La semana pasada, en esta misma columna, escribí mi comentario sobre los premios, esos pequeños galardones en forma de trofeo o figurilla que quiere simbolizar tanto.
¿Qué ocurre si en lugar de eso es una escultura homenaje grande; Acaso un mayor volumen significa una mayor intensidad o emoción, o al contrario, nos dejamos sobrecoger por la apariencia y tal vez se nos pierda en ella el poema interno que la originó?
Ahora tengo que entregar una escultura homenaje al heroísmo frente al Covid-19 y voy a contar cómo le doy forma.
Tenía el modelo de la figura de un fauno mitológico, alegre e irónico, que parecía querer escapar de un salto de todos los problemas que nos acechan a diario y representaba sin género o edad aquella parte de nuestra infancia inconformista y llena de fantasías que no nos resignamos a perder pero que de repente se ha visto arrasada por la pandemia del coronavirus.
Aquellas personas que hasta hoy ejercían sus funciones para procurarnos al resto el mayor bienestar y salud se enfrentan ahora a una tempestad imposible e invisible que se las está llevando por delante.
Son seres anónimos con nombre, sin rasgos evidentes y enmascarados de blanco que con su miedo y hasta su rabia quieren hacer quieren hacer frente a los voraces y diminutos gigantes. Y mientras los demás corremos a escondernos, ellas y ellos se han quedado petrificados sobre un resto de humanidad como sobre un pie de bronce.
Se perdió aquel fauno y la escultura semeja a un navegante fantasma luchando con una astilla del barco, que aquí todos han sido capitanes y capitanas del naufragio y no abandonaron su barco, el nuestro.
Sé que hay miles de escultores o escultoras que imaginarían otros miles de homenajes a su heroísmo frente al Covid-19, pero estoy seguro de que todos y todas contarían que cuando se vacían las palabras solo nos quedan los aplausos… y el silencio.
VICTOR OCHOA
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