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AL AIRE LIBRE

VIERNES SANTO

viernes 10 de abril de 2020, 10:35h
El azote del coronavirus mantiene al pueblo español en arresto domiciliario, pero no ha conseguido borrar...

El azote del coronavirus mantiene al pueblo español en arresto domiciliario, pero no ha conseguido borrar la realidad de que estamos en Semana Santa y la inmensa mayoría de los ciudadanos vive estas fechas con un sentimiento religioso indeclinable.

De toda la pasión de Cristo, el pasaje más moderno, el que posee más fuerza actual es el del huerto de Getsemaní. Una buena parte de la más interesante literatura actual, de la más profunda filosofía de hoy, está planteada sobre los problemas y las dudas de la angustia intelectual del Cristo hombre ante la muerte. La pregunta atormentada que se hacía siempre Unamuno era esta: “¿Por qué vivimos?”. Y Simone Weil, “la mujer devorada por su propia inteligencia”, llegó a escribir que “el gran crimen de Dios contra nosotros consiste en habernos creado, en que existamos”. La expiación redentora de Cristo para devolver al hombre a su Creador apenas ha sido comprendida.

Una buena parte de todos estos escritores que quieren zafarse de Dios solo lo han conseguido a medias. En una obra importante de Gilson, El espíritu de la filosofía medieval, se lee: “Es un hecho curioso y muy digno de notarse el de que si nuestros contemporáneos ya no apelan a la Ciudad de Dios y al Evangelio, como Leibniz hizo sin titubear, ello no se debe a la postre a que hayan escapado a su influencia. Muchos de nuestros contemporáneos viven de acuerdo con lo que determinaron olvidar”.

La vuelta a Dios como solución del más allá, porque el nihilismo no convence a la larga a nadie, podría abrir nuevos canales que den paso a las energías reprimidas de tantos intelectuales. Hay que salir del Huerto de los Olivos y recibir la caricia del traidor camino del Calvario. Eso se comprende muy bien en Getsemaní. Al anochecer, el sol resbala sobre Jerusalén y las piedras de la ciudad parecen bronces viejos. La luz se hace entonces tímida sobre el huerto de Getsemaní, como si no se atreviera a besar el verde olivo dorado.