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FRACASA MEJOR

José Luis Sevillano, el asombro de la cotidianidad

lunes 13 de abril de 2020, 20:12h

Digámoslo a las claras: los libros de poesía son inocentemente internacionales, pero no todos. La disponibilidad de presos de confianza, no obstante, es siempre considerable. José Luis Sevillano es un preso de la literatura, al que solo, le rodean multitudes. Su libro La victoria en la derrota (I Premio Universidad de Oviedo) es un libro inagotable. Da igual la página que abramos, todas son una transfusión de sangre en los sueños y acaban llegándonos al corazón. Los aficionados a la poesía reconocerán en José Luis esta máxima de Anaïs Nin: “Tanto si sufro como si soy feliz, al menos puedo notar las constantes rotaciones y circunvoluciones de la tierra y la vida”.

José Luis Sevillano ha leído con provecho a los grandes poetas. En el oficio de escritor hay un tiempo para conversar y hacer preguntas a John Updike, Robert Hass, Antonio Machado, José Martí, Jorge Guillén, Christopher Marlowe, Gabriela Mistral, Antonia Pozzi, y otra, para que el interlocutor hierva hasta escribir. Esto lo lleva a rajatabla el autor asturiano que es un oyente profesional, a la manera de Raymond Chandler. Su voracidad lectora nos lleva a Coleridge al comienzo del libro: “El poeta, en su hora solitaria, / da a su mirada una energía intensa / o, más bien, la libera de accidentes / de oscuras formas y tamaños. / Entre restos de brasa bondadosa / o coronas del humo de una pipa, / su talento permite contemplar / imágenes sublimes”.

Los cuervos que callan para lanzarnos una mirada escrutadora aparecen en sus versos rebosando odio con sus picos irrespetuosos haciendo que las energías disminuyan con su presencia. El poema “Ebrio viro” lleva esta línea: “No recuerdo una noche de nostalgia / sin la presencia oscura de los cuervos. / Los cuervos, que arremeten con su pico / en las grietas del alma, se disipan / con el vano poder de la botella”; o en “La calma”: “El graznido del cuervo se ocultaba / en la frondosidad de los abetos”. También pájaros que a veces se preguntan cómo poder soportar nuestra vida con nosotros mismos: “Los negros pajarracos / llegaron al acecho / y, sorprendentemente, / se marcharon con prisa para no soportarme”. A Ángel González el alcohol se le subía a los pies. A José Luis Sevillano el humo se le sube a la cabeza, en “Glosa a un poema primerizo” termina: “No hay misterio detrás de este poema / ni claves que resuelvan su enigma. / Tan solo unas palabras pretenciosas / en la noche en que el humo me subió a la cabeza”.

Hay poetas que diseccionan los acordes de la literatura entera y los reúnen en una misma línea y poetas que son solo de una única corriente de pensamiento. José Luis Sevillano es de los primeros, para él la poesía depende del modo en que la luz caiga sobre cada verso, según lo ilumine con mayor o menor intensidad. “Todo está allí, moviéndose o inmóvil, / tal como fue en verdad, entre neblina y leve / sueño”, decía Carlos Bousoño. El plural Sevillano nos ofrece en cada una de sus páginas el reto de luchar por no escabullirnos a pesar de que la muerte sea nuestra principal preocupación del momento: “Antes de convertirte / en llanto de epitafio, / busca la fortaleza / que resista el ataque / del último gusano”. La victoria en la derrota, obra de gran empeño es una meditación acerca de aquellos fantasmas que somos completamente incapaces de controlar. Hay necesidad de registrar el fluir de la conciencia por medio de palabras, en un gesto de supremo goce; “Cortina de humo” se titula otro de sus poemas: “En la noche que evoco a mis fantasmas / me preparo una pipa y me acomodo / en una mecedora. Paladeo / entre las bocanadas y vaivenes / el humo del tabaco de Latakia, / sus intensos sabores orientales / que invocan la palabra del poeta”. Esos fantasmas que parten con las bocanadas de humo ya no regresan cuando el escritor está en el refugio cálido de otro cuerpo que le hace volver a creer en la magia: “Pienso en la picardía de tus ojos, / y dos sombras se abrazan un instante”.

El aroma cargado de recuerdos, unos labios que penetran en nuestros propios sentimientos, la luna tomándonos delicadamente de la mano y llevándonos a la historia reaparecen en varios de los poemas. No sobran en este volumen los llenos de un minimalismo conceptual que nos hace entender que todo poeta bueno aspira a tener ciertas cualidades: prudencia, disciplina, control y previsión. Es fácil entrar por este libro de alguien que ha leído, sin fluctuar indeciso como el viento, a Omar Jayam y a José Cereijo, a Alfred Edward Housman y a Konstantino Kavafis, a Juan Luis Panero y a Victoriano Crémer. Un poema antológico es “Última voluntad”, en que el autor vive gobernado por los libros, protegido por su riqueza: “Quiero que me incineren con mis libros. / Sustituid la arena del reloj / por mis cenizas”. El tono más emocionante del libro se encuentra en los versos construidos con la mejor madera y el mármol más fino del tiempo. Es escritura de madurez.

La poesía de José Luis Sevillano –humano y sincero, personal y cotidiano, local y universal– crea un espacio en el que la gente sabe que está cantando y contando, reuniendo nuevas fuerzas para seguir viviendo. Es el suyo un libro exigente para no pasar frío y asombrarnos ante la maravilla del mundo llegando al “oasis de calma censurada, / que te aguarda si sigues / la doble línea amarilla”.

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