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FRACASA MEJOR

El lector pandémico (I)

lunes 04 de mayo de 2020, 20:17h

«¡Un monstruo! Pero le miré a los ojos y sostuve su mirada toda la noche.» Franz Kafka

I. Mientras anochece y miro por la ventana me fijo en que hay muchos perros callejeros. El día a día nos devora y quiere volvernos indiferentes. Trato de pensar que las cosas que parecen terminar con nosotros, las que rebosan aburrimiento son las que a menudo valen la pena. Cuántas ideas hay en la idea de encontrar un camino. Miro una cucaracha, tras la ventana, que salió corriendo de no sé dónde. Parece un insecto sacado de un relato de Kafka. El escritor trató de advertirnos, era un autor incomprensible, pero que despertaba los sentidos y casi llegaban a ser palpables. Hay que darle tiempo a esta nube de polvo amarillo que nos impide ver, más allá del río de la neurosis, las aguas quietas. Recibo “La muerte de Bunny Munro”, de Nick Cave, un libro de vital importancia para mí. El repartidor, en tiempos de confinamiento, llama al telefonillo pidiendo el dni y deja luego el paquete en el suelo del ascensor. Llega al 6º piso de la mano de una especie de hombre invisible que trae un viento resonante. Lo abrimos, es un libro no muy breve, y dice: “’Estoy perdido’, piensa Bunny Munro en un repentino instante de lucidez reservado a quienes tienen las horas contadas. Siente que en algún punto ha cometido un grave error, pero la idea pasa de largo como una horrible exhalación y se esfuma dejándolo en paños menores y en su cuarto del hotel Grenville con nada más que él mismo y sus apetitos”. Hoy es el Día del Libro. Una librería es como el vestíbulo de un templo, pone en movimiento una rueda de oraciones con las que nos quedamos muy pensativos y ofrece una estampa idónea del acto de sentarse luego a escribir. Una librería es parecida a una fuente de dicha. Siento reposo al saber que cuando salgamos no abrazaremos el vacío ahí fuera.

II. Añoro tomar algo en el bar Salitre, del que hablaré rumiando mis memorias como una vaca vacía en mi próximo libro de prosas, El aro de latón. Echo de menos pasear por Botín mientras hablamos y nos ejercitamos para las caídas. Tomar un sándwich de carne picada en Gómez y un vaso de cerveza. La ciudad está triste sin nosotros que contenemos multitudes. Es Bob Dylan quien saca dos verdaderas obras de arte durante la pandemia: Murder most foul y I contain multitudes. La primera de casi 17 minutos de duración en la que da un repaso con su atuendo nada distinto a épocas anteriores, a gran parte de EEUU en el siglo XX. La segunda, que toma el título de Song of myself, de Walt Whitman. Escribo unos versos en estos tiempos de ibuprofeno y de Netflix: “Husmeando por las ruinas, / rostro delgado y ávido. / Finges hacerte el muerto, eres un aventurero. / Siempre hay por lo menos uno / por cada mil metros. / Recoges el bombín del diván tras ocho años, / vas a la puerta y la abres. Tienes un bigote grato, / tienes solución para todo aunque la niebla del crepúsculo / no quiera tragarse el sonido de los golpes. / Tu talento, Bob Dylan, no está en un rincón en penumbras, / no está ojeroso, haces una pausa y buscas / alguna imagen ingeniosa / cuando nada parece divertido por el momento.”

III. En relación con el gato amarillo que sube al muro frente a la calle cada día, al ver que puede respirar, también mi cuerpo respira. En este tiempo que consagramos a nosotros mismos, puedo escribir líneas porque, cuando me doy cuenta de que me siento deprimido, tengo que actuar. Veo que se “otorga” el poder a los menores de 14 años de ir a comprar con sus progenitores. Luego, cambio de rumbo, pueden dar un paseo de una hora impidiendo que la existencia se filtre hacia dentro y se hunda. Estas notas cuando no apetece hacer nada sacan de mí el mejor partido posible. Me encuentro con articulistas buenos escribiendo sin belleza ni veracidad, que es como convertirse en unos autómatas anodinos. Escribir me proporciona bienestar.

IV. Llevar un diario en este Estado de Alarma que pone en riesgo la salud de muchos. En el aislamiento prudente escribo. La humildad silba en medio del ciclón. En la red todo se escribe con los efectos de la droga que produce la melodía. Mis frases huelen a un escritor, solo uno, al decir que mi voz, aparentemente tan poca cosa, encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sumisas que tratan de defenderse con agudezas, como la mía, en el destino que se ensancha y se arrastra; invade lo que sentimos, lo que queremos; al sueño inútil, a la esperanza a la que comienza a rechinarle los dientes. Ayer el presidente hablaba en rueda de prensa del “Deberemos pasar del ‘qué pueden hacer los demás por mí, al qué puedo hacer yo por los demás’”, y anunciaba que permitirá hacer deporte individual y dar paseos con la familia a partir del 2 de mayo si los contagios no aumentan. Hoy los niños pueden salir a la calle acompañados. Mi padre me dice desde Burgos que sorprende, desde el balcón rebosante de ideas, alguna mirada que da en un escaparate de viñetas, libros y cuentos como insectos que golpean sus alas contra las pantallas. “Se trata de paseos didácticos, acostumbran a ir despacio para charlar y reservar el aliento para el tremendo esfuerzo que aún queda”. Son niños fascinados, acompañados de sus padres en este desierto, vacío y abstracto, que parece sacado de la cámaro-ojo de Orson Welles en Ciudadano Kane. Leo en Chandler: “La vida en la cárcel es vida en suspenso, sin finalidad ni significado. En otra celda quizá veas a alguien que no puede dormir o que ni siquiera trata de dormir. Está sentado en el fondo de la litera sin hacer nada. Quizá te mire o quizá no. Lo miras tú a él. No dice nada y tú tampoco dices nada. No hay nada que comunicar”. Pero no, aún no nos veo sin finalidades. La literatura tiene un poder para los niños: cuando cesa la lluvia no los hastía para que pierdan el equilibrio; les toca las cicatrices suavemente con la punta de un dedo mientras les obsequia con una sonrisa, les hace romper las ataduras del mundo y se sienta con ellos; los lleva a la noche, cansados, y buscan el silencio.

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