vale a cobrar a la salida del plató, urge el amartelamiento de las palabras humanísticas de un personaje en ficción -digamos- al que daremos por nombre Zoroastro.

Sería responsable atender a la siguiente reflexión: el hombre que no lleva dentro de sí al ser, esto es, al ser humano, ni siquiera se sigue dando cuenta que el homo habilis fue y sigue siendo más societario y más hábil que él. A este hombre que amenaza, filtra su poder omnímodo por bien de su clan, Zoroastro lo llama homo penis -es decir, que gasta la pilila lela igual que su pensar-. Ante estos tiempos convulsos que muchos sabemos que pasarán y que seremos mejores que antes, el homo penis o pilila de maximus capitalistus se empeña en sembrar el caos como arma en defensa suya y de su genealogía castrada.

Zoroastro, pues, le indica estas preguntitas que son muy simples, nada filosóficas ni salidas de una novela de Elvira Sastre, premio Biblioteca Breve que concede la editorial Seix Barral. (Elvira para muchos -menos para Benjamín Prado y su club del haschischins- es una mezcla de Paulo Coehlo y Pipi Calzaslargas). Éstas son las cuestiones: “¿Qué es amor?” ¿”Qué es creación?” “¿Qué es deseo?” “¿Qué es estrella?”

Cabe la posibilidad que alguna lectora sepa responder. Por ejemplo, diría que creímos inventar la felicidad, pero lo único que surgió fue el abandono de las comarcas donde la vida era dura, porque el homo penis, pues, qué le vamos a hacer, cuando ideó esa estupidez que es la letra pequeña de la Globalización Económica, en verdad lo que sucedió fue que hizo falta una conectividad entre un nuevo mundo digitalizado en donde cada cinco años culebrara una guerra, el sonido desafinado de las campanillas de las Bolsas mundializadas, ese espionaje incluso más intenso que antes de la caída del Muro de Berlín y largos etcéteras que muchas y muchos sabéis. Zoroastro no quiere redundarse en lo que ya es el tocomocho de esta leyenda del Nuevo Evangelio de las Torres Gemelas.

Las palabras paganas del astro nuevo dicen: hemos abierto ya nuestra libertad. Se necesita que la gente esté más viva que nunca. No queremos muertos como un nuevo acto de la especulación. A lo que sigue procurando responder a las preguntas anteriormente lanzadas como el quiriquiquí del gallo/a:

Amamos a los que cosechan nuevas formas de entender este mundo que ya va cambiando. Creemos en los que crean y hacen y se enfrentan y no tienen miedo y arriesgan sus vidas por la simple vida de una ballena varada en el río Manzanares. Deseamos continuar alzando nuestros cánticos ante los que nada tienen, ante los que se han quedado fuera del Sistema viralmente orquestado por el homo penis. Estrellamos nuestra estrella dentro de tantas civilizaciones antiguas y sabias, que están ahí, viviendo como tribus en la África profunda, como el homo habilis, bendiciendo con tantos arcoíris a los entristecidos por culpa de la violencia tanto física como económica como ética, a los solitarios cuya soledad no es elegida, sino forjada cual gueto para que no impidan la solidez de los imperios que trafican o rebañan con sus algoritmos tantísimos cadáveres.

Zoroastro, finalmente, ya cansado y dispuesto a regresar a la montaña, escribe lo siguiente en un pergamino ajado y roto haciendo de uso de un lenguaje ilegible:

El sueño y la invención de un dios me pareció ser el mundo. Algo semejante a nubes tóxicas delante de un zorro insatisfecho. Bien y mal, alegría y horror, tú y yo. Todo era para mí la esencia de lo que fue, es y será. Pero todavía hay demasiada gente, gente en demasía, que despeja con sus manos todos estos desiertos que han caído contra el hombre y la mujer ante sus ansías de alcanzar una felicidad pequeña, simple, normal y segura. Vivamos arrojando únicamente briznas de hierba sobre la calavera ética de estos hombres alucinados, cenizas son de este aquí y ahora que es ahora y todos con todas y tú contigo y nadie contra nadie.

Y, lo siento, pero ya me he cansado de escribir este artículo o lo que esto sea, y voy a seguir leyendo la novela de Elvira Sastre Días sin ti. O, mejor, sus poemas. Cómo me gustan estos versillos:

Hay mujeres

Que son pájaros sin alas en un cielo lleno

de recuerdos.

Me voy al balcón a fumar mejor. Sigo con mi huelga de sexo.

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