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TRIBUNA

La muerte peluche

jueves 23 de abril de 2020, 20:31h

Son muchos los que señalaron la banalización de la muerte a lo largo del siglo XX. Es fácil entender que en sociedades que pretenden haberse deshecho de toda comprensión de la trascendencia y de cualquier horizonte de Sentido, más allá de la utilidad y el interés propio, la muerte se contemple como un accidente más próximo a la caducidad de un producto que a la tragedia de un tránsito incierto o de un final abismal y profundo.

La consigna mediática de ocultamiento sistemático de los tradicionales signos del duelo, de los miles de ataúdes sellados para siempre y destinados a una incineración apresurada, es una decisión que está dentro del orden inmanente y utilitario que se ha impuesto en Occidente en los ya largos siglos de industrialismo y mercantilización integral de la vida humana.

Tampoco sorprenderá que sean futuristas revolucionarios los que establezcan la citada consigna. Son los agentes de la revolución en marcha, que tratan de llevar hasta el final el orden vigente. Paradójicos revolucionarios que lejos de invertir el orden del mundo, lo aceleran y perfeccionan. A muchos amigos todavía afectos al marxismo – y no estoy hablando de la obra de Marx – no les gusta escuchar que su revolución culmina el programa liberal, industrialista y utilitario y no lo contradice; que el elogio marxista al capitalismo va seguido, como parece natural, del esfuerzo por acabarlo, en el sentido evidente de pulirlo y perfeccionarlo. Son ellos los que esconden a los caídos, con la vista puesta en un cálculo electoral, quizás errado. Sólo hemos visto alguna fugaz imagen de las decenas, más probablemente del centenar de miles de personas vencidas por la enfermedad en sus ataúdes alineados y ordenados para la gestión de su final.

Pero la imaginación es condición y no obstáculo para el conocimiento. El conocimiento que se ha desprendido de la imagen posee el aliento helado de una divinidad descarnada, es el rostro sin gesto de la matemática. En cuestiones antropológicas la imagen es sagrada y quien nos la hurta nos roba la comprensión completa de los acontecimientos.

Pero la banalización de la muerte no deja la vida intacta. La degrada de su potencia trágica, reduce el drama a vodevil: un espectáculo de variedades cuyo fin es el entretenimiento. La vida que ha perdido su dimensión trágica se convierte en tiempo muerto cuyo mayor enemigo es el tedio y nos abate el ceniciento manto del aburrimiento. Pero “el aburrimiento es la disolución del dolor en el tiempo” (Ernst Jünger) porque no hay vida que pueda ocultar la tragedia de su finitud. La sentimentalidad efervescente de los que aplauden al viento cada tarde o proclaman desde el balcón su resistencia podría ser otro efecto nervioso de esa evidencia inocultable. Distraemos el terror al vacío, el horror vacui de nuestra conciencia, merced a la industria del entertainment y el grito absurdo de un “resistiré” que delata nuestra debilidad: excusatio non petita, accusatio manifesta.

Pero quizás el efecto más profundo que esta ocultación de la muerte tiene sobre la vida consista en la pérdida de la verdadera alegría de vivir. El que pretende ocultar la muerte y la evidencia de su presencia constante desconoce la calidad de bien real y primario que la vida posee. Puede llegar a concebir la vida como un derecho que se puede exigir o como una mercancía cuya calidad se pudiese reclamar. Para ejercer esa exigencia o hacer esa reclamación es preciso vivir en riesgo constante de morir. La vida es un don anterior a toda exigencia, mérito o reclamación y comprender esto nos dispone al agradecimiento. Sin duda hay condiciones de vida injustas, pero su injusticia última consiste en que agostan, mutilan o hacen imposible la vida. Destruir o rechazar el don elemental es la injusticia extrema y de ahí que resulten insufribles esas condiciones sociales que amenazan nuestras vidas y a las que tanto dicen atender los mismos que proclaman eufemísticamente “derechos a la salud reproductiva”.

Por el contrario, el agradecimiento por un presente absoluto que nos ha sido dado, es el fundamento de cualquier alegría. Pero es un don que se agota, un presente que se escapa. Esto no lo oscurece, sino que lo ilumina como el regalo que el niño disfruta agradecido, consciente de su breve fragilidad, de su temporalidad incurable. No hay alegría plena sin ese peso, sin esa fundamental herida ante la que, sólo como esperanza, cabe el consuelo de una vida inagotable.

Nada de esto saben los que han mercantilizado íntegramente la existencia humana y esconden como un desperfecto de fábrica el signo profundo de la muerte. Nada saben los que calculan sus votos de mañana y temen que los muertos difundan un hálito electoral que les sea contrario. Pero, sin entregarse a un mórbido éxtasis fúnebre, las imágenes de la tragedia no dispondrían en su contra a una sociedad sana. Pero es posible que ellos conozcan bien la enfermedad real de la sociedad que representan y promuevan conscientes la emocionalidad errática y el desvarío de esa muerte peluche.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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