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FRACASA MEJOR

Nick Cave y el coronavirus

lunes 20 de abril de 2020, 20:28h

Llevar un diario es en buena parte igual que boxear. El presente es no perder el equilibrio y tener la velocidad de reflejos necesaria para escribir más temprano que de costumbre en el confinamiento temporal. Entre las cuatro paredes de casa corremos el riesgo de volvernos unas personas débiles, sin agallas ni ambición. El futuro es el corazón de una concha de mar, niños jugando al lado de un estanque, con miradas suaves, redondas y sorprendidas. Tuvimos que aplazar recitales un tanto difuminados, dibujados con carbón, como un dibujo hecho por un niño. Fuera del espejismo de la ventana, me aburro porque es la que mira al este-nordeste, por encima de tristes árboles, y por eso leo a Nick Cave La canción de la bolsa para el mareo, que nunca aburre: “Un niño trepa a un montículo a la orilla de un río. Se mete en un puente de ferrocarril. Tiene doce años. Se arrodilla, bajo un sol abrasador, y pega la oreja a la vía. La vía no vibra. No se acerca ningún tren desde la curva que hay al otro lado del río”.

Ahora no somos más que niños que salen a balcones de delgadas barandillas a mirar y a aplaudir, anhelando el placer y la libertad a las ocho de la tarde. Hay rostros de descubrimientos y fracasos, de errores y triunfos, otros parecidos a Emily Dickinson y Lord Geoffrey Chaucer; otros con aire de compañeros de piso, de los que comparten bocadillo de pollo, fresco, jugoso. El aplauso común de los niños que somos busca protección y seguridad. Queremos resolver el acertijo cumpliendo con la tarea que se nos ha encomendado. El diario es el regreso a un mundo más pequeño, el deseo de cruzar el primer mundo brillante que conocimos de niños, no queremos quedarnos sin él.

Sigo con Nick Cave: “El niño empieza a correr por las vías. Llega hasta el centro del puente. Va hasta el borde y mira hacia abajo, al río cenagoso. A la izquierda hay un pivote de hormigón que sostiene el puente. A la derecha, un árbol a medio talar se extiende sobre el río; sus ramas se meten en el agua oscura. En medio hay un pequeño espacio de unos ciento veinte centímetros de ancho. Le han dicho que es posible tirarse a ese lugar, pero él no está seguro, pues nunca ha visto a nadie hacerlo”. El diario es testarudez, no estar demasiado seguro de haber quedado libre de toda sospecha. Se escribe tratando de encontrar datos desconocidos y se escribe para compartir las desgracias y las dichas. El papel siempre está como en la película de Truffaut en el punto de ebullición. Como decía Chéjov: “Debería haber un hombre con un martillo detrás de la puerta de cada persona feliz, para recordarle con sus martillazos constantes que hay personas desgraciadas y que, por feliz que pueda ser, antes o después la vida, le enseñará los dientes”. Esa es la función de la literatura en tiempos de confinamiento y de incertidumbre.

Hay niños preocupados por el sufrimiento o enfermedad de un pariente, los hay que nunca paralizan la imaginación y otros que acentúan cierta elegante gimnasia. Muchos músicos y compañeros poetas especulan con su regreso mientras contemplan el reloj de pulsera con un fruncimiento que arruga la cara y hace parecer de más edad y de menor tamaño. Los eventos de masas están suspendidos, incluyendo los colegios y universidades. Este año toca ver películas en DVD, Netflix, pasarse las tardes en el cuarto de trabajo esforzándose por presentar al mundo la verdadera cara. Tener el piso perfectamente limpio. Los niños intentamos sobrevivir a la locura aislados de personas humanas. Una de las ventajas de un cuaderno es estar atento a los sonidos que penetran en nuestro cerebro atontado del haec olim meminisse iuvabit.

Cioran sabía en Breviario de los vencidos que hay que amar, tener compasión, esperar, realizarse. Una escala de la monotonía para quien no quiere ser un animal bajo el cielo ni un pordiosero en el estéril horizonte de un cualquiera absoluto. El interior del que escribe no quiere cartas iracundas y el diario le obliga a trabajar. Somos esclavos y sirvientes de nuestras experiencias. Puedo escribir porque sé distinguir la luz de la ventana de cristal, la escalera dominada por mis sentimientos, la música que sube hasta mí, todo parece como un castillo erigido contra la melancolía cuando nos hacen daño o nos ven llorando.

La vida bien vivida es sostener grandes duelos contra la destrucción. Nick Cave: hipersensible, vulnerable, se lanza a la edición. Colchón en el suelo, bohemia, un libro sobre la manera especial de viajar cuando se podía viajar. Sabe lograr ser él mismo, nos habla de las visitas de artistas que van a sus ojos a buscar compañía. Su indiscreción o rebeldía. Su insolencia o su impertinencia. Su ingenuidad o su imagen interna. Vivir constantemente sometido a las miradas del público. Nos apremia con una bolsa para el mareo, con los sueños de todas sus noches.

Somos niños regalando dibujos, queriendo permanecer quietos con la gripe corona, lánguidos y tranquilos. Los ojos a veces son lagos volcánicos sin ver el reflejo oportuno del sol ni el de la luna. Gracias Nick Cave, remato contigo mi artículo al que me aferro escuchando un jazz que es como una descarga eléctrica: “El niño no se da cuenta de que no es un niño en absoluto, sino más bien el recuerdo de un niño. Las piedras de debajo de sus pies comienzan a temblar. Se agacha y vuelve a pegar la oreja a la vía. La vía empieza a vibrar. El tren se acerca. Mira el agua oscura y cenagosa. El corazón le late con fuerza...”

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