www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ORIENT EXPRESS

El COVID y el poder de la mentira

lunes 20 de abril de 2020, 20:24h

La historia de la propaganda registra episodios muy interesantes. A finales de 1972, cuenta Durandin, “un aparato de Aeroflot procedente de Leningrado se hundió en un terreno pantanoso cercano a Moscú y murieron las ciento setenta y seis personas que se hallaban a bordo. Sin embargo, la noticia sólo mereció un suelto de 42 palabras en la última página del Pravda”. En sociedades donde se combinan la censura, la propaganda, el adoctrinamiento y la violencia, este tipo de ocultaciones no sólo son frecuentes, son imprescindibles para que el propio sistema se mantenga.

Durandin cuenta otra historia a continuación de la anterior: “al año siguiente, durante la feria de Bourget y ante las cámaras de televisión, el avión supersónico soviético explotó en pleno vuelo, noticia publicada en primera plana en los diarios de todo el mundo. Pero en Pravda sólo alcanzó a 27 palabras en la parte inferior de la última página”. Nuestro autor añade una explicación: “los dirigentes de la información soviética estiman que los ciudadanos necesitan conocer las buenas noticias, y sólo hablan de las malas cuando el acontecimiento ha dado ocasión a un acto de heroísmo que permitió vencer un peligro. Por lo demás, condenan la tendencia de la prensa capitalista al sensacionalismo”. A pesar de que Durandin publicó el libro del que extraigo estas citas allá por el año 82 -en España se tituló “La mentira en la propaganda política y en la publicidad” y lo editó Paidós- parece que hubiese conocido el tiempo que hoy nos toca vivir.

La difusión de mensajes tranquilizadores por parte del Gobierno durante los meses de febrero y marzo llevó a millones de ciudadanos a seguir saliendo a la calle desprotegidos y a frecuentar lugares públicos, asistir a manifestaciones y otros eventos masivos. A fin de cuentas, una información que llega de fuentes oficiales goza, en las sociedades democráticas, de una credibilidad que le da el sometimiento a controles jurídicos políticos y mediáticos. A diferencia de lo que sucede en las dictaduras y las tiranías, los sistemas democráticos se fortalecen gracias a la transparencia, la rendición de cuentas por parte de los responsables públicos, el sometimiento a controles y límites y, en general, el sistema de garantías y sumisión a normas que damos en llamar Estado de Derecho y democracia. Uno piensa que, si el Gobierno miente, la oposición, los periodistas, los jueces, los fiscales o algún otro de los controladores del poder terminará desenmascarando la mentira.

Quizás fue este el primer error en España: confiar demasiado en lo que decía el Gobierno amparándose en los “expertos” y soslayar las noticias que llegaban de Italia y de otros países que advertían de los efectos devastadores de lo que entonces aún no se consideraba epidemia. Dejemos de lado, por ahora, la información que según el Gobierno facilitaba la Organización Mundial de la Salud, que en España goza de una “auctoritas” que no tiene en otros sitios. El prestigio de las organizaciones dependientes de Naciones Unidas lleva a que la opinión pública crea, en principio, todo lo que emana de ellas. En este caso, hubo muchas preguntas que no se hicieron empezando por la trayectoria de su presidente, el político etíope Tedros Adhanom, militante del partido socialista marxista Frente de Liberación Popular de Tigray. Confío en que, a raíz de esta crisis mundial, comenzaremos a preguntarnos más cosas sobre cómo se nombran los altos cargos en los organismos de Naciones Unidas, qué países los promocionan y patrocinan, etc. En general, me temo que estos temas no reciben en el debate público la atención que merecen.

A medida que han ido pasando las semanas, esa confianza en la información que llega de las fuentes gubernamentales es cada vez más problemática. No hay certeza ni sobre el número de fallecidos por el coronavirus, ni sobre cuántas personas se han contagiado. Salvo el confinamiento, que es una medida de choque efectiva a corto plazo, pero insuficiente, no se han realizado tests masivos, no se han distribuido de forma generalizada y suficiente guantes y mascarillas -esos mismos que, según se decía en marzo sólo necesitaban las personas ya contagiadas- ni se han previsto planes para la reactivación de la vida económica.

La influencia de la izquierda populista en el Gobierno ha sido creciente. Ha habido contradicciones y descoordinaciones entre los ministros. El de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, afirmó que se había enterado por los medios de comunicación de que había convocada una rueda de prensa para informar sobre el Ingreso Mínimo Vital junto al vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. La izquierda populista -en realidad, comunistas, como reconoció el propio vicepresidente segundo- ha aprovechado la ocasión para poner en marcha medidas tomadas de las políticas bolivarianas inspiradas por el Foro de São Paulo. El modelo de esta parte del Gobierno, que es la que parece prevalecer, es la Argentina de Cristina Fernández de Kirchner. Irene Montero, ministra de Igualdad, ha declarado que “el feminismo es la solución al coronavirus”.

Mientras escribo estas líneas, en España se han superado ya los veinte mil muertos reconocidos oficialmente -de nuevo, preguntémonos, ¿cuántos son en verdad?- y se ignora el número de contagios reales que se han producido porque el número de pruebas que se ha hecho es insuficiente. Muchas de las personas que acuden a los centros de salud y los hospitales reciben un diagnóstico de “posible COVID”, pero no se les hacen test. El caso de la ministra Irene Montero, que ya lleva tres, es poco frecuente. De hecho, es el único caso que conozco.

Hay muchas preguntas que formularse y muchos debates que abrir. Algunos periodistas y medios que podían haber cuestionado y sometido a escrutinio lo que hacía el Gobierno -esa es la labor de la prensa libre en una democracia- se limitaron a repetir, sin el menor sentido crítico, mensajes y consignas que recibían de fuentes oficiales. So pretexto de que “no se podía saber” a veces uno piensa que algunos que podían averiguar qué sucedía prefirieron no hacerlo. Esto no es una causa general contra el periodismo ni, mucho menos, contra los periodistas. Insisto en que las fuentes públicas gozan de una credibilidad en las democracias que pudo inducir a error.

Por otra parte, no todos han hecho lo mismo. Ha habido medios y profesionales que han cuestionado la información que difundía el Gobierno. Algunos periodistas han pagado un precio elevadísimo por ser críticos. Se han lanzado contra ellos campañas en redes sociales. Se los ha tratado de desprestigiar. A veces, los recursos que nuestro Derecho brinda -acciones civiles y, en algunos casos, penales- tienen limitaciones en el tiempo de las redes sociales y Google. Las falsedades quedarán almacenadas, reproducidas y serán accesibles para muchos. Los desmentidos no siempre tendrán el mismo impacto que las mentiras; quizás nunca lo tengan. Ya conocen el dicho: difama, que algo queda. A otros periodistas y colaboradores en medios les han cancelado las colaboraciones por haber sido críticos con el gobierno. La precarización del periodismo, la vulnerabilidad de muchos de sus profesionales y la debilidad de las empresas periodísticas están en el trasfondo de muchos de los problemas que hoy padece España. El control del relato a través de “verificadores” – todo periodista debería “verificar” sin que una instancia ajena venga a imponer una narración- se ha visto reforzado por la pretendida persecución penal de “bulos” y “delitos de odio”. El Derecho, ¡ay!, también sufre el retorcimiento de sus categorías durante esta crisis.

Hoy, por desgracia, es casi imposible distinguir en España la verdad de la mentira en lo que se refiere a las fuentes oficiales, es decir, aquellas que deberían gozar de mayor credibilidad. Desde el CIS hasta la selección de los términos en algunos informativos públicos -noten el eufemismo “muerto con coronavirus” como si el virus no fuese la causa, sino sólo una circunstancia- todo se ha empleado para fortalecer un “relato” cuyo final nadie ve. Los pronósticos económicos son preocupantes y esa preocupación sólo se agrava por la improvisación, la irresponsabilidad y la incompetencia de quienes compraron mascarillas defectuosas, fallaron tanto en la prevención como en el acopio de medios para afrontar la pandemia y han encontrado, como única medida, confinar a millones de ciudadanos en sus hogares a costa de los empleos, el hundimiento de la actividad económica y el empobrecimiento.

Históricamente, los comunistas han aprovechado las crisis para hacerse con el poder. Desde el golpe de mano bolchevique aprovechando las derrotas del Imperio ruso en la Gran Guerra hasta los sucesivos movimientos revolucionarios en la Europa de Entreguerras, los comunistas se sirven del hambre, la pobreza y la desesperación para sus propios fines. Cuanto peor va todo, más cerca están de su objetivo. No han cambiado mucho las cosas. Las políticas de las izquierdas populistas inspiradas por el Foro de São Paulo sólo han dejado miseria allí donde se han aplicado. Todas ellas se han servido de la mentira, la censura, el adoctrinamiento y la violencia. Creo que no es necesario recordar el doloroso ejemplo de Venezuela.

Ojalá en España sepamos estar alerta.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (15)    No(2)

+

2 comentarios