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TRIBUNA

Las virtudes en tiempos de confinamiento

jueves 23 de abril de 2020, 20:39h

El pasado día 17 de abril se cumplió el aniversario de muerte de José Luis L. Aranguren, quien falleció en 1996, a la edad de 86 años, y recordando esta importante figura de nuestro pensamiento filosófico español, me preguntaba cuáles de sus numerosos escritos filosóficos nos podrían ayudar a afrontar mejor esta complicada etapa de confinamiento que, sin duda alguna, nos afecta a todos dentro del mundo global en el que estamos instalados. Enseguida, me percaté de que teniendo en cuenta que el estadio ético constituye el verdadero epicentro de su pensamiento, la cuestión de las virtudes morales recogida en su tratado de Ética (1958), nos ilustraba sobre aspectos importantes trasladables a esta etapa de confinamiento. Aunque pudiera parecer lo contrario, este no es un asunto menor si tenemos en cuenta que el confinamiento obligado por el estado de alarma decretado por el gobierno, plantea multitud de cuestiones morales en el quehacer diario de los españoles sobre las que creo merece la pena reflexionar.

Cuando hablamos de virtudes nos estamos refiriendo aquí a hábitos que libremente elegimos desde el punto de vista moral. Continuamente y lo queramos o no, nos vemos obligados a elegir unos hábitos u otros como fuerzas morales que son. Uno de ellos que, paulatinamente, se ha ido asentando por todo el territorio nacional en estos tiempos de confinamiento es el de la salida de los ciudadanos a las 20.00 horas a sus balcones, terrazas y ventanas para aplaudir y lanzar vítores a favor de médicos, enfermeros y demás personal que trabaja en los hospitales. Es un momento de hermandad y solidaridad en el que se impone el nosotros frente al yo y eso es precisamente lo que lo convierte en un momento especial para todos. Podríamos decir que es la hora de la conexión colectiva en la que cada uno expresa lo que siente desde lo más profundo de su ser y por eso se entremezclan numerosos mensajes de alegría, con otros de rabia, impotencia o frustración. Esa combinación de música, cacerolada y gritos al caer la tarde nos transmite una sensación de unidad e identidad como pueblo, recordando que no estamos solos en la lucha contra este virus letal. En definitiva, esta acción colectiva se convierte a diario en el grito de guerra como nación que alienta para continuar unidos en el combate.

Lo que sí hay que intentar evitar es que se mecanicen esos hábitos loables y positivos que estamos adquiriendo, y que con el tiempo se terminan traduciendo en virtudes, porque entonces perderían su sentido positivamente moral. Como escribía Aranguren en su Ética (1958): “La virtud por la virtud al modo estoico, la sofocación de ciertas virtudes por hipertrofia de otras, el automatismo de las virtudes, son algunos de los peligros que amenazan a la vida moral cuando las virtudes pierden su ordenación al bien y se degradan a simples prácticas. Porque la práctica de la virtud, vaciada de su sentido, no es ya virtud”.

No perdamos de vista que cada uno de los actos que llevamos a cabo durante el confinamiento cuenta porque su repetición los convierte en hábitos morales, que esculpen al final nuestra personalidad moral no solo como individuos sino también como pueblo, como recordaba Ortega o Zubiri. Es por ello que, por ejemplo, ayudando a un vecino de avanzada edad a hacer la compra o sacando al perro de quien no puede hacerlo, nos estamos haciendo solidarios. Podemos sentirnos orgullosos de que se hayan movilizado por todo el territorio nacional español cientos de asociaciones vecinales y organizaciones para atender las necesidades básicas de las personas mayores y de los sujetos más vulnerables dentro de nuestra sociedad. Son todas esas acciones generosas y altruistas de la sociedad civil las que cuando haya terminado el confinamiento habrán cambiado nuestra realidad moral individual y colectiva.

Todo el mundo comenta en estos días las graves consecuencias económicas que está desencadenando la pandemia a nivel global pero, lamentablemente, no son tantas las voces que plantean lo que está provocando en términos morales, a mi juicio, no menos importante que lo anterior. Garantizar la prosperidad de nuestro país exige preocuparse también de su salud moral. Es por ello que creo que en estos tiempos de confinamiento no estaría mal apostar por el cultivo de las virtudes morales formuladas, entre otros, por Platón en La República, por Cicerón en su tratado De officiis y por el emperador filósofo Marco Aurelio en sus Meditaciones.

En esta etapa de crisis sanitaria la prudencia se convierte en una virtud fundamental porque nos permite ser flexibles para adaptarnos a las nuevas situaciones que, con carácter extraordinario, se van sucediendo en el tiempo. Así, por ejemplo, cuando determino las medidas de higiene en casa o mantengo la distancia de seguridad con alguien, estoy ejercitando la virtud de la prudencia puesto que me pliego a la realidad sin ignorar lo que ésta me demanda como ciudadano responsable. La importancia de esta virtud deriva de que las demás virtudes terminan consistiendo en la ejecución de lo que ella determina. De esta manera, la prudencia se convierte en la virtud que más perfecciona nuestro carácter moral, el êthos, y por ello debería ocupar un lugar especial en nuestras vidas.

De hecho, frente a la situación tan dramática que tenemos en España, con más de veinte mil fallecidos y cerca de dos cientos mil contagiados, la verdadera prudencia estaría en decidir quedarnos en casa y hacerlo así, en consecuencia, por solidaridad con los demás. Actuando de esta manera no solo asumo un comportamiento prudente sino también comprometido porque, no lo olvidemos, la prudencia es también compromiso, engagement.

En cuanto a la virtud de la justicia, creo que de ella también podemos sacar conclusiones de interés para los tiempos actuales si pensamos que la virtud de la justicia es la realidad misma en cuanto ajustada u ordenada a Derecho. Urge en esta situación de pandemia rescatar la justicia como virtud de contenido más social, a sabiendas de que quien no milita en favor de la justicia se convierte en un ciudadano injusto.

Tanto la prudencia como la justicia son dos grandes virtudes necesarias para el pueblo en estos momentos pero, por supuesto, también para nuestros gobernantes que parecen haber olvidado que estas virtudes perfeccionan moralmente a quienes las ejecutan.

Asimismo las virtudes de la fortaleza y la templanza no ocupan un lugar menos importante en la formación del êthos personal y social y por eso deberían llenar también nuestro quehacer diario generando momentos de bienestar personal desde el desarrollo de actitudes solidarias, generosas o empáticas. En definitiva, no solo el hecho de llevar cierto orden en casa o hacer algo de ejercicio físico puede ayudarnos a aumentar las endorfinas sino también el cultivo de las virtudes morales.

Precisamente, esa nueva versión del clásico del Dúo Dinámico “Resistiré”, que ha sido creada para dar voz a la esperanza, al optimismo y a la energía de la sociedad española, nos recuerda la importancia de la virtud de la fortaleza, del vigor, de la resistencia para vencer al coronavirus. Por su parte, la templanza nos procura el control de nuestras pasiones en favor del buen juicio racional para actuar con sensatez. Sirvámonos del confinamiento para conseguir momentos de introspección interior que nos recuerden esas palabras que aparecían inscritas en el pronaos del templo de Apolo en Delfos: Conócete a ti mismo.

Es importante que en estos tiempos difíciles, participemos conjuntamente cultivando las virtudes morales. No olvidemos que todos nuestros actos, por nimios que puedan parecer, influyen sobre nuestro proyecto colectivo y, en definitiva, sobre lo que llegaremos a ser como nación cuando acabe esta grave crisis sanitaria. De nosotros depende que, a toro pasado, podamos sentirnos orgullosos de que durante la etapa de confinamiento nos conseguimos apropiar de un modo bueno y virtuoso de convivir como españoles.

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