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TRIBUNA

Sin esperanza

jueves 30 de abril de 2020, 20:25h
Es todo tan nauseabundo que no podremos quitarnos jamás las mascarillas si queremos soportar el hedor. Por una parte, la herida en carne viva de la nación que parece imposible suturar. Un organismo sentenciado, cuyos miembros autónomos han dejado de servir al funcionamiento del todo y se pretenden organismos independientes y autosuficientes. Pero es, sobre todo, que el cirujano encargado de la cura tiene muy sucias las manos. Y, lejos de aplicarse a la sutura, parece querer descuartizar a un paciente indefenso y roto. A la herida palpitante suma desórdenes fisiológicos y arroja una contra otra clases, géneros, edades… haciendo la guerra de todos contra todos, llevando al límite la disolución de cualquier vínculo tradicional.

Tras largos años de desnacionalización el Estado quedó reducido a una estructura administrativa que semeja un enrejado o un corsé sobrepuesto al cadáver social. Así se mantiene falsamente erguida la sociedad y parece ejecutar gestos propios. Es movida en realidad por un mecanismo externo que simula la vida real de la nación. Pero no puede dejar de emanar por sus costurones el insoportable tufo de la carroña. Declarado un estado de alarma, cuyas prórrogas se anuncian sucesivamente como si no precisaran autorización del Congreso, se han suspendido por Real Decreto (463/2020 y 465/2020) libertades y derechos tan esenciales como la libertad religiosa o el derecho de participación política que, ni siquiera en estado de excepción o de sitio, pueden suprimirse legítimamente. Posteriores órdenes ministeriales han permitido la geolocalización, merced a esas tecnologías que venían a liberarnos de no sé qué servidumbres, se han suspendido los funerales o los plazos de tramitación de iniciativas parlamentarias. Por supuesto, bajo ese aparato jurídico no se ha movido nada: la carne tumefacta de la nación ejecuta los movimientos que le ordena la superestructura administrativa que simula la vida. Se ha logrado, eso sí, remover purulencias y el estilo de las frases ha alcanzado el nivel del hampa y el arrabal: “rojos y maricones”, “parásitos” o “inmundicia…” mientras que la derecha desnortada sigue viendo por todas partes el vago fantasma del comunismo. No ha aprendido que el socialismo triunfante es un programa distinto y no la antesala de comunismo alguno.
A fin de simular vida social se dispone de medios técnicos de enorme eficacia. La coordinación del cuarto poder con el ejecutivo, en nombre de su función de “servicio público”, ha logrado que los elementos disgregados del despojo social, aplaudan al unísono o sirvan en funciones de vigilancia y delación de todo prójimo que manifieste de algún modo capacidad de resistencia a la congestión y la asfixia generalizada. Todo por el bien de un cuerpo de relleno, de una mojama insensible, de una sociedad cuya fuerza de cohesión interna ha sido vencida hace décadas y, si mantiene alguna unidad, es sólo por las fuerzas de la superestructura administrativa de este Estado sin nación al servicio del sistema de partidos y los intereses, ¡ay! Pablo, de la casta. También ellos servidores, a su vez, de fines superiores.

Son esos fines superiores los que resultan casi inescrutables. En el seno de los Estados se realiza un socialismo promovido durante décadas por gobiernos socioliberales (PP) o demosocialistas (PSOE y ahora UP). Pero ese socialismo no es antesala de ningún comunismo, sino un objetivo político distinto y sustantivo que exige el fortalecimiento del capital frente a formas resistentes de propiedad hereditaria y estable. El medio es una fiscalidad que grava esta última y el control político del crédito y del trabajo, que se alcanza gracias al sufragio universal y al crecimiento de la Administración pública. En efecto, ese fortalecimiento es exigido por la asociación entre el poder político y los desposeídos por el largo proceso de mercantilización, que ha hecho del salario la única fuente de riqueza. El Estado, orientado por esa “masa electoral” domesticada a su vez por el Estado, amplía la administración para permitir a un número creciente de individuos la liberación de la dependencia de particulares que, frente al servicio al Estado o servicio público, resulta una dependencia servil. El servicio al “interés general” se concibe liberador de la servidumbre que supone el servicio a “intereses privados”. Es el valor sublime de lo público – contrafigura de lo común – frente a lo privado.

El Estado se convierte en una máquina de gestión abstracta del “bienestar social”, una empresa unitaria que admite en su seno el libre juego de la iniciativa privada, aunque siempre subordinada. Es un Estado íntegramente descargado del lastre de toda autoridad no política, de toda resistencia tradicional entre las cuales ha de contarse todavía la idea “nacional”. Pero ese Estado – cada Estado – se someterá a su vez a una gobernanza global naciente, cuya figura se adivina.

La defunción del cuerpo vivo de la nación y la disolución del osario de su tradición es suplida por la gestión del Estado socioliberal, que será sólo un momento en el despliegue del gobierno mundial porque sobre él se levantan simbiontes económico-políticos que son las agencias de gobernanza mundial: FMI, BM, OMS, OCDE… La desaparición de los más viejos de la sociedad actual es signo del olvido de la historia y de la tradición que nutriera la vida siempre renovada de la nación. Es un signo deslumbrante que el demosocialismo triunfante y global – habrá quien hable de otra metamorfosis del capitalismo – emerja finalmente de una pandémica infección.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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