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AL PASO

Hannah Arendt en la crisis

martes 14 de abril de 2020, 20:48h

No se entiende por qué entre nosotros en la grave situación en que nos encontramos es difícil o imposible remontar la desconfianza entre las fuerzas políticas y acordar unas bases de afrontamiento común de la pandemia y sus consecuencias, y muchos nos preguntamos la razón de que se cuestione la legitimidad del Gobierno para liderar ese pacto y dirigir efectivamente, con la base de un acuerdo nacional, la lucha de todos unidos frente al coronavirus y sus efectos. Es necesario ese pacto, se llame como se llame y se acepte o no la pertinencia de la referencia al precedente de los acuerdos de la Moncloa. En la actividad política, pensaba Hannah Arendt- en quien he reparado, leyendo a Fernando Vallespín- hay momentos ordinarios de gestión en los que la práctica política (gerere) puede seguir una lógica partidista, aunque sea naturalmente en los límites constitucionales. Hay en cambio otra actividad política, que es la desempeñada en la fundación (o agere) en donde el propósito constituyente exige un acuerdo o actuación concertada entre las fuerzas políticas que comparten el mismo animus. En los momentos graves, es importante que las fuerzas políticas recuperen el espíritu del tiempo de la fundación, y revivan la voluntad concorde de los comienzos. Esta evocación de los tiempos primeros de los padres fundadores tiene una significación integradora y un potencial político enorme. La comunidad política no es solo un sistema de poderes sino una idea política conforme a la cual se establece la organización estatal. La legitimación del sistema demanda el mantenimiento del orden político, pero también la lealtad a los propósitos, por decirlo así, de la fundación, esto es, a la idea de la política que la presidió.

Sería importante que se aceptara esta idea diferente de los tiempos políticos y que se asumiese que estamos en una situación en la que los patrones de conducta no pueden ser los ordinarios, en los que el objetivo de la política es la consecución o el mantenimiento del poder, cuando es lícito el espíritu de facción, y los partidos , como decía Hamilton en el Federalista, pueden “incurrir en la estridencia de sus peroraciones y la acritud de sus invectivas”. Debemos de pasar a otro escenario (tiempos de concordia que diría Oscar Alzaga) en donde se recupere el valor del dialogo, vale decir la moderación, y el propósito integrador de la gran política. Lo primero para alcanzar ese acuerdo, que mirando al futuro puede llamarse de reconstrucción nacional, es evidente, debe ser el querer conseguirlo. En la voluntad de concordar radica la pertinencia de la referencia al ejemplo de los acuerdos de la Moncloa, de los que la situación actual difiere notablemente como es obvio en aspectos esenciales, comenzando naturalmente por la misma experiencia de los protagonistas y su equipaje mental o espiritual. La consecución del acuerdo depende doblemente, activamente, de requisitos técnicos y, obstativamente, de peligros que es vital evitar. Es aconsejable comenzar a trabajar por los aspectos, preferentemente, económicos o institucionales en los que la concordancia está asegurada(José Luis Leal). Y es capital vetar la entrada en la negociación de participantes halcones, no pragmáticos o inmoderados, que los hay, a chorros, en todos los partidos. No va a ayudar en el trabajo en la negociación la existencia de un espacio público en el que la virulencia de las posiciones es extrema, dominado como está por el insulto y la descalificación, antes que por la argumentación y el respeto del discrepante.

Desde mi punto de vista es incuestionable que el liderazgo de ese pacto corresponde al Presidente del Gobierno, pues es el quien constitucionalmente dirige la acción del gobierno, que es el órgano encargado de fijar la política del Estado. Como es obvio esa actuación directiva ha de hacerse en los límites y con las formas constitucionales exigidos. Y como se ha advertido sagazmente(Manuel Aragón) esos cauces no son solo jurídicos sino simbólicos, pues el Estado es antes que nada un ámbito de integración compartido y en el mismo la garantía de su unidad y permanencia corresponde al Rey. Naturalmente esa función de liderazgo se facilita si existe la convicción compartida de su necesidad, lo cual no debería de ser difícil de conseguir, como ha ocurrido en el Reino Unido, donde el recientemente designado líder laborista Keir Starmer se ha puesto incondicionalmente a disposición del primer ministro Boris Johnson o en Portugal donde el Presidente y el Jefe del Gobierno actúan de consuno, o en Francia o Italia, donde la pandemia ha supuesto el cese inmediato de hostilidades entre el Gobierno y la oposición. No hay evidentemente oportunidad para la descalificación moral del Presidente, del que se puede discrepar, pero a quien no cabe tratar casi como enemigo, privándole del respeto institucional que merece, por la sencilla razón de que en democracia solo hay adversarios con los que, más allá de la lógica disputa ideológica, se comparten valores y principios.

El acuerdo constitucional que se requiere debe construirse proyectivamente, dejando atrás cuestiones que es mejor olvidar. ¿Qué razones tiene el PP para descalificar, por ejemplo, la competencia técnica del Gobierno en el manejo de la crisis cuando todo el mundo sabe que, hasta el decreto declarando el Estado de alarma, todas las competencias sobre sanidad correspondían a los gobiernos regionales, por tanto señaladamente al de la Comunidad de Madrid, y de los que dependían, junto a las atribuciones municipales, en su caso, las residencias de mayores? De otro lado mucho ayudaría al acuerdo que el Gobierno reconociese su conducta imprudente con ocasión de la convocatoria de la manifestación del 8 de marzo o su descuido en relación con el cierre tardío de nuestras comunicaciones externas. Las manifestaciones de las portavoces parlamentarias tanto del PSOE como del PP no ayudan ciertamente a la consecución de un clima que favorezca los acuerdos de Estado.

Si bien se mira, con todo, las exigencias para el restablecimiento del diálogo quizás no sean tan grandes. Restañar las heridas de la guerra civil en la Transición o liquidar al terrorismo fueron logros que mostraron lo que, si nos ponemos a ello en serio, somos capaces de hacer en tiempos por lo menos tan recios como los actuales.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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