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Ensayo

Antonio Elorza: El círculo de la yihad global

domingo 12 de abril de 2020, 20:28h
Antonio Elorza: El círculo de la yihad global

Alianza. Madrid, 2020. 456 páginas. 24 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

El profesor Antonio Elorza en El círculo de la yihad global. De los orígenes al Estado Islámico nos explica de dónde proceden las raíces de ese terrorismo islámico que desde hace varios años viene sacudiendo reiteradamente tanto a los países musulmanes (enemigo cercano) como a los occidentales (enemigo lejano). Al respecto, el 11-S, a pesar de su carácter mediático y de su simbolismo, solo constituiría una etapa más en la evolución del yihadismo donde el binomio formado por victimismo y desplazamiento de responsabilidad ha integrado siempre cualquier formulación doctrinal. En este sentido, el siglo XX ha dado buenos ejemplos de esta premisa, como certifica Hasan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes en Egipto, quien sostenía lo siguiente: “Creo que el secreto del atraso de los musulmanes reside en su alejamiento de la religión y que la base de la reforma debe consistir en el regreso a las enseñanzas del Islam y a sus valores […]. La doctrina de los Hermanos Musulmanes realiza ese objetivo” (p. 166).

Junto a ello, cabe añadir el recurso a la violencia para establecer el califato global, una suerte de organización supranacional a la que se aproximó el Daesh durante el periodo 2014-2017. No obstante, con anterioridad a la existencia del autoproclamado “Estado islámico” ya se percibió la proliferación de referentes que apelaron a la violencia, justificada a través de la religión, como herramienta legítima para combatir y derrotar al “infiel”. Dentro de esta última categoría podíamos encontrar a Estados Unidos, Israel, el comunismo y los gobiernos apóstatas de países musulmanes, en tanto en cuanto adoptaban categorías políticas contrarias a la soberanía indiscutible de Alá. Para Sayyid Qutb, miembro también de los Hermanos Musulmanes, “la humillación del hombre corriente bajo los sistemas comunistas y la explotación de los individuos y de las naciones debida al ansia de riqueza y al imperialismo bajo el sistema capitalista no son sino una consecuencia de la rebelión contra la autoridad de Alá y de la negación de la dignidad del hombre que Alá le otorgara” (p. 214).

Como se observa, nos hallamos ante un pensamiento dicotómico que simplifica y manipula deliberadamente la realidad, logrando con tal estratagema reclutar numerosos adeptos, a los que previamente radicaliza. En este sentido, la invasión soviética de Afganistán en 1979 o la de Irak llevada a cabo por Estados Unidos en 2003, significaron acontecimientos instrumentalizados por los defensores de la yihad para incentivar el crecimiento muyaidín y sus actuaciones. Posteriormente, la retirada de las tropas norteamericanas de Irak durante la administración Obama y la guerra civil en Siria, concedieron una ventaja estratégica que el Daesh no desaprovechó. En palabras del autor: No se intenta controlar un país, al modo de los talibanes, sino de poner en pie un Estado Islámico, germen de un poder supranacional, que batalla a batalla va imponiéndose al enemigo occidental y sus aliados. Esto explica su potencial de atracción hacia musulmanes de otros países, y singularmente de Europa” (p. 355).

Con todo ello, este terrorismo de raíz religiosa que viene proliferando en las últimas décadas responde a un pensamiento elaborado a lo largo de varios siglos y que el profesor Elorza nos explica sin caer en la equidistancia o en la condescendencia. Asimismo, en los textos de los propagandistas de la yihad destaca la importancia que otorgan a conquistar las mentes, es decir, la necesidad de ganar la batalla de las ideas como condición previa para la victoria en el terreno militar. En este sentido, el apoyo social al terrorismo islámico resulta evidente, incluso en las sociedades europeas, lo que le ha permitido perdurar en el tiempo. En palabras de Al-Zawahiri: El movimiento islámico ha ofrendado decenas de miles de encarcelados, heridos y torturados, y miles de muertos en su lucha sin descanso. Esto probó dos cosas. La primera, que sus raíces son profundas y están sólidamente arraigadas […]. Y segundo, sigue constituyendo la principal amenaza a la seguridad del gobierno” (p. 313).

Sin embargo, este terrorismo islamista también ha sido consciente de su inferioridad ante el adversario, lo cual no le ha llevado a capitular. Por el contrario, ha perseguido nuevas tácticas con las que incrementar su letalidad, por ejemplo mediante la actuación de células independientes entre sí, capaces de golpear reiteradamente en los países en los que actúan. Por tanto, nos hallamos ante un enemigo asimétrico para el que prolongar el enfrentamiento ya implica una victoria, un aspecto que Al-Zawahiri explicaba en los siguientes términos: “Nunca debemos bajar nuestros brazos por muchas que sean las pérdidas y los sacrificios sufridos por nosotros. Después de cada golpe, comencemos de nuevo, incluso si tenemos que empezar de cero” (p. 315).

En definitiva, una obra sobresaliente y de obligada lectura para quienes analizan el fenómeno del terrorismo islamista, cuyos componentes religiosos nos explica de manera precisa Antonio Elorza. Las recetas buenistas deben descartarse cuando se combate al yihadismo, entre otras razones por la debilidad que aquéllas transmiten y que tienden a esconder bajo los ropajes de una errónea autocrítica.

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