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MEDITACIÓN GEORGIANA

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
martes 19 de agosto de 2008, 11:56h
Gori, la ciudad de Georgia donde nació Stalin, se encuentra a medio camino entre Tbilisi, la capital del país, y Tsingali, la capital de Ossetia del Sur. En los años noventa la ciudad tenía un aspecto fantasmagórico, agravado si cabe por los recuerdos omnipresentes de aquel que, junto con Hitler y Mao Tse Tung, ha sido uno de los grandes carniceros en la historia de la humanidad. Los georgianos albergaban una marcada ambivalencia hacia su vesánico paisano y no habían hecho nada por retirar los recuerdos acumulados durante la época soviética en memoria del sátrapa. Allí estaba, y sigue estando, la columna coronada por la estatua de sanguinario bigotudo. También estaban el museo dedicado a su memoria -polvoriento y mal cuidado, cierto es- y el mausoleo en estilo Iván el Terrible que parecía extraído de los decorados de una de las películas históricas de Einsestein y que albergaba y protegía la modesta cabaña rural donde el tirano había visto la luz.

En realidad poco o nada deben los georgianos al tristemente famoso coterráneo. Fueron ellos los primeros en sufrir los embates criminales de sus acciones antes, durante y después de la revolución y también los primeros en saber del alcance de su infinita duplicidad: según todas las indicaciones disponibles Stalin habría comenzado su carrera político - delictiva como confidente de la policía secreta del Zar.

Pero donde las manipulaciones del zar rojo llegaron al paroxismo fue en la política seguida con las diversas minorías que poblaban la Unión Soviética. Al aire de sus caprichos y en función de las necesidades para mantener un férreo control del poder millones de ciudadanos soviéticos fueron desplazados de sus lugares de origen y trasladados a poblaciones inhóspitas, distantes miles de kilómetros. Y las fronteras naturales del mosaico de razas, religiones y nacionalidades fueron alteradas para cumplir los mismos designios. Por eso existen dos Ossetias en vez de una. Por eso habitan poblaciones armenias en el seno de Azerbaiján.

Yeltsin desmanteló la Unión Soviética con la rapidez del rayo y las repúblicas que alcanzaron la independencia con tan fausta ocasión se acogieron tácitamente al principio post colonial: las fronteras eran las establecidas y su legitimidad no seria discutida. Pero a la segunda generación de líderes post comunistas, con Putin a la cabeza, les pudo la nostalgia del Imperio perdido. La diabólica semilla sembrada un día por el “padrecito” Stalin – en algún tiempo tan profusamente cantado por ilustres poetas cuyos nombres por pudor conviene callar - es la que hoy explica, ya que no justifica, la renovada presencia de tropas rusas en Georgia.

Moscú ha tornado a lo que fueron prácticas soviéticas habituales: la utilización de la fuerza militar para reprimir movimientos territoriales contrarios a sus intereses. Aunque fuera exagerado presumir que esté garantizado el retorno a una nueva guerra fría, si cabe detectar que la visión desde el Kremlin no es radicalmente diferente de los tiempos del georgiano: la necesidad de asegurar a toda costa un espacio de seguridad clientelar en donde no se permiten márgenes de libertad o de maniobra. Una Rusia crecida acaba de encontrar en Georgia el primer efecto demostración.

El menguado Occidente – los Estados Unidos, la UE, la OTAN - no han sabido preverlo o atajarlo. Pero su incapacidad no es tanto la de movilizar fuerzas militares para impedirlo sino la de sus lamentables vacilaciones a la hora de marcar con decisión las normas del nuevo juego. Los que en su momento permitieron la ruptura de la integridad territorial de Serbia al reconocer la independencia de Kosovo y luego arrastraron los pies ante las demandas de Georgia y Ucrania – otro ardiente objeto de deseo para la Rusia post soviética - para entrar en la OTAN no tienen visión estratégica ni fuerza moral para exigir el respeto a la integridad territorial de Georgia - o de Ucrania, o de Azerbaiján, o de Moldova-. Tampoco muchas ganas para hacerlo: la bochornosa propuesta de la presidencia francesa de la UE para discutir el futuro internacional de Ossetia del Sur y de Abjasia muestra hasta donde han llegado.

Los “correctos” habituales dictaminarán que no es, todavía, tiempo para el Apocalipsis y que, al fin y al cabo, nadie que no sea georgiano esta dispuesto a morir por la integridad territorial de la república caucásica. En 1939 muchos europeos occidentales tampoco estaban dispuestos a morir por Danzig. ¿Hace falta recordar lo que luego ocurrió?

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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