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AL PASO

Tres libros sobre nacionalismo

martes 28 de abril de 2020, 20:28h

Cuando se escribe sobre el nacionalismo es difícil evitar el peligro de ver en él la clave de la conducta política. Así Elie Kedourie pensaba que tal corriente encarnaba a la perfección el enfoque ideológico, que contraponía a la reflexión constitucional. Si esta era un modo moderado y pragmático de ver la política , el enfoque ideológico representaba lo opuesto, como resultaba de su propósito, que compartía con el comunismo, no de resolver problemas en el terreno institucional, sino de establecer tanto en la sociedad como en el Estado un orden en el que todo el mundo sea feliz para siempre.

He pensado en la atribución de esta tarea titánica al nacionalismo cuando he leído en la New York Review of Books la revisión que Alan Ryan hace de tres libros recientes sobre esta temática, Nationalism: a short history de Liah Greenfeld, Reclaiming patriotism de Amitai Etzioni y Why nationalism de Yael Tamir. Los tres autores consideran que sin entender el nacionalismo no se puede ni comprender nuestro mundo tras la caída de la Unión Sovietica (Greenfield), ni valorar cabalmente la vida política americana, en la que debajo del supuesto pluralismo lo que hay es dos naciones escindidas (Etzioni y Tamir).

Los libros de estos dos últimos autores en realidad revolotean en torno al patriotismo más que el nacionalismo, dando por buena la observación de De Gaulle: “Patriotismo es cuando el amor a tu país es lo primero; nacionalismo cuando lo que viene antes es el odio por los que no son tu país”. Etzioni y Tamir se mueven en el marco del comunitarismo que no hace ascos a lo que podríamos llamar nacionalismo liberal que, sin dejar de reconocer odiosas manifestaciones del nacionalismo, cree que en este pensamiento pueden imponerse las ventajas de su capacidad integradora. Del libro de Etzioni me parece útil la reflexión sobre la necesidad de que en la comunidad se compartan los valores esenciales en los que reposa el entramado institucional social o político más allá de las discrepancias sobre los valores secundarios. Los valores básicos compartidos no quedan absolutamente fijos y sobre el modo de entenderlos debe mantenerse un diálogo o conversación nacional. Este diálogo puede tematizarse en torno a cuestiones sobre las que se haya ocupado el Tribunal Supremo. Asi Etzioni, nos cuenta Alan Ryan, llama la atención sobre el cambio de mentalidad que se produce desde el standard “separados pero iguales” de Plessy versus Fergusson hasta la sentencia que acaba con la discriminación racial de Brown versus Board of Educaction. Y otro ejemplo de diálogo podría ser el que va desde la afirmación de que el matrimonio atañe a la unión de un hombre y una mujer a la aceptación del matrimonio homosexual.

Las tesis de Tamir me han recordado la idea del nacionalismo de Jaurés cuando consideraba, como gustaba subrayar a Francisco Rubio, su núcleo la solidaridad territorial. La fronteras, sostiene Tamir, separan a la nación de los vecinos, pero hacia adentro agrupan a los que son como nosotros. La cuestión, desde una perspectiva social demócrata, es reforzar la homogeneidad nacional dando debido peso político y económico a los desfavorecidos. En ello la tarea del Estado es irrenunciable. Un Estado que no es neutral en el proceso social sino que está volcado en la reducción de la desigualdad social y económica, proporcionando una seguridad económica mayor a los marginados, y fomentando el sentimiento de pertenencia compartido.

De las tres reflexiones sobre el nacionalismo está claro que la más sugerente para Ryan, juicio que comparto plenamente, es la contenida en el libro de la señora Greenfield (y que sigo en la edición Kindle). Lo que sucede es que el objeto acometido en su libro, esto es, el repaso de todas las manifestaciones del nacionalismo, es sencillamente inabarcable, pues la autora se ocupa desde el nacionalismo modélico inglés al nacionalismo japonés o las ideas sobre el nacionalismo de los comunistas stalinistas o libertarios- según el testimonio de Georges Orwell-en nuestra guerra civil. Si que parece aceptable la conclusión del libro que repara en la dimensión individual del nacionalismo al satisfacer la necesidad de integración de cada cual en la comunidad, en lo que Kedourie llamaba la preocupación por la felicidad personal de los nacionalistas, y que Green ve como el reconocimiento de la dignidad. La lealtad será para la conciencia nacional capaz de suministrar “mayor dignidad” a cada uno de sus portadores; en consecuencia cada uno elegirá como su nación “a la que sea más capaz de satisfacer la necesidad de reconocimiento personal”.

Greenfeld cree que hay tres tipos de nacionalismo, diferenciados por el modo de ofrecer la integración en su seno; y que ejemplifica debidamente, aunque como veremos no de modo convencional. También se sale de las pautas acostumbradas cuando establece el modo de relacionarse de los diferentes nacionalismos entre sí. Todos los nacionalismos comparten, según nuestra autora, un rasgo indubitable que es la idea de igualdad entre sus miembros . Así no puede negarse la modernidad de esta ideología. “A finales del siglo XVIII, no hace mucho tiempo en términos históricos, la idea de igualdad era extraña para la mayoría abrumadora de humanidad. Hoy nos parece natural. ¿Qué es lo que ha producido esta revolución mental? La respuesta es el nacionalismo”. Los tres tipos de nacionalismo son, primero, el nacionalismo individualista que corresponde a una sociedad que acepta la ascensión social de sus miembros, producida la ruina de su aristocracia, la igualdad de base religiosa, las oportunidades económicas del capitalismo y la superioridad de la ciencia como forma de conocimiento. Naturalmente estamos hablando de Inglaterra, a partir de las guerras de finales de la época medieval, la religión igualitaria del protestantismo y las revoluciones científica y económica posteriores al siglo XVII.

El nacionalismo francés, en segundo lugar, es colectivista, aunque persigue también suscitar un sentimiento de integración y pertenencia entre sus miembros. Pero la nación se construye sobre la abstracción y la cosificación. “Se presume que la nación tiene voluntad e intereses propios, independientes de las voluntades e intereses heterogéneos de sus miembros”. Surgida también de la crisis de la aristocracia, la idea de nación ofreció a la burguesía mucho mas de lo que pudo darle la sociedad de órdenes del antiguo régimen y estableció un patrón imbatible, encarnando los valores de la libertad, igualdad y fraternidad. Sin duda la Revolución Francesa fue inspirada por el nacionalismo: representó el triunfo de la conciencia nacional, y la conversión de los franceses a sus ideas.

El tercer modelo de nacionalismo es el etno-nacionalismo representado por Rusia en el que la pertenencia a la nación se determina naturalmente por la raza y herencia, y no puede ser ni adquirida ni negada. Entre los nacionalismos la primacía corresponde al nacionalismo inglés; el nacionalismo francés resulta de la imitación del inglés, correspondiendo a una cultura que se envidia pero que se puede alcanzar. El nacionalismo ruso, al que después imitará el alemán, que es creado no por la aristocracia sino por intelectuales de clase media, es un nacionalismo de resentimiento: si los modelos inglés o francés de nación son inalcanzables, se apostará por un antimodelo, que se afirma odiando al modelo, “construyendo una imagen en directa oposición a él”.

Integrar el patrón de nacionalismo de Liah Greenfeld en la teoría general de éste, y aun referirlo a la propia obra de la autora, traducida, como es sabido, al castellano, es una tarea debida pero, como puede comprender el lector, rebasa con mucho los límites obligados de la columna de hoy.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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