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TRIBUNA

Patrañas sobre el sexo humano

sábado 25 de abril de 2020, 19:40h

Por la sigla LGTBI entendemos aquí todas las opiniones que ahora se difunden en pro del aborto, la homosexualidad, o en general de la ilimitada y total libertad en el uso del sexo humano.

Vamos a tratar dos puntos: carencia de lógica y falta de respeto a la naturaleza.

Carencia de lógica.

No hay ciencia ética de los casos concretos. Aunque no sea más que porque cada persona humana es única en la Historia Universal. Es libre en sentido positivo. Es única responsable de sus acciones. Por tanto, en ética no cabe deducir valores o principios generales a partir de casos concretos. Los hay para todos los gustos.

Hay dos errores lógicos que se cometen constantemente al intentar deducir un valor a partir de casos concretos.

Primero, el paso algunos casostodos los casos.

Segundo, el paso serdeber ser.

Ambas falacias se superponen en los pseudorazonamientos del tipo si los demás lo hacen, porqué yo no. Algo, por cierto, muy habitual hoy día entre nuestros políticos: si los demás roban, porqué yo no. Y por supuesto también en todos los falsos razonamientos LGTBI. Si la mayoría social sanciona el aborto o la homosexualidad, ¿qué hay de malo en ello?

Tratemos de deslindar estas dos falacias.

1.- El paso algunostodos no es una validez lógica. Es sólo una consistencia carente de contradicción. Con todo, en las ciencias de la naturaleza funciona razonar así. La naturaleza se caracteriza por la uniformidad en el comportamiento. Y eso compensa la deficiencia lógica de la llamada inducción científica. Pero aplicar la inducción al mundo de la libertad y los valores no tiene ningún sentido. Cada persona es libre. Y la libertad positiva es todo lo contrario de la uniformidad en el comportamiento.

Por otra parte, el tan frecuente pseudorazonamiento si los demás lo hacen, porqué yo no se basa en una presión social que siempre es sentida como externa. No es una voz que resuene en lo más íntimo de nuestro yo, en lo profundo de nuestra conciencia moral. Así pues, el paso en falso algunostodos basta para descalificar todo intento de deducir valores o reglas generales en ética a partir de casos concretos. Ya lo indicamos en nuestro artículo Errores lógicos sobre la eutanasia.

2.- La falacia serdeber-ser ético ser equivale en estricta lógica al patente absurdo posiblenecesario. Ya lo vimos también en el siguiente artículo La falacia ser → deber ser y la eutanasia, y al que nos remitimos.

Es muy fácil confundir esta segunda falacia con la primera. Justo por eso es tan importante aclarar que se trata de dos errores lógicos distintos, aunque inextricablemente mezclados en todas las patrañas LGTBI...

Digamos de paso que la inferencia nadie roba no robar es un valor incidiría también en las mismas dos falacias. Ciertamente el Respeto a la propiedad ajena es un valor. Pero el método correcto para llegar a él exige someter el testimonio de nuestra conciencia moral al experimento mental de la Regla de Oro. En efecto, si nadie, absolutamente nadie, robase, todos saldríamos ganando y nadie perdiendo.

Esta alusión a la Regla de Oro nos sirve también para añadir a las dos anteriores falacias LGTBI un tercer error lógico. Ni el aborto ni la homosexualidad satisfacen la prueba de dicho experimento metal, como vimos en el artículo titulado La Regla de Oro. También es muy común confundir este tercer error lógico con las dos anteriores falacias. Pero no se trata propiamente de una inferencia lógica, o formalizable mediante el implicador →, sino que consiste en comprobar si una cierta interpretación material se cumple o no en una determinada validez lógica.

Así pues, en las patrañas LGTBI encontramos nada menos que tres falacias sutilmente entreveradas. El profano suele mezclarlas en un totum revolutum. Pero ahí está la lógica para separarlas, como si fuera el bisturí de un cirujano.

Ciertamente, esperar que los entusiastas LGTBI capten estas sutilezas de la lógica es pedir peras al olmo. Son los actuales analfabetos lógicos. Ocupan ahora el lugar antes reservado para los que no sabían leer ni escribir. No poseen la verdad. Sólo tienen el dinero. Muchísimo dinero, dinero a raudales. Y sin embargo todo el dinero del mundo no basta para convertir una triple falacia en una verdad objetiva a la que se llega mediante un razonamiento lógico correcto. Poderoso caballero es Don Dinero, decía Quevedo. Pero no tanto que llegue hasta ahí.

Los sociólogos y los historiadores tendrán ocasión de estudiar y analizar cómo o por qué el nazi Goebbels tuvo razón a fin de cuentas cuando aseguraba que una mentira suficientemente repetida se convierte en una verdad. Al menos, esto es lo que está ocurriendo en nuestros días con las patrañas LGTBI. Quizá todo se explique en último término por el famoso cuento del niño que se atrevió a decir la verdad ante la multitud que aplaudía la mentira. Se atrevió a decir el rey está desnudo. La estupidez humana es tan enorme que el cuento de Andersen se ha convertido en la triste realidad de nuestra época.

En todo caso, los axiólogos perderían el tiempo, si se ocupasen de este fenómeno social. Les basta saber que las patrañas LGTBI quedan plenamente al descubierto a la luz de la lógica formalizada moderna.

Obviamente, de todo lo anterior hay que excluir la homosexualidad de nacimiento. Eso es una desgracia, como nacer ciego, o con algún otro defecto físico o psíquico. No obstante, la misma naturaleza se encarga de que el porcentaje de estos casos patológicos o anormales se sitúe siempre en torno al 0,5 % de los nacimientos. Y no pase de ahí.

Falta de respeto a la naturaleza.

En la Sierra madrileña, no muy lejos del Puerto de Los Cotos, hay una extensa charca, rodeada por una empalizada y con unos carteles en que se pide colaborar en la conservación de una especie de sapos, que sólo allí existe y está en peligro de extinción.

En realidad, los carteles están diciendo que el sexo de los sapos merece respeto. No se puede hacer con su sexo lo que uno quiera. Sería antiecológica una conducta que pudiera perjudicar la conservación de esa especie concreta de sapos. Lo cual vale para todas las especies de sapos, para toda la fauna, y en último término para toda la naturaleza.

Esto es hoy admitido por todo el mundo. Y por supuesto, también por los entusiastas LGTBI. No se puede hacer con el sexo de los sapos lo que nos dé la gana. La Ecología impone unos límites que todos debemos aceptar, y de hecho aceptamos mayoritariamente. El valor que llamamos Respeto consiste en aceptar esas barreras a nuestro comportamiento, y en consecuencia esforzarse por no traspasarlas nunca.

¿Por qué el sexo de los sapos merece respeto y el sexo de los humanos no lo merece? ¿Por qué es reprobable poner en peligro la conservación de los sapos y en cambio es lícito y progresista impedir la procreación humana, como en el aborto o la homosexualidad provocada? ¿Cómo justificar esta patente contradicción?

Sin duda los entusiastas LGTBI aplaudirían que se castigase con una multa, o incluso la cárcel, a quien echase en esa charca un pesticida que dañase al sexo de los sapos e impidiese su reproducción. En cambio, aplauden que un parlamento sancione una ley que pone el matrimonio estéril de los homosexuales en paridad jurídica con el matrimonio fértil de los heterosexuales.

Así pues, los postulados gratuitos LGTBI se dan de bruces con la ecología, que no es sino el Valor del Respeto a la Naturaleza. Un valor que cumple la Regla de Oro. Si todos respetásemos siempre la naturaleza, todos saldríamos ganando y nadie perdiendo. Ahora la ecología está de moda, precisamente porque empezamos a darnos cuenta de que debajo de ella está la Regla de Oro.

Los entusiastas LGTBI tienen pendiente la asignatura de demostrar que el sexo humano no pertenece a la naturaleza, mientras que el sexo de los sapos sí forma parte de la misma. Mientras tanto, nadie en su sano juicio podrá entender por qué hay barreras morales para lo que podemos hacer con el sexo humano, y en cambio no las hay para lo que podemos hacer con el sexo humano.

La axiología sostiene obviamente que el sexo humano es parte de la naturaleza igual que el sexo de los sapos. Por lo menos, merece el mismo respeto acordado a éstos últimos. Incluso más, si tenemos en cuenta que los humanos no somos sólo animales, sino además personas. Pero el mismo respeto sería ya suficiente para el tema aquí tratado.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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