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ESCRITO AL RASO

La vida después del virus

David Felipe Arranz
lunes 20 de abril de 2020, 20:25h

Somos los rehenes de los poderes: unos dicen que del Ejecutivo, otros que del creador de Windows, algunos ecologistas afirman que de una Natura que se ha vengado y los (cada vez) más aseguran que de una guerra mundial que se ha servido de un “supervirus” para instituir un nuevo orden mundial. El caso es que somos tontos o nos lo hacemos, porque aquí, en España, nadie razona como un ciudadano normal. Los medios anglosajones investigan y se nos antojan las crónicas de The New York Post, The Washington Post, The Times o Daily Mail como fantasmas de cuando aquí se hacía periodismo. El idiota periodístico es perfecto en su especie: le es eficaz al poderoso, en una palabra.

Lo espantoso de este estado de alarma, precisamente, es que no somos capaces de escapar del principio de incertidumbre, con perdón de Werner Heisenberg, que es el principio de nuestra idiocia colectiva. Pero cuando un país, siquiera a nivel mediático, no honra a sus más de dos decenas de miles de muertos, es que algo no marcha bien. Cualquier muerto colma el límite de paciencia de sus familiares y aquí se aguanta lo que sea sin saber ni quién, ni cómo, ni cuándo, ni dónde, ni por qué. Los nuevos españoles hemos descubierto el erotismo de la obediencia, se supone que por una pandemia. Y uno elige suponer que es por el bien de todos, y que en verano llegará el advenimiento de un mundo inaugural y del futuro, enterrados ya los padres y abuelos. Incluso una sociedad nueva, porque la anterior, la que está con los estertores de la muerte, ya no valía (nos dicen los amos del poder).

Sin entrar en los detalles que todos conocemos de sobra, la falta de reflejos es el único “pecado” que se paga con la muerte, la ruina y la destrucción. De manera que, naturalmente, lo estamos pagando y lo que te rondaré morena. En Letonia hay cinco difuntos por coronavirus, en Eslovaquia doce, en Albania veintiséis, en Lituania treinta y cinco y en Estonia cuarenta. Los rehenes, ya digo, somos nosotros, el tercer país del mundo en número de muertos, detrás de Estados Unidos e Italia. Con lo cual, nos hemos metido en una “panmortandad” (por culpa o gracia de quién, se preguntan los españoles… o no), de manera que la libertad puede ser la muerte en medio de la calle, con un monstruo mutante comiéndole a uno los pulmones porque ha bajado a comprar el periódico o chocolate con trazas de naranja. El precio de la libertad es la pandemia, la multa y la factividad del confinamiento, presente, latente, permanente… De modo que también en las democracias modernas las epidemias vuelven a plantearnos los viejos esquemas de la organización social, Rousseau contra Hobbes –en versión española, la derechona contra los rojos y viceversa, que es lo nuestro–. Háganse preguntas con respecto a sus dirigentes, ahora más que nunca: no asuman nada que no hayan comprendido bien ni admitido como razonable ni justo. Y con las enfermedades repentinas, lo mismo. El fetichismo del poder del que hacen gala algunos entra directamente en el apartado de lo que hoy llamaríamos perversiones sexuales, pero de consecuencias catastróficas. Porque es una perversión dentro de la perversión: una metaperversión.

Este virus es metáfora actuante de un estado de cosas, además de alarma. El monstruo domina y se enseñorea de todo y de todos, con garras de enfermedad inédita y una letalidad tan vieja como sus familiares. El español, sí, rehén de los poderes, del bestialismo evolucionado del contagio mortal, y no hay que escandalizarse de que estemos así. Su repertorio, tras el ataque viral de urgencia de mediados de marzo, aún no ha desplegado todas sus variantes destructivas, que irán presentándose a medida que avancen los días, los meses, los años… Dentro del mundo de los poderosos, esto suele ser poca cosa, amén de un espectáculo. Porque el albañil sigue colgado del andamio, en el abril lluvioso y distópico, a lo Blade Runner, para llevar el jornal (y los virus) a casa. Del pánico a la lluvia ácida hemos pasado al terror al microorganismo: se autoinvita para parasitarte, a lo Don Siegel con Kevin McCarthy y los ladrones de cuerpos, y ya se puede dar uno por jodido.

Por la televisión salen siempre unos señores muy serios desde hace mes y medio diciendo que todo está a punto de finalizar: qué duda cabe, visto el destrozo económico que se avecina. Son unos politicazos de fuste, dignos de dirigir un país… bajo la cretona propagandística. Su exceso de osadía suple con descaro la carencia de lo inmediato: un mínimo control al Gobierno. Encerrados y comprometidos con la causa, el monstruo escapadizo y volátil se enseñorea y hasta palpita en el fondo de los miedos humanos, con su ambigüedad arcaica y nueva a la vez, su origen oriental, furioso y cargado de apocalipsis.

Todo coronavirus, para la sensibilidad estética de nuestros días, no es sino la metáfora terrorífica de una decadencia. Sus cuernos son su signo infernal. Al mismo tiempo, por tantas veces anunciado por unos y por otros, desde el Pentágono al John Hopkins Institute, no podemos decir que no se nos avisó. El hombre será coronavirus para el hombre, mientras la industria farmacéutica “inventa” un remedio, como los magos y alquimistas en la Edad Media. Se toma uno la dosis y ya se verá. Y en este caldo de cultivo óptimo para el desarrollo de tales quimeras es donde se forja el final de una era. El coronavirus es al español lo que los reales decretos al ciudadano, que es ya dócil y pastueño. Que de eso se trataba. Igual después, si nos dejan, en otoño, podemos ir a alguna fiesta o a un teatro, de vez en cuando. Ya si eso.

Twitter: @dfarranz

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