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TRIBUNA

La nueva normalidad

miércoles 29 de abril de 2020, 20:30h
Ahora vuelven los niños y también lo hacen los padres. Lo hacen por decreto de gobierno y con ciertas recomendaciones. Abrir las puertas y salir del confinamiento para encontrar lo que nosotros mismos hemos construido es una bonita experiencia, necesaria e incluso humana. Es el mundo nuevo o quizás es lo que creemos, pero son los niños los que más se lo merecen por ser ellos nuestro sustento y también el progreso. Sin ellos no hay vida que merezca ser entendida, ni siquiera interpretada, ahora son nuestros maestros enseñándonos a ser jóvenes sin serlo. Como dijo Nietzsche: “En todo hombre real está escondido un niño que quiere jugar”.

Ahora bien, todo esto exige responsabilidad como cosa inseparable de la edad, sin embargo carecemos de ella cuando más necesaria es su demostración al dejarnos salir hacia una mal entendida libertad llevando niños a la indiferencia de nuestros actos. El virus no sale a jugar como nos conviene interpretar, no se entiende por tanto lo de recrearse a costa de nuestros menores. Este virus es de todos y para todos y unos menos y otros más el precio de la irresponsabilidad nos puede traicionar por culpa de la estupidez que llevamos a lomos de la ignorancia. Me quedo con la sonrisa de los niños, su manera de jugar, la alegría de las calles, porque bastan unas risas infantiles para remozar consuelos y refrescar recuerdos; otra cosa son los adultos que sin menoscabo de serlo también deberíamos parecerlo.

La gestión de España durante la crisis no es ejemplo de nada, estamos instalados en la mentira sistemática, pero necesitamos cerrar el círculo para evitar un rebrote ante una posible segunda ola de contagios. Frente a eso está nuestra propia manera de actuar, siempre con la responsabilidad y sentido común si el esfuerzo nos obliga a ello. Siento decirlo, pero si el mayor misterio de la existencia, es la existencia misma, cualquiera que no tenga un buen padre debería procurarse uno. Los casos de insubordinados ejemplos que se han contemplado en nuestras ciudades y pueblos a la primera licencia, nos dan una idea de lo que está por llegar cuando las puertas se nos abran de par en par. Temo más a la codicia humana que al invisible enemigo.

Entonces, ¿Qué hacer?, pregunta ésta de doble filo. Cautela, mucha cautela y paciencia por arrobas. Pedro Sánchez nos ha dado una dosis de desescalada –he cogido manía a esta palabra- para señalarnos el camino hacia “la nueva normalidad”. Una prolongada travesía en busca de ese exótico Shangri-La, que hoy en día lleva por nombre Benidorm. Sánchez nos ha subido a una especie de tiovivo en donde lo deseable es que todo salga bien desde el punto de vista de la salud, que es lo más importante, pero unas veces estaremos arriba y otras abajo en función de cómo se comporte el virus con nosotros y nosotros con él.

Sin embargo la apuesta no va a resultar nada fácil teniendo en cuenta la cantidad de fases que tendremos que ir superando. No voy a entrar al detalle de cada una, más que nada por no caer en la monotonía, ahora bien, como nos enfrentaremos a una transición gradual, asimétrica y coordinada cabe esperar de una desigual manera de comportarnos o de ser consecuentes. Ya sé que esto son palabras mayores porque la envidia en este país siempre goza de buena salud, y lo digo porque al no estar todas las zonas de España bajo la misma sombra contagiosa habrá quienes estemos en fase 1 mientras otras ya estén en fase 3 sacándonos dos cuerpos de ventaja. Me parece justo, pero unos seguiremos, si no en cuarentena, sí con la mosca detrás de la oreja, mientras los otros jugando a la petanca y si te he visto no me acuerdo. Y así es como vienen los roces y desacuerdos entre conciudadanos. Y yo me pregunto con la inocencia de un niño ¿No sería mejor someternos a todos a un test de fiabilidad garantizada para ser todos iguales?

Saldremos de esta porque hay fieles de vocación que lo hacen posible. Son quienes vestidos de improvisados plásticos se han postrado ante un destino incierto del que nada sabemos, por eso y por ellos debemos ser serios y no portarnos como auténticos majaderos. Son, a día de hoy, 38.000 los sanitarios contagiados y 50 los fallecidos, cifras éstas que dentro del contexto de tanta desgracia nos obligan a madurar en respeto. Esto no es ningún juego porque ahora es cuando la sociedad, la nuestra, nos va a poner precio y lo va hacer con un ejercicio nada falto de lamentos.

A mi edad espero de este Gobierno me ponga los medios necesarios para saber salir de casa y no perderme en este laberinto de fases a superar. Estoy hecho un lio con tantas anunciadas medidas y no sé cómo llegar a esa llamada “nueva normalidad”. A todo esto y siendo sincero, yo me pregunto: ¿Qué es lo normal en este momento? Por eso necesito un test, Pedro.

En fin, no guarden más de lo necesario porque el tiempo es algo inconexo. Yo mientras me quedo en este enredo y sigo escribiendo.
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