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TRIBUNA

Día de la lengua, día de El Quijote

miércoles 22 de abril de 2020, 20:35h

El 23 de abril, día en el que enterraron a Cervantes en 1616, celebramos la fiesta de la lengua española y de El Quijote. Este año nuestra celebración está presidida por el crespón negro en honor de algunas personas queridas que han muerto, por el miedo al propio peligro y por la ruptura de muchos elementos del mundo en el que estábamos instalados hasta hace dos meses. Comparto mi dolor con todos cuantos habéis sufrido el desgarro de alguna muerte inesperada. El peso que nos abruma nos recuerda “que lo nuestro es pasar” (A. Machado), pero en el verso anterior al citado había recordado el poeta el principio de la conservación de la energía: “todo pasa y todo queda”.

Nuestra lengua, Cervantes y su obra maestra son la hacienda que nos queda, nuestra riqueza. Hoy nuestra lengua universal es la castellana, aunque no siempre fue así. Recuerdo con cierta ternura el texto de Ramón Muntaner, cuando en 1335 se gloría de la universalidad de la lengua catalana: “Vais a maravillaros de una cosa que os diré, aunque, si bien lo buscáis, veréis que es tal como os digo, a saber que de gentes que dependan de un solo lenguaje o idioma, de ningunas hay tantas como de catalanes; pues si queréis buscar castellanos, ya veis que la verdadera Castilla tiene poca extensión y no es gran cosa, porque Castilla tiene muchas provincias, cada una de las cuales tiene su lenguaje, y hay tanta separación entre ellas, como entre catalanes y aragoneses, cuyas lenguas son muy separadas, por más que dependen todos de un mismo señor” (Crónica, cap. 29, trad. Bofarull, p. 57). Pero la simpática observación de Muntaner en el siglo XIV perdió vigencia con la propagación del español en América y con la eclosión literaria del “siglo de oro”, una de cuyas cimas es Cervantes con El Quijote. A pesar de nuestro dolor en estos momentos, la obra maestra nos sigue produciendo alegría. Naturalmente, se impone describir algunos rasgos de la maestría de El Quijote, y el primer rasgo es su verdad humana. La obra dramatiza el problema de nuestra identidad: la encrucijada de realidad frente a paranoia, la autoestima legítima frente a los sueños utópicos, y en ese estudio de la verdad frente a la falsificación entra el misterio de realidad y lengua, autenticidad y apariencia, realidad y cultura.

En el nivel más directamente artístico, El Quijote funde tres elementos, y la lucha del autor por combinarlos de la mejor manera. Los elementos son: primero, la historia de Don Quijote y Sancho, personajes más pasivos que activos, puesto que salen al campo y las aventuras les vienen de fuera. En este sentido El Quijote no realiza el concepto moderno de argumento con decisiones tomadas por los protagonistas. Segundo, los “episodios”, así llamados por Cervantes, o sea, historias de otros personajes dentro de la obra: la de Marcela y Grisóstomo, y la de Cardenio, Luscinda, Don Fernando y Dorotea. En la narración de estas historias se introduce un auténtico argumento en el sentido moderno. Tercero, entre los personajes principales de la novela está el autor, que convierte su libro en una reflexión teórica sobre cómo se hace un libro extenso de ficción, que sea hijo del entendimiento y no de la fantasía loca, como eran los libros de caballerías.

Y saliendo de la hondura humana y el dramatismo personal del escribir, está el español de Cervantes, liso y llano, como dice un contemporáneo, limpio de todo artificio culterano y conceptista. Cuando Cervantes escribe su prólogo a la primera parte, se enfrenta con dos generaciones de escritores jóvenes: Góngora y Lope, nacidos hacia 1560, y Quevedo y sus coetáneos, nacidos en torno a 1580. Estos escritores son “poetas universitarios”, han estudiado latín y griego y se glorían en ser el “Homero” o el “Virgilio español”. Se han imbuido de los comentarios italianos a la Poética de Aristóteles que cobraron vigencia en toda Europa desde el comentario de Robortello en 1548, etc. Son los escritores barrocos.

En 1505 Cervantes se ve posiblemente desfasado al salir con “una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro” ( El Quijote, I, prólogo). Uno de los aspectos del barroco, precisamente por la conciencia teórica de sus autores es lo que en el siglo XX se llamó “metaliteratura”, o sea, la reflexión sobre la escritura dentro de los textos. Entre los rasgos más admirables de El Quijote está la reflexión de Cervantes sobre el fenómeno de escribir. Las primeras líneas del prólogo contienen ya un análisis plenamente actual sobre ese fenómeno: “Quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza”. Hoy como siempre, todo texto que ofrecemos es el resultado de una lucha entre el querer y el poder; entre la inspiración y el esfuerzo. Por eso no somos padres en sentido pleno, sino padrastros: adoptamos un hijo que se nos regala. Así se considera Cervantes padrastro de su criatura.

En la primera parte de El Quijote, al terminar la narración de cada episodio entra un personaje juzgando la calidad literaria del relato. Pero la segunda parte es una realización (la obra de arte es realización) asombrosa de lo que he llamado antes el misterio de realidad y cultura, en el sentido de realidad y reflexión sobre esa realidad. En el capítulo tercero de la parte segunda, el Bachiller Carrasco somete a crítica la primera, y Cervantes, consecuente con sus propias objeciones, evita los que consideró errores. Hasta el capítulo 59 la reflexión sobre el fenómeno de escribir le lleva a enfrentar a sus personajes con géneros literarios: el libro de caballerías, los títeres y espectáculos populares y realidad y teatro en el palacio de los duques. Y el momento más extraordinario es cuando la “metaliteratura” se le convierte al autor en “meta-realidad”, o sea, cuando descubre El Quijote de Avellaneda, blanco de sus ataques y espejo con el cual mide su creación. En este momento la obra alcanza su mayor cota de genialidad. Desde estos planos de conciencia teórica: juicios sobre libros y narraciones, autocrítica, elevación de los personajes el plano literario y empeño en producir un libro extenso de ficción hijo del entendimiento.

¿Podemos considerar a Cervantes escritor barroco? Creo que no. El barroco se define como culteranismo, conceptismo, ingenio y un tipo de reflexión que produce auténtica metaliteratura, pero en un sentido predominantemente formal. Por contraste, en Cervantes el análisis es un drama personal de búsqueda de verdad.

Ciriaco Móron Arroyo

Profesor emérito en la Cornell University

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