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DESDE ULTRAMAR

Docente por un cuarto de siglo

Marcos Marín Amezcua
jueves 07 de mayo de 2020, 20:18h

La docencia es un privilegio, es una responsabilidad, es una forma de ver el mundo. Implica compromiso y honestidad. Conlleva respeto no carente de estrictez y disciplina. Reclama entrega, pero también dignidad. Esa que han de prodigarle los docentes, los alumnos y las instituciones. No obstante que alguno de los tres grupos fallare en la tarea, con más frecuencia de la necesaria y debida. Ella rechaza la corrupción, no admite el abuso, el doblez ni la calumnia. Su quintaesencia demanda atención y prodigalidad. No consciente medias tintas, no permite escabullidas de nadie y requiere formalidad en el veredicto. Hay directivos que lo entienden, hay los que jamás lo comprenderán. Lo normal de su estrechez.

Cuando he cumplido este año los 25 ejerciendo la docencia universitaria, hay verdades inocultables. El mundo ha cambiado, aunque a veces las instituciones educativas no lo hayan hecho. Para mal. El estudiante ávido de conocimiento siempre existe, como el tramposo. Sí, el que menos estudia es el que suele protestar más por su mala nota. E invoca su deshonestidad intelectual. Un cáncer deplorable. La idoneidad del conocimiento debe de empalmar con su utilidad, empero también con la intención de querer aprenderlo. Es inútil si no es así y sigo considerando que en ello va más la responsabilidad del alumno. Decimos en México: a fuerzas ni los zapatos entran. ¡Pamplinas! con eso de la clase divertida. Se va a estudiar, no al circo. Otra cosa es perfeccionar técnicas de enseñanza. ¡Ahhhh! y no lo olvido: que la institución de más renombre, es la que peor paga.

A veces me pregunto qué es lo más complejo en esta faena de apostolado que es impartir clases. En 25 años haciéndolo, he cambiado de respuesta varias veces. Hoy considero que es despertar el interés. En la educación. La realidad apremia nuevos temas. Quizá siempre ha sido así. Pero no siempre es atractiva. Y no me refiero al interés que el alumno debiera poseer –y de no tenerlo, es su problema– y tampoco me compro la peregrina idea de que al docente toca despertarlo. ¡Qué va! uno hace su labor, se torea como se es y punto. A lo más, queda ser ético. Eso sí. Lo demás es bronca del alumno. Y a riesgo de desestimarse nuestro quehacer.

He dicho siempre que no asisto a una clase a caer bien. Desde que inicié como profesor universitario a los 23 años, me lo planteé con toda claridad. Voy a enseñar. Si además, se consigue lo otro, sensacional. Ni estoy para agradar ni el alumno va a ello. Se va a impartir conocimiento. Se toma o se deja. Paso de largo de teorías que consientan al alumno y le rebajen el esfuerzo. Nada de empatías y de complicidades, nada de que el docente facilitador y demás cursilerías, remedos y soterradas maneras de aminorar la instrucción, el rigor, el deber y el denuedo. Descuide, no tengo fama de facilito. Y muchos lustros después, mis alumnos me agradecen la férula. Y sus éxitos son suyos, nada más. Hay instituciones que lo valoran y otras que no. Allá ellas. El negocio las mueve. Peor para tales apostando a “pan para hoy, hambre para mañana”. En el pecado han llevado la penitencia de relajar la exigencia y pagan su error de flexibilizar. Y encima escamotean sueldos.

Sirva de introducción este panorama complejo para comentarle que esta contingencia me pilla en mi jubileo de plata celebrando, afrontando nuevos retos. ¡Vaya trayectoria! La mía ni persigue premios ni diplomas ni podios ni falsas felicitaciones. Nunca me han interesado. Es de incalculables satisfacciones de otra índole y se compone además, de su cuota de permanentes separaciones, de sinsabores, jaloneos, falsías y deslealtades, porque la docencia de siempre ha estado repleta de prohombres y promujeres, así como de mercenarios de la educación que fingen excelencia y a esos también hay que enfrentarlos, porque padecemos sus efectos nocivos. ¡Vaya qué sí! empezando por alumnos mal preparados, su herencia más lacra. Y a sabiendas, se les ha tolerado y permitido.

La satisfacción de ver alumnos formarse, de adquirir destrezas y pulir competencias de las que sean necesarias, es la mejor paga. Yo llegué casi por casualidad a la instrucción, si bien he tenido una vocación docente y la aplico.

Iba por un tiempo, de manera fortuita y me quedé ya cinco lustros. Ardua labranza que me agrada, procurando ser un docente dicente decente. Mas no habría perdurado sin el decidido apoyo que los engrandece, al extendérmelo directivos cuya ética, compromiso y facultades educativas caladas, palpables y visibles, reconozco; y por sus deferencias conmigo aquilatando mi humilde ejercicio. Y hablo por mí. Dirijo a ellos mi entero agradecimiento. Y cuento mi historia personal con ellos. Los cito porque no puedo omitir sus nombres: José González Torres (+), Carlos Muñoz, Francisco García Chávez, Roberto Correa, Cynthia Pérez, Juan Jiménez, Jorge Cajiga, Guadalupe Romero, Graciela Laguna, Diana Álvarez, Fernanda Robles, Julieta Salazar, Karla Angélika Rodríguez, Salvador Nava (+), Rocío Uribe Especia, Carlos Burgoa, Charo Hernández Coló, Héctor Ortiz Arriazola, Delio Dante López Medrado, Irma Hernández, Laila Belmeni, Alicia Barba, Danae Miranda, Christian Canales, Beatriz Velázquez Alcántara, Miguel Ángel Acosta Abarca, Raquel Adán, Letizia Espinosa, Miguel A. Bravo, Leonardo Moreno, Roberto Ruiz y Ruiz, Ma. Eugenia Cubas. A todos, mil gracias por su confianza, apego y valimiento.

Sí, en cambio hay unos más fugaces, de menos impronta. Pero hay otros que merecen la completa omisión. Lo que no he visto pasar frente a mí en 25 años. No le quepa la menor duda. Aquellos que de directores logreros tuvieron, y tienen a lo más, el sueldo –desafortunadamente vigentes, algunos– y pare usted de contar. Incapacidad, torpeza, nula vocación y posiblemente, nula ética. Sí. Y lo saben. Saben que no me va serles zalamero ni sobarles la espalda apoltronándome en su cubículo a diario, para acrecentarles el ego y elevarles a pedestales u honores inmerecidos. A ellos mi apropiado olvido de sus impresentables nombres.

La pandemia ha colocado al sistema educativo mexicano en cuarentena. Como se ha podido, las instituciones han establecido modelos, que no protocolos, para facilitar clases a distancia y sí, en la barahúnda de plataformas, equipos imposibilitados de utilizar en tal o cual situación o un sálvese quien pueda, los docentes hacemos lo imposible. No existe un protocolo universal en México y dudo mucho que pasada la emergencia, lo confeccionen. Y si lo hacen, lo harán los mismos que asumen medidas burocráticas inútiles en el nombre de la educación. Es decir: aquellos que en su vida han dado ni una clase y lo suyo es un simple “porque lo ordeno y mando”, pero carecen de la elemental idea del aula.

Es en momentos así que se acrecienta la vocación y se define el compromiso. Cuentes o no con la institución educativa. Después de todo hace muchos años una amiga directiva me expresó una gran verdad: las universidades no tienen memoria. Así que hagas lo que hagas, será tu esfuerzo, concluyo. El siguiente ciclo si no te requieren, prescindirán de ti, de cualquier manera. De forma que está claro lo que sostiene y paga una profesión como esta. Sí, temamos los docentes el demérito de nuestra actividad y la degradación de nuestras prestaciones. No soy optimista de lo que venga después de esta emergencia sanitaria.

De manera tal, que se queda la satisfacción del deber cumplido. A todos y cada uno de los alumnos que he tenido frente a mí por veinticinco años, mis mejores deseos y augurios, siempre. Y concluyo manifestando a todos ellos un humilde: muchas gracias.

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