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TRIBUNA

Pedro Sánchez y el buen decir

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 09 de mayo de 2020, 19:57h

Varios comentarios periodísticos de última hora se centran en las capacidades oratorias del actual Presidente de Gobierno y en su comparación con las del resto de Primeros Ministros del régimen democrático venturosamente instaurado en 1976.

Para el anciano cronista atraído de longue date por el tema, no ofrece duda: P. Sánchez es uno de los mejores oradores que han desempeñado tan altas responsabilidades. Entre los líderes conservadores ninguno puede cotejársele. Mariano Rajoy, del que en ocasiones y por boca de ordinario de sus seguidores más fieles se han alabado sus dotes para el buen decir parlamentario, no puede en manera alguna afrontar un cotejo favorable. Aunque ingenioso y hasta buido en parte considerable de sus réplicas, nunca ocupó la tribuna de ambas Cámaras sin bien escritos folios, leídos, eso sí, con nervio y hasta con galanura no pocas veces. De su lado, Aznar, que realizó no escasos progresos retóricos en su espectacular gestión económico-administrativa, era romo en el difícil arte de la elocuencia política.

Y en cuanto a Suárez, hombre público de raza que abrió con singular destreza las puertas al Sistema que ahora disfrutamos, la Fortuna no le favoreció, desde luego, con dones peraltados en la materia que nos ocupa. A caballo siempre entre la grisaciedad y la brillantez, el muy culto Leopoldo Calvo-Sotelo, orador estimable, carecía incuestionablemente de las envidiables dotes retóricas de su pariente y caudillo conservador de la Segunda República.

De corte similar al sucesor de A. Suárez en el extremo ahora escoliado, J. L. Rodríguez Zapatero permaneció a lo largo de su mandato presidencial en una inalterable y discreta zona intermedia, alabeada más a la mediocridad que a la notabilidad, si bien favorecido por una sobresaliente fotogenia, cualidad muy valorada en los en las modernas tribunas públicas. Su admirado –al menos en otro tiempo…- Felipe González Márquez sí fue un orador descollante. A causa en particular de haberse extendido el anciano cronista en esta dimensión del gobernante sevillano en textos más especializados, no discurrirá aquí sobre un punto axial en el destacado cursus honorum de Felipe González. Su afecto y arrobamiento por una de las grandes estrellas de la luminosa constelación retórica de la Segunda República, el catedrático hispalense de Derecho Canónico y controvertido ministro D. Manuel Giménez González, se encuentra, indudablemente, en el punto de partida de su irradiante trayectoria como dominador de la palabra.

Otro dato de suma trascendencia se halla también en el arranque u origen del hecho apuntado. En sus años de Facultad, la rivalidad proselitista entre él y otro orador quizás menos espontáneo pero en todo caso muy saliente, Alejandro Rojas-Marcos, lo espoleó decisivamente para alzarse con el trono de la elocuencia en los reñidos combates de la inolvidable Aula de Cultura del susomentado centro académico. Pertrechado con las afiladas armas allí esgrimidas, su lanzamiento en los Congresos del exilio socialista en Francia fue, realmente, deslumbrador. La sombra grandiosa de D. Inda, orador político sin igual en una época de muy abastada cosecha en este campo, revoleteó incesablemente sobre el auditorio del Congreso de Suresnes, por fin rendido, tras una ruda lucha entre vascos y andaluces, sindicalistas y profesores, a los encantos del buen decir.

Incluso en el destierro, los españoles demócratas continuaban fieles a sus tradiciones doceañistas. En el origen de la libertad estuvo, como siempre, la palabra.

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