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TRIBUNA

¿Se viene otra cultura?

lunes 20 de abril de 2020, 20:23h

¿Es el destino ese lugar al que nos dirigimos y ya está determinado? ¿Es una forma del futuro que algún día será presente y ya está establecido (sobre todo para las persona de fe, que lo asumen señalando alguna fuerza sobrenatural que lo rige)? ¿O nuestro paso por la vida consiste en esperar resignadamente que llegue? Por otro lado, ¿construimos el destino cada uno de nosotros? Sin duda, hay pocas cosas en este mundo tan volubles e inciertas como el destino. Para la mayoría es el poder sobrenatural que de una manera inevitable e ineludible guía la vida humana y la de cualquier ser a un fin no escogido; esto es, de forma necesaria y fatal, opuesta a la del libre albedrío o libertad.

Las definiciones son tan abrumadoras como desconcertantes. Para algunos, el destino es algo que se construye a sí mismo y puede ser bueno o malo; por lo que las acciones y la dirección que tomamos van a marcar uno u otro rumbo. De tal manera, el destino puede ser una intención piadosa elevada al más allá: “¡Dios nos ayudará y todo saldrá bien!”), o una expresión de deseo maligna e irreversible (“¡Maldito canalla, el destino hará que te pudras!”). Es probable que haya destinos para todos los gustos y apetencias.

Al referirse al destino, el poeta Jorge Luis Borges lo hacía, como era su prodigioso hábito literario, de un modo incierto relacionado con el azar o las misteriosas leyes que ignoramos, fijado hermosamente en un poema que le dedicara a la patria, y, sin duda, vale la pena reproducir los primeros endecasílabos; sobre todo en un momento en que todo parece macabro y escasea la belleza:

El claro azar, o las secretas leyes

que rigen este sueño, mi destino

quieren, oh necesaria y dulce patria

que no sin gloria y sin oprobio abarcas

ciento cincuenta laboriosos años

que yo, la gota, hable contigo, el río,

que yo el instante, hable contigo, el tiempo,

y que el íntimo diálogo recurra,

como es de uso, a los ritos y a la sombra

que aman los dioses y al pudor del verso…

Es frecuente escuchar que el destino está escrito. También -quizá para la mayoría-, existe la idea de que somos nosotros los autores de nuestro propio destino. Es tan así que, de un modo existencial, cuando emerge el destino los objetivos se nublan, y entonces recomiendan los positivistas: “Si no encuentras tu camino, háztelo por propia voluntad”; aunque no siempre es fácil avanzar en la vida armado solamente de voluntad, pero con esfuerzo y actitud, tal vez es posible (Arthur Schopenhauer mediante). Tan es así que de un modo categórico, otros profetizan: “Tu destino debes buscarlo, no te viene solo; no podemos esperar a que las cosas ocurran, hay que salir a buscarlas”.

Pero el destino suele ser también ese algo colectivo que nos incumbe a todos, como nacer a la vida imprevistamente o la muerte, y hasta nos abarca sin miramientos. Verbigracia los eventos naturales como esta pandemia ecuménica que se abate sobre la humanidad sin darnos tregua. Aquí, de este lado del Océano, en la Argentina, algunos la comparan con la absurda Guerra de Malvinas donde hubo una sensación de unidad y fervor nacional, casi religioso, que canceló todas las angustias y el condicionante régimen totalitario que, de buenas a primeras, mutó con intenciones de ser patriota y de unidad nacional. Hasta que la realidad lo deshizo como “un teatro sobre el viento armado”, para referirnos con un verso gongorino.

En otra dirección tampoco escasea el humor negro, que se difunde en las redes como un componente aliviador que va de lo paradójico a lo dramático con total desparpajo. Estamos permanentemente recibiendo bromas frente a los números de muertos, al tiempo que jugamos con grotescas estadísticas a ver quién gana en cuento a lo que les tocó de manera dolorosa sumarse a los más. Un horror bajo todo punto de vista. Pero, claro, se trata de un estado de excepción moral y sociológica, que de una u otra manera nos vincula a los unos con los otros en la desgracia, o ante destino común y planetario del que no zafa nadie por más empeño que le ponga. Resignados, miramos hacia dentro, cumpliendo en la medida de lo posible con lo que se nos impone sin dejar de preguntarnos qué vamos a hacer cuando volvamos a la vida normal y cotidiana de aquellos “tiempos viejos y compadres”, como recalca un famoso tango que cantaba Carlos Gardel; porque no hay dudas, que el asunto es para largo, más dilatado de lo que cualquier mente pensante pueda imaginar.

Ahora bien. ¿Fue esto una enseñanza para todos, sin distinción de razas o ideologías políticas, o los avivados de siempre seguirán sacando ventajas de los indefensos cobran altísimas tasas de interés o especulando con los preciosos y fundamentales alimentos? ¿Qué pasa con los despiadados grupos financieros que viven apretando a las mayorías y tienen concentradas las fabulosas riquezas? ¿Estaremos moralmente reformados o vamos a recaer en las macabras picardías de siempre?

El papa Francisco y el filántropo Bill Gate le acaban de dar un formidable cachetazo al mundo político y económico. El primero hace un potente llamado a pensar en este momento en los más pobres, al recordar que “la misericordia no abandona a quien se queda atrás; sobre todo ahora, mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, que se insinúa justamente en este peligroso presente. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí”. El otro es un llamado de atención al insólito (por usar un eufemismo galante) presidente norteamericano que hace el ciudadano Gate. “Señor, usted ha dicho al mundo que retirará el 15 por ciento del aporte que hace el gobierno de los Estados Unidos a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Le pido que no mienta, pues ese porcentaje no lo pone ni usted ni su gobierno, sino mi fundación y otras generosas fundaciones de nuestro país. De manera que le pido que retire lo dicho, que es una grosera mentira destinada a sumarle votos en la próxima elección”.

En fin, egoísmos, falsedades de todo tipo y falta absoluta de escrúpulos en boca de los que mandan y un mundo ciego que camina tanteando sin ninguna certeza. Dirigentes que imponen usar barbijos, cuando otros dicen que no sirve para nada usarlo; pero estamos obligados a usarlos. Autoridades que imponen no salir de casa, pero si lo necesitas sí puedes salir de tu casa y si tienes que salir hazlo, porque es probable que no pase nada. No concurrir a los hospitales, a menos que sea imperioso ir; por supuesto, si hay una emergencia y no queda más remedio. La comida en los supermercados no faltará, pero hay demasiadas cosas que faltan si vas al final del día; sin embargo, la recomendación es no ir por la mañana. El virus no afecta a los niños, pero leemos que en Madrid ingresan muchos niños contagiados, aunque más son las personas mayores; también las que mueren. El virus proviene del murciélago; pero también lo pudo haber diseminado un diabólico laboratorio para favorecer a China en la lucha comercial con los Estados Unidos.

Divagaciones puras, energúmenas conjeturas sin certeza alguna. Se parte de una idea vaga y se sigue hasta llegar a seleccionar personas con evidentes privilegios en detrimento de las otras. Uno puede pensar que las grandes crisis arrojan enseñanzas y ellas pueden permitir desarrollar nuevas conductas. Cierto. Pero sería interesante que nos diéramos cuenta que algunas transiciones, que no son tan difíciles, nos puedan ayudar; me refiero a una economía en términos más humanitarios, a una salud más abierta y abarcativa, mejor dirigida y de mayor solidaridad.

Leo que se está analizando si los estados nacionales saldrán favorecidos con actitudes más altruistas y menos tacañas del poder económico, y se imaginan –de aquí en más- espacios positivos. Eso significa un desplazamiento de la política competitiva a la distributiva. ¡Ojalá suceda y un destino común más justo y alentador se disemine generosamente por el planeta! ¡Ojalá, de una vez por todas, esto nos sirva de enseñanza! ¡Qué así sea!

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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